El masivo y ordenado último adiós al Indio Solari, mito del rock nacional, provocó un momento televisivo que dejó al descubierto los laberintos políticos que se juegan en la pantalla chica cuando la receta de la gestión territorial bonaerense desarma los discursos punitivistas del centralismo porteño. Durante la transmisión de la señal LN+, el operador oficialista Luis Majul se vio atrapado en su propio laberinto discursivo al intentar ponderar el éxito del operativo de seguridad, cuidándose meticulosamente de no otorgar ningún tipo de crédito político al municipio de Avellaneda, al gobernador Kicillof o a la policía bonaerense.
“Otro acierto de la organización de… mmmm, emmmm… el evento… es que no pusieron policías directamente, porque preveían que si ponían policías iba a haber un enfrentamiento cuerpo a cuerpo con la policía”, balbuceó el conductor, visiblemente incómodo al tener que destacar una estrategia de pacificación que colisiona de frente con los manuales de saturación de fuerzas federales que suelen promoverse desde los ministerios de Seguridad de la Nación o de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
A diferencia de los criterios punitivos y de confrontación que las carteras ministeriales de órbita nacional y porteña aplican de forma casi desafiante ante las concentraciones populares sus territorios, el dispositivo desplegado en la provincia de Buenos Aires apostó a la prevención, la contención y el repliegue táctico de los uniformados.
Una decisión que garantizó la tranquilidad de una multitud conmovida, pero que obligó a varios analistas mediáticos a ensayar piruetas semánticas para evitar mencionar la articulación entre el municipio anfitrión, el gobierno de Axel Kicillof, y el Ministerio de Seguridad bonaerense.
La pedagogía histórica contra el rumor
Ante la notoria dificultad del conductor para conceptualizar la decisión, fue su propia compañera de mesa quien debió intervenir con datos históricos para rescatar el análisis del terreno de la mera anécdota.
“La verdad es que el vínculo de Los Redonditos en general con la policía siempre fue muy conflictivo; nos tenemos que remontar al año 1991 y la muerte de Walter Bulacio, de hecho, en manos de la Policía Federal”, recordó la columnista del envío, incorporando un elemento central para comprender por qué la presencia policial masiva era vista como un factor potencial de tensión.
La periodista detalló además las consecuencias de aquel caso emblemático: “Hubo una condena 20 años después, y siempre fue muy conflictivo ese vínculo. Por eso, obviamente, el no ponerlos cara a cara me parece que fue incluso la diferencia con lo que pasó en Plaza de Mayo, ¿no? Y en este sentido está mejor organizado”.
Cuando los hechos contradicen el relato
La comparación con los antecedentes represivos registrados en distintas movilizaciones desarrolladas en el centro de la Ciudad de Buenos Aires terminó por dejar expuesta una realidad incómoda para estos sectores del periodismo político: el dispositivo preventivo funcionó, la multitud pudo despedir al artista sin incidentes de magnitud y los temores que durante días circularon en algunos medios no se materializaron.
En ese contexto, el reconocimiento implícito de la eficacia del operativo convivió con un llamativo esfuerzo discursivo por evitar identificar a quienes tomaron las decisiones. Algo que, de haber salido mal, los hubiera tenido como exclusivos, ineptos e irresponsables mencionados con nombres y apellidos.
El resultado fue una escena televisiva llamativa, porque mientras se elogiaba la organización, la planificación y la ausencia de violencia institucional, se procuraba mantener en las sombras a los responsables políticos de una estrategia que logró precisamente aquello que muchos anticipaban como imposible.
La jornada dejó así una postal de cientos de miiles de personas participando del velatorio del Indio Solari en un clima de respeto y tranquilidad, mientras algunos comentaristas debían hacer equilibrio entre los hechos observados y los marcos interpretativos que suelen utilizar cuando analizan la realidad desde los estudios de televisión porteños.
Sangrar por la herida y el desprecio como último recurso
Sin embargo, incapaz de procesar la masividad de la convocatoria sin los habituales sesgos de la pantalla porteña, el conductor no pudo contener su malestar ante las imágenes de la multitud que pacíficamente acompañaba la despedida.
Fiel a un estilo que penaliza la cultura popular, intentó deslegitimar la presencia de miles de personas apelando al histórico latiguillo del presentismo laboral.
”Una breve mención que yo sé que es políticamente incorrecta: ¡Che, vayan a laburar mañana, muchachos! O sea, para salir de la malaria hay que ir a laburar mañana, ¿no? ¿Tomarse el día? Qué suerte tienen“, lanzó Majul en tono burlón, buscando la complicidad de sus panelistas mientras la pantalla partida mostraba la emoción de la gente en Villa Domínico.
Con visible irritación, el periodista ensayó un remate pretendidamente irónico: “Pucha, yo me equivoqué de laburo, ¿eh? Nos equivocamos de laburo nosotros, ¿no? Como diría Vicentico: ‘Éramos reyes haciendo de esclavos o éramos esclavos haciendo de reyes’. Nos equivocamos… apropiación indebida de los mitos y las causas nobles“.
El comentario, cargado de prejuicios y resentimiento ante una marea humana que desbordó sus deseos húmedos de ver violencia desatada, dejó traslucir el verdadero trasfondo de su incomodidad: la imposibilidad de aceptar que los sectores populares puedan autoconvocarse, organizarse y ejercer su derecho al duelo colectivo en paz, sin necesidad de la tutela represiva que el centralismo libertario tanto añora.

