La Argentina no solo consume helado: lo piensa, lo discute y lo perfecciona. Para Cecilia Famá, periodista especializada en gastronomía y editora del sitio Tuco Web, el helado artesanal dejó hace tiempo de ser un simple postre para convertirse en una expresión cultural con identidad propia. “Si fuera por mí, tomo helado todos los días”, dice sin rodeos, y no habla solo desde el gusto personal: habla desde el análisis.
En los últimos años, el helado argentino empezó a ocupar un lugar cada vez más visible en el mapa internacional. Y esto no es casualidad ni moda, sino una combinación de historia, técnica, materia prima y, sobre todo, un consumidor con paladar exigente que empuja la vara hacia arriba.
Una señal clara de ese reconocimiento llegó con el ranking de Taste Atlas, el portal gastronómico global que busca orientar a viajeros a “comer local” en cualquier parte del mundo. Allí, tres heladerías argentinas lograron destacarse entre las mejores del planeta. Cadore, en Buenos Aires, fue la mejor posicionada, con un dulce de leche que Famá define sin matices como “sublime”. Rapanui fue reconocida por su tradicional chocolate barilochense, y Canapecco por la excelencia de su dulce de leche. Para la editora de Tuco Web, no se trata solo de premios: son marcas que “dejaron una huella en la escena mundial de los postres”.
Herencia, exigencia y paladar: las claves del éxito del helado argentino
Detrás de ese presente hay una base histórica difícil de ignorar. La herencia migratoria, especialmente italiana, explica parte del ADN heladero argentino. “Somos muchos descendientes de italianos, no es raro que aparezcamos en los rankings”, señala Famá a LA CIELO. Pero aclara algo clave: el país ya no vive de la comparación. “No tenemos nada que envidiarle al helado italiano. Estamos muy por encima de muchos otros”. El helado artesanal local, sostiene, es un arte que se fue perfeccionando con los años hasta encontrar un equilibrio sólido entre técnica, conocimiento y calidad de ingredientes.
Ese proceso también está directamente ligado al paladar argentino. “Hoy muchos tenemos el paladar bastante educado”, afirma. Esa exigencia explica una tendencia clara: la vuelta a lo genuino, al sabor real, sin atajos. Pistachos hechos con fruto seco y no con pastas artificiales, frutas de estación, materias primas de cercanía y productos orgánicos empiezan a ser la norma en muchas heladerías. En ciudades como La Plata, proyectos como Artesián o La Mantequería trabajan con producción local del cordón frutihortícola y apuestan a una identidad propia, incluso con sabores creativos profundamente ligados al territorio.
Los números acompañan este fenómeno. Argentina consume en promedio 7,3 kilos de helado por persona al año, con picos que llegan a los 10 kilos en algunas regiones, lo que la ubica en el podio mundial junto a Italia y Alemania. Pero hay un dato aún más revelador: la constancia. “Acá se come helado todo el año, haga frío o calor”, resume Famá. Esa demanda permanente obliga a innovar, a sostener calidad y a experimentar, desde clásicos como el capuchino hasta combinaciones más audaces.

