**Por Javier Biasotti y Enrique Pérez Balcedo
Antes de regresar a casa para cenar con la familia, hubo una época en que era casi una religión, entrada la tardecita, darse una vuelta por el bar para ‘estar con los muchachos’. Ese ritual cadencioso tuvo su esplendor en Melchor Romero, aquel rincón del oeste de la capital bonaerense, en donde, hasta entrados los 2000 había tres puntos cardinales en el que ‘el vermú’ fue dueño y señor del tiempo: el bar Doña Rosa, el bar Kalil y el bar El Cordobés. La oferta se completaba con el buffet del Club Deportivo y Biblioteca Romerense, el único que aún conserva actividad.
Esos momentos podían contener partidas de naipes, el discurrir de las bolas en el billar, el partido televisado o el mero hecho de acodarse en el estaño del mostrador y dejar que la charla fluyera.

A diferencia del globalmebte famoso “Triángulo de las Bermudas”, donde desaparecieron aviones, este “Triángulo de los vermuses” funcionaba como aquella “Mesa de los galanes” de Fontanarrosa en el ya mítico bar “El Cairo” de Rosario. Ningún amigo se extraviaba: era el ámbito del encuentro, la cargada y las anécdotas fantasiosas. Compartir el tiempo sin premuras, estirar los momentos por el mero disfrute de la conversación.
Este artículo busca valorar esos espacios por el aporte cultural que significaron en un tiempo que ya no está. Ni mejor ni peor: diferente. No se pretende asociar aquellas generaciones con la marginalidad o la haraganería. Era gente común haciendo uso de su espacio de ocio, del placer sencillo. Sí, podía haber algún borrachín, pero nada que ver con los excesos y trifulcas de hoy. Como cantaba León Gieco: “y aunque sabés que te dicen, viejo borracho, sos tan bueno, que ni siquiera al diablo los mandás…”.
El auge de los boliches
Los boliches de pueblo siempre estuvieron vinculados a vías de comunicación o instituciones públicas. Se ubicaban cerca de estaciones de tren, avenidas principales, comisarías, cárceles u hospitales.
En Melchor Romero estuvieron ligados al movimiento del hospital y de la Estación de Trenes del ramal Roca que llegaba a Coronel Brandsen, cancelado en 1978 por la dictadura (luego circularon algunos trenes de carga hasta mediados de los años ‘80).
Los romerenses memoriosos anotan nombres de bares que existieron: Tranquilini, Constantino, Blanco, el de Medina, el de Zanettini y, por supuesto, Doña Rosa, Kalil y El Cordobés. Cada uno tuvo habitués constantes, empecinados en ver pasar el tiempo.
Como en todo pueblo, esos personajes adquirieron apodos: Moneda, Cuchara, Caramelo, Panchito, Sapo, Pato, Pajarito, Biguá, Caballo, Vaca, Potro, Mono Blanco, Mosca, Curincho, Pitilinga, Negro, Tuerto, Rengo, Manco, Cuis, Loco y hasta Medio Litro. Esos “sin nombre” tenían historia y formaban parte de la trama comunitaria; la solidaridad los unía.
Además de permanecer abiertos largas horas para la ingesta alcohólica, estos boliches también funcionaban como espacios gastronómicos. Se podía desayunar y comer ‘sánguches’, tortillas o milanesas.
El más antiguo de la región fue Doña Rosa, favorecido por su cercanía con el Hospital Dr. Alejandro Korn. La calle 173 era el primer camino hacia el establecimiento y el bar se transformó en una parada obligada.

