El botón estaba ahí, como siempre. Lo presioné, la puerta se desbloqueó, y del otro lado había una familia cenando.
No era una imagen de archivo ni una estadística del INDEC. Era Maxi, Karina y una nena que no tendría más de cuatro años (Micaela…pongamosle) comidos por el frío de una noche de viernes que ya roza los diez grados en La Plata. Estaban en el reducto de cajeros automáticos del Banco Provincia ubicado en calle 5 entre 42 y 43, uno de esos espacios acotados, del tamaño de una habitación, que quedan abiertos las 24 horas y que históricamente funcionaron como refugio esporádico para algún indigente solitario en la peor noche del año.
Pero esto era distinto.
Una escena que no estaba en el manual
Maxi y Karina, no superan los 25 años y me saludaron con naturalidad, casi con cortesía. “Hola, cómo le va”. La nena comía. Había una lata abierta sobre el piso. Llevaban horas ahí, dijeron, desde que el frío “se puso serio”. La idea era quedarse a dormir esa noche. No había un plan B visible.
El cajero (los cuatro cajeros que hay en ese espacio mínimo) quedaba así inutilizable para cualquier usuario que entrara después. Pero eso era, de pronto, lo de menos.
Guardé la tarjeta sin hacer la transacción que había ido a hacer. Charlamos unos pocos minutos. No había mucho para agregar.
Lo que sí quedó claro es que esa familia no había llegado ahí por una noche de mala suerte ni por un episodio puntual de desamparo. Habían llegado porque no conseguían otro lugar adonde ir.
El último peldaño
Durante años, la imagen del cajero automático como refugio urbano funcionó como metáfora del límite: el tipo que duerme en el umbral del banco, en el borde del sistema. Pero el umbral ya no alcanza. Lo que encontré esta noche en calle 5 no era el borde, era el interior.
Una familia joven, con una hija pequeña, instalada dentro de la infraestructura bancaria de la provincia porque afuera no hay temperatura, ni techo, ni alternativa.
Distinto a un hombre solo, quizás anciano (o al menos en apariencia) con una frazada. Es una unidad familiar con una lata de comida y la certeza de que ese espacio sellado y climatizado es, por esa noche, su casa.
Argentina lleva varios años atravesando un deterioro social que se profundizó desde los últimos meses. Los sectores más vulnerables consiguen cada vez menos herramientas para sostenerse y, cuando se agotan las alternativas, aparecen escenas como esta. Una puerta que se abre con un botón y una familia que te saluda del otro lado con la misma educación con la que saludarías vos si alguien tocara tu timbre y te encontrara en el living.
Me fui sin plata. Me fui pensando que el cajero automático, una tecnología algo vetusta en tiempos de “Cool Wallets”, diseñada para dar acceso al dinero físico “vintage” a cualquier hora, había encontrado una función inesperada: ofrecer techo, aunque sea por una noche, a quienes ya no encuentran otro refugio. La Plata, y los gruesos billetes, solo quedan para darle nombre a la ciudad.

