En una columna publicada esta semana bajo el título “Tiempo para el crecimiento” para el portal Infobae, el presidente Javier Milei se mostró exultante: sostuvo que “el crecimiento económico es un fenómeno reciente, impulsado por el capitalismo”, que “Argentina está sentando las bases para un crecimiento sólido” y que “el ajuste fiscal fue necesario y virtuoso”.
Optimismo no le falta. Pero, ¿cuánto hay de realidad y cuánto de relato en su análisis?
El capitalismo, ¿el único motor del desarrollo?
El presidente arrancó fuerte: “El crecimiento económico es reciente y fue gracias al respeto irrestricto de la propiedad privada y al sistema capitalista”.
Sin embargo, basta un repaso rápido por la historia para encontrar matices. Sí, la Revolución Industrial disparó el desarrollo económico en Europa, pero no fue obra del “capitalismo libertario” sino de un capitalismo acompañado por fuerte intervención estatal, inversión pública, proteccionismo y sistemas impositivos progresivos.
Los países escandinavos, Alemania y hasta Estados Unidos combinan libre empresa con regulación y servicios públicos sólidos.
En cambio, cuando se aplicaron políticas ultra-liberales sin red, como en América Latina durante los ’90, los resultados no siempre fueron gloriosos: creció el PBI, sí, pero también el desempleo, la pobreza y la desigualdad. El crecimiento económico por sí solo no garantiza bienestar generalizado.
Ajuste, ¿a costa de quién?
Milei celebró que “el superávit fiscal se logró gracias a un recorte ordenado y exitoso”. La contabilidad le da la razón: el gasto público cayó, y eso permitió mostrar números prolijos.
Pero los recortes tuvieron consecuencias muy concretas: se desfinanció la obra pública, bajó la inversión en salud, se recortaron partidas a provincias y se licuaron las jubilaciones. En los primeros cuatro meses de su gestión, el gasto público real cayó un 26,9%, según Chequeado. Y ese valor se fue multiplicando sin recuperación alguna.
El presidente omite decir que ese “ajuste virtuoso” coincidió con un salto en los índices de pobreza y un fuerte deterioro en la calidad de vida de los sectores medios y bajos. ¿Orden fiscal? Sí. ¿Costo social? También.
Capital humano, con tijera
Milei también escribió que “el capital humano es el factor más importante para el crecimiento y por eso creamos el Ministerio correspondiente”. Pero los hechos muestran otra cosa.
La educación y la salud, dos pilares del “capital humano”, fueron de las áreas más golpeadas por el recorte. La inversión en infraestructura escolar y hospitalaria está virtualmente frenada. El propio gobierno suspendió programas educativos, y las universidades denuncian falta de fondos. Según El Auditor, la obra pública cayó más de un 80% en términos reales.
El contraste entre el discurso y la realidad es llamativo: se habla de capital humano, pero se desmantelan las herramientas para sostenerlo.
Salvo la AUH y la tarjeta Alimentar, que sí crecen más que la inflación, pero paradójicamente se le da poca publicidad porque ahuyenta a sus propios y mayoritarios votantes que “no quieren mantener vagos”.
Libertad económica, ¿para quién?
“El país se está desregulando para que florezcan los mercados libres”, afirmó Milei. Y sí, la motosierra pasó por cientos de normativas.
El resultado: suba de precios en servicios públicos, apertura de importaciones y liberación de precios en medicamentos, alquileres y combustibles.
El gobierno lo presenta como “modernización”. Pero la realidad muestra una transferencia de recursos desde los sectores populares hacia los grandes jugadores del mercado.
Los consumidores enfrentan aumentos en tarifas, prepagas y alimentos, mientras las empresas más concentradas ven reducirse sus cargas regulatorias. ¿Libertad para competir o para que ganen siempre los mismos?
¿Rumbo correcto o callejón sin salida?
“Estamos en el camino correcto si no volvemos a ideas socialistas”, cerró Milei en su texto. Pero, más allá de las etiquetas, el debate real es otro: ¿está funcionando este modelo? ¿Es sostenible? ¿Es justo?
Los números macro muestran alguna mejora, pero no hay derrame a la vida cotidiana. La inflación baja, sí, pero en un contexto de recesión brutal.
La actividad económica se hunde, el consumo cae, y los salarios siguen por el piso. Las pymes industriales alertan por cierres masivos y los intendentes denuncian que no llegan a cubrir los servicios básicos.
La discusión ya no pasa por la ideología, sino por la eficacia y el impacto real. El relato presidencial habla de crecimiento. En la calle, muchos siguen esperando que llegue.