520 y 173, sinónimo de “Lo de Pocho”
Nadie se atreve a fijar con precisión cuándo se levantó la construcción de avenida 520 y 173. Muchos coinciden en que nació junto con el hospital a fines del siglo XIX; otros sostienen que es aún más antigua. Lo cierto es que el mítico Bar Doña Rosa, conocido más tarde como “Lo de Pocho”, se convirtió en un mojón cultural y de encuentro generacional.
La esquina era el punto de llegada del autorriel y de comunicación con el nuevo hospital inaugurado en 1884. A una cuadra construyó su vivienda Mauricio Korn, hermano del filósofo Alejandro Korn, quien frecuentaba la zona durante sus años de gestión al frente del hospital. Todos mantuvieron alguna relación con el bar, que funcionaba como fonda, comedor y centro social.
En sus épocas doradas, Doña Rosa tenía una actividad incesante. Se jugaba a las cartas, al billar y a las bochas. Una fonola hacía sonar tangos de Magaldi y animaba bailes con Brunelli. Cuando la policía lo permitía, aparecían mesas de dados. Había comida para los viajeros y bebidas fuertes para los parroquianos. Entre sus clientes habituales figuraban celadores del hospital y agentes penitenciarios de las unidades cercanas.
La oscuridad del barrio sólo era alterada por las luces del bar. Como recordó el director teatral Polo Lofeudo: “Cuando íbamos a Romero pasábamos el día en el bar de Doña Rosa: era una fiesta, había cancha de bochas afuera y una parrilla; estaba la música y los guitarristas”.
Discusiones políticas y redadas policiales
El bar de 173 y 520 comenzó como un Almacén de Ramos Generales administrado por Vicente Ruiz, estrechamente vinculado al grupo conservador liderado por Alejandro Korn a comienzos del siglo XX. En 1917, Ruiz integró como protesorero el Comité Sección 7ª del Partido Autonomista Conservador.
Muchas tertulias políticas tuvieron lugar allí y también en la chacra de Pedro Bonfiglio. Durante los años veinte se incorporaron radicales como Cháves, Massuco y Anzoátegui. Más adelante, en los años cuarenta, el escenario de debate pasó a ser la confrontación entre radicales y peronistas.
Tras la muerte de Ruiz, hacia 1937, el local comenzó a ser identificado popularmente como “Doña Rosa”, en referencia a su propietaria Rosa Tasano. Más tarde se transformó en el “Bar de Pocho”, cuando Vicente “Pocho” Itarte se hizo cargo del mostrador.
Entre las anécdotas más recordadas aparecen las periódicas redadas policiales que se llevaban a los menores sorprendidos jugando a los dados por dinero. Pasaban algunas horas en la comisaría antes de regresar a sus hogares para enfrentar el reto de sus padres.

Escenario de los cambios
Una colección de antiguas botellas de ginebra, los pisos de madera y un gran mostrador que había pertenecido a la Farmacia Manes fueron algunos de los tesoros preservados por los herederos del negocio. Primero fue Juan Itarte quien mantuvo vivo el legado y colocó un cartel de chapa en el frente.
Con la llegada de la televisión, la radio a galena quedó relegada. El nuevo aparato reunió a los parroquianos alrededor de la pantalla, en una postal repetida durante décadas: brazo apoyado sobre el mostrador, cuerpo inclinado hacia un costado y mirada fija en las imágenes en blanco y negro. Todavía faltaba mucho para que existiera TN.
Durante los años setenta aparecieron los juegos electrónicos. El bar de Pocho se transformó en refugio de alumnos de la Escuela Técnica atraídos por el único “Flipper” de la región. Luces, sonidos y colores comenzaron a competir con el clásico metegol, las bochas y las conversaciones de siempre.
De médicos y músicos
El bar de Pocho, sin que jamás hubiera pisado sus instalaciones Lidia Satragno, también recibió la televisión color en 1980. Según recordaba Egidio Melía, exdirector del hospital, el histórico doctor Emilio Serrano reunía allí a profesionales y enfermeros para cenar y compartir aperitivos. También coincidían celadores, empleados de mantenimiento y trabajadores de la morgue.
Ademar Southwell y el “Negro” Ruiz fueron músicos casi permanentes del lugar, animando las noches con guitarras criollas. El propio Polo Lofeudo, que soñó con ser cantante de tangos, grabó un disco acompañado por un trío que ensayaba en el bar. Entre las piezas registradas figuraban “Farolito de Papel” y el vals “Ausencia”.
La vieja estructura de madera resistió incluso más que algunos sectores del centenario hospital. El bar acompañó la vida de la localidad hasta 2010, cuando falleció Vicente “Pocho” Itarte. Una ONG anunció que el edificio sería convertido en centro cultural, pero el proyecto nunca prosperó.
Después llegaron una verdulería y más tarde un autoservicio, que modificaron ambientes y derribaron divisiones internas. Sin embargo, detrás de las fachadas renovadas y de las góndolas modernas, las paredes de madera todavía parecen guardar la memoria de una época en la que los bares de pueblo, el vermú y la conversación sin apuro eran parte esencial de la identidad de Melchor Romero.
CONTINUARÁ…

