El diputado bonaerense Agustín Romo, referente de La Libertad Avanza, dejó otra vez en evidencia que su provocación ideológica suele ir de la mano de una llamativa liviandad conceptual.
Esta vez, el blanco de su ataque fue Emiliano Brancciari, cantante de la banda No Te Va Gustar, pero el daño colateral fue mayor: Uruguay, país al que el legislador libertario definió sin sonrojarse como una “provincia argentina”.
La polémica comenzó cuando Brancciari publicó en sus redes sociales una imagen de un tatuaje con el pañuelo de las Madres de Plaza de Mayo, uno de los símbolos más potentes de la lucha por memoria, verdad y justicia.
El músico acompañó la foto con un mensaje crítico hacia el negacionismo, una postura que forma parte de su identidad pública desde hace años.
La reacción de Romo fue inmediata y, fiel a su estilo, eligió el camino de la descalificación. Desde su cuenta en X, escribió “otro kukita más” y, lejos de debatir ideas, avanzó con una provocación que rápidamente cruzó el Río de la Plata.
En su respuesta, el diputado sostuvo que “Uruguay es una provincia nuestra” y remató con referencias al “Glorioso Imperio Argentino”.

Del tatuaje al “imperio”
El comentario evidenció una falta de conocimiento histórico, y también una peligrosa liviandad institucional para un representante del pueblo.
En su primera reacción, Romo pareció asumir erróneamente que Brancciari era uruguayo y que hablaba desde esa nacionalidad.
Esa confusión básica (Brancciari nació en Argentina, se radicó en Uruguay y tiene doble pertenencia cultural) no fue corregida por el diputado ni siquiera después de que numerosos usuarios se lo señalaran.
Por el contrario, Romo decidió profundizar el error y convertirlo en argumento, como si la complejidad rioplatense fuera un detalle menor frente a la épica simplificada de las redes.
Brancciari no representa a ningún Estado ni ocupa un cargo público. Romo, en cambio, sí es diputado, y sus palabras no se pierden en el anonimato de las redes.
Lejos de retroceder ante las críticas, el legislador libertario insistió con el tono burlón y redobló la apuesta, reforzando la idea de Uruguay como una dependencia menor de la Argentina.
El problema no fue el chiste, si es que así puede llamarse, sino el desprecio implícito hacia un país soberano y hacia millones de uruguayos que no suelen apreciar este tipo de bromas coloniales tardías.
Ideología, memoria y anteojeras
El trasfondo del episodio es previsible pero también revelador. El pañuelo de las Madres de Plaza de Mayo sigue siendo un símbolo incómodo para ciertos sectores libertarios, que reaccionan con burla automática ante cualquier referencia a los derechos humanos. En lugar de discutir el mensaje, Romo eligió caricaturizar al emisor.
Así, la ideología funcionó como una anteojera porque impidió ver el contexto, borró la historia y transformó un debate sobre memoria en una fantasía de conquista tuitera.
Mientras Romo juega a reconstruir imperios imaginarios desde las redes sociales, Uruguay continúa siendo lo que siempre fue: un país independiente, con identidad propia y bastante menos tolerancia para las provocaciones ajenas.
El episodio deja una certeza incómoda para el diputado libertario. La ironía mal calibrada y la ignorancia histórica no suelen ser buenas credenciales para representar a nadie, y mucho menos para hablar en nombre de un país que sigue teniendo fronteras claras.

