La historia suele repetirse. A veces como tragedia, otras como farsa, pero casi siempre con los mismos protagonistas. Un poder político acorralado, una protesta social creciente y una fuerza de seguridad que recibe la orden (explícita o tácita) de avanzar. En Estados Unidos, ese nombre hoy es Gregory Bovino. En la Argentina de 2002, fue Alfredo Fanchiotti. Dos apellidos separados por miles de kilómetros, y un cuarto de siglo, pero unidos por una lógica peligrosa: la de creer que la represión estatal ordena lo que en realidad desborda.
Quién es Gregory Bovino y qué defiende
Gregory Bovino no es un engranaje menor dentro del aparato de seguridad estadounidense de Donald Trump. Es jefe operativo de la Patrulla Fronteriza y una de las caras visibles de la coordinación con el ICE en la nueva ofensiva anti migratoria del multimillonario a cargo de la presidencia yankee.
Bovino no solo ejecuta redadas: las explica, las justifica y las reivindica. Para él también la inmigración irregular es una “invasión”, las protestas son una “amenaza interna” y el uso de la fuerza es una herramienta legítima de gobierno.
Su discurso es simple y peligroso a la vez: si hay violencia, la culpa siempre es del otro, del que protesta. Bovino habla de orden, autoridad y obediencia, pero nunca de derechos.
Cada operativo con gases, armas largas, detenciones masivas y asesinatos es presentado como “cumplimiento del deber”, incluso cuando hay heridos, muertos o causas judiciales abiertas. En esa lógica, el policía no se equivoca nunca y el Estado no debe pedir perdón.
El espejo argentino: Fanchiotti y la bonaerense en 2002
Ese libreto, en la Argentina, ya se vio. 26 de Junio de 2002. Eduardo Duhalde gobernaba un país quebrado tras el estallido de 2001. El desempleo, el hambre y los piquetes marcaban la agenda diaria. El poder político decidió “poner orden” y la Policía bonaerense ejecutó. Al frente del operativo en el Puente Pueyrredón estaba Alfredo Fanchiotti.
El resultado fue la Masacre de Avellaneda: Maximiliano Kosteki y Darío Santillán asesinados por balas policiales. En las primeras horas, el discurso oficial fue el mismo que hoy se escucha en Washington: negar, justificar, proteger a los uniformados.
Hasta que aparecieron las fotos de un valiente reportero. Hasta que la verdad rompió el relato. Fanchiotti terminó condenado a prisión perpetua y su nombre quedó asociado para siempre a la violencia estatal.
Cuando los gobiernos se abrazan a sus policías
Ni Fanchiotti ni Bovino actuaron solos. Ambos fueron producto de un clima político que habilitó la represión como respuesta a conflictos sociales profundos. Defenderlos fue, en ambos casos, una decisión de gobierno. Duhalde al principio lo hizo. Trump lo hace. Y la historia argentina muestra cómo suelen terminar esas apuestas.
La Masacre de Avellaneda no solo terminó con dos vidas jóvenes: terminó con un gobierno. A los pocos días, Duhalde anunció que adelantaba las elecciones.
El operativo que debía mostrar autoridad se convirtió en su acta de defunción política. Hoy, Trump defiende a Bovino con la misma lógica: cree que blindando a sus policías se blinda a sí mismo.
La diferencia entre Estados Unidos y la Argentina no es conceptual, sino temporal. Pasaron casi 25 años, pero la enseñanza sigue intacta: cuando un gobierno se abraza a sus Fanchiotti, termina cayendo con ellos. No por conspiraciones externas, sino porque la represión no resuelve el conflicto. Lo expone. Y deja al poder sin red.

