**Por Javier Biasotti y Enrique Pérez Balcedo
En la esquina de 520 y 167, donde la ruta oscura empezaba a iluminarse con viviendas, la bienvenida al pueblo la daba el bar “El Cordobés”. Durante años, un cartel de Vialidad en 520 entre 166 y 167 anunciaba el ingreso al casco urbano. Para muchos, el pueblo de Melchor Romero empezaba ahí y terminaba en el hospital.
Pedro Niveyro, docente, músico e historiador aficionado, trabajó mucho tiempo al frente del bar. Para él, el movimiento de los boliches no tenía nada que ver con lo marginal: “Eran lugares de encuentro, de pueblo, de costumbres de gente común –con sus revires–, con esa cultura de juegos como bochas, truco, rumi, mus, guitarreadas y baile, todo junto”.
Hincha fanático de Racing, Niveyro recuerda la final de la Copa Intercontinental de 1967 contra el Celtic de Escocia. “Fuimos con mi papá al boliche de Medina, en la 171, para verla. Los vermús estaban servidos, pero ‘se cayó el satélite’ y no pudo verse en directo. Los racinguistas terminamos siguiéndola por radio”. Cuando el hombre llegó a la Luna en 1969, ya había muchos televisores, pero ir a verlo acodado en la barra era una ceremonia válida para la mancomunión y el asombro pueblerino.
Otros eventos que generaron gran concurrencia fueron las peleas de Carlos Monzón y Víctor Galíndez por títulos mundiales. La pasión se sostenía con botellas y vasos llenados una y otra vez, mientras el humo envolvía el ambiente y el griterío parecía cruzar el océano.
“Tomando unas copas en el bar de Kalil”
Ricardo Kalil, hombre fornido, bonachón y algo zezeoso, sació la sed de generaciones de romerenses y forasteros al frente del bar que adoptó su apellido como marca. “El bar abría a las 8 de la mañana para servir desayunos, y también se podía almorzar y cenar. Había dos menús fijos: los lunes puchero y los jueves pastas”, recuerda Graciela Kalil, hija de Ricardo, quien mantuvo el local hasta 2022, tras el deceso de su padre en 2001. Hoy, algunos fines de semana, grupos de parroquianos siguen reuniéndose, pero traen sus propias bebidas.
Conocido como “El Turco”, Kalil no sólo atendía el despacho de bebidas y administraba el salón donde contertulios como Pino Colombier, Ramón Peirán y el “Chueco” Cornelio cantaban a los gritos los tantos del truco, mientras sonaban los tacazos en el billar. También era un eximio anfitrión de grupos de amigos que acudían a su comedor. Por ejemplo, empleados del Banco Provincia, convocados por el subgerente Alberto Grassi, encontraron allí un ámbito ideal para cenas pantagruélicas.

“En la parte posterior, donde los muchachos jugaban a las cartas, Kalil tenía un salón donde nos acomodábamos mientras él y su esposa Clara Villafañe distribuían bandejas con chorizo seco, queso y otros fiambres. Luego aparecía el asado, el rey de la noche”, recuerda un bancario jubilado. Tampoco faltaba la música. El número vivo y frecuente era Saturnino “Cartucho” López, un folklorista local de larga cabellera y barba prolija, que interpretaba clásicos y una composición propia que repetía en su estribillo: “Tomando unas copas en el bar de Kalil”.

El Club Romerense, donde late el corazón del pueblo
Con sede en 517 entre 170 y 171, el Club Deportivo y Biblioteca Romerense, fundado en 1920 y relanzado en 1936, es una de las entidades señeras de La Plata. Tiene biblioteca popular, consultorio médico, talleres artísticos y deportes como básquet, patín y taekwondo. Pero el fútbol, masculino y femenino, es la actividad más convocante, en las canchas de 517 y 167.

Reuniones sociales, bailes multitudinarios hasta los ‘80, mitines políticos, centro de evacuados… Romerense es cuna de múltiples actividades. Pero una de las más consolidadas es su bar/buffet, donde generaciones pasaron horas entre copas, truco, chinchón, mus y escoba de quince, alternados con torneos de bochas con jugadores de blanco inmaculado.
Parroquianos como Manuel Frazao, “Chocha” Bonessi, “Careta” Irigoin, “Patanero” Stachiotti, Pablo Lucracio, “Tito” Rouffast, Raúl “Gato” Moroni, Juan Rivarola, José Victorino, “Gitano” Dominiche, Santiago Micheo (y sus hijos Beto y Abel), los mellizos Rodolfo y Raúl Perazzo junto a su hermano “el Pampa”, han hecho pareja o se han enfrentado en partidas de naipes donde los porotos indicaban al ganador. Ceremonias regadas por vinos, Gancias, Cinzanos, Cañas Legui, Hesperidinas o ginebras Bols, despachados por el buffetero Eugenio “Tata” Marconi.
Los adolescentes, al terminar sus partidos de vóley o fútbol, solían irrumpir en el salón para molestar a los mayores. Las partidas rara vez se disputaban por dinero, sino por quién pagaba “la copa” –el líquido que se vertía en el vaso.
Hoy, Alberto Croce cumple ese rol, sirve bebidas, da vida a torneos de bochas y organiza cenas los viernes con guitarreadas de fondo.

La mesa de los galanes
En la “Mesa de los galanes” de Fontanarrosa, las historias confluían en la amistad a rajatablas, y ninguno de sus integrantes calificaba realmente como “galán”. Lo mismo sucedía en las mesas romerenses, nutridas de personajes de diversa procedencia: empleados públicos, comerciantes, desocupados, changarines, peones rurales, estudiantes, músicos aficionados, jubilados.

Esa amalgama multicultural hacía del “Triángulo de los vermuses” una extensión de la vida personal hacia lo colectivo, un salto del individualismo al tiempo compartido en comunidad. En definitiva, una manera de superarse como personas, en busca de una mejor calidad de vida para todos. Un legado que, aunque los bares hayan cerrado, sigue vivo en la memoria y en el afecto de quienes vivieron aquella época.

