El periodista que desató la mayor causa de corrupción contra el kirchnerismo confesó ante el juez que su relato tenía partes que él mismo “construyó”. No es una opinión: es lo que dijo con su propia boca.
Hay una palabra que los manuales de periodismo de todas las universidades del mundo consideran anatema, un pecado sin absolución posible, y esa palabra es ficción.
No la ficción de los novelistas, que es honesta y declarada. La ficción disfrazada de investigación periodística, presentada como prueba ante la sociedad. Esa. La que Diego Cabot, el hombre que puso en marcha la causa cuadernos desde las páginas de La Nación, acaba de admitir en un tribunal.
La escena ocurrió durante el juicio oral. El juez le preguntó qué quería decir con “licencias literarias“, una expresión que Cabot había usado para explicar algunas partes de su libro.
La respuesta fue tan breve como demoledora: “Hay datos que obviamente yo construí una suerte de narración para explicar la historia“. El juez lo tradujo sin rodeos: “O sea, inventó cosas“. Cabot no lo negó.
Qué es una “licencia literaria” y por qué acá no vale
En una novela, una licencia literaria es perfectamente válida. El autor puede inventar diálogos, imaginar escenas, componer personajes. El lector lo sabe. El contrato es claro.
Pero el periodismo de investigación funciona con otro contrato. Cuando un periodista publica una denuncia, firma implícitamente con el lector (y con la sociedad entera) que lo que escribe es verdad verificable, no una “narración construida”.
Si esa promesa se rompe, no hay investigación sino que más bien hay un relato. Y un relato, por más convincente que suene, no puede ser la base de una causa penal que involucró a cientos de personas, paralizó empresas, destruyó reputaciones y condicionó elecciones.
Lo que Cabot describió en el estrado tiene nombre técnico en comunicación y en derecho, es la mezcla no declarada de hechos y ficción.
Las universidades que estudian estos casos (desde Columbia hasta la propia Universidad de Buenos Aires o la UNLP de La Plata, privadas y públicas) enseñan que ese mix, cuando no se avisa, es la forma más grave de desinformación institucional.
Y no es porque el periodista mienta por malicia necesariamente. Es porque el daño que produce es idéntico al de la mentira deliberada.
Las preguntas que quedaron sin respuesta
El juez también le preguntó si se había reunido con el juez Bonadío (el finado instructor de la causa) antes de presentar la denuncia. Cabot dijo que no lo recordaba. Le preguntó si lo que narró sobre el fiscal Stornelli en el libro coincidía con lo que declaró en el juicio. Tampoco lo recordaba.
Tres décadas de jurisprudencia sobre testimonios indican que olvidar los hechos que uno mismo protagonizó, justo cuando esos hechos resultan comprometedores, tiene un nombre y es memoria selectiva. Sin ser un diagnóstico médico, constituye una descripción de lo que pasa cuando las respuestas convenientes reemplazan a las verdaderas.
Lo que quedó en el aire del tribunal ese día fue la credibilidad del periodista. Quedó suspendida una pregunta que la Argentina todavía no se animó a hacerse en voz alta, y es si el origen de la causa más importante de la última década fue, en parte, una ficción, ¿qué pasa con todo lo que se construyó encima?.
Nota editorial: Este artículo es un análisis de periodismo y comunicación basado en el testimonio público registrado durante el juicio oral de la causa cuadernos. Las citas textuales corresponden a la declaración del testigo Diego Cabot ante el tribunal.

