Argentina posee grupos de poder económicos influyentes en la vida social, política y productiva. Sin embargo, estas elites poderosas no generan riquezas, sino que la extraen de un sistema que agoniza, así lo define el índice de calidad de las élites (EQx 2026), que compara los poderosos de distintos países para analizar si estos generan más valor para la sociedad de lo que se apropian.
Elaborado por la universidad suiza Saint Gallen, que realiza un ranking global entre 151 economías, expone que, mientras el mundo se estratifica entre potencias tecnológicas y economías emergentes que escalan posiciones, Argentina se hunde en un “estancamiento hegemónico”.
En el tablero de la economía global de 2026, las posiciones están claras Singapur retiene la corona de la calidad institucional, Estados Unidos se dispara gracias a la inteligencia artificial y China asombra al mundo escalando al puesto 11. En ese mismo mapa, Argentina aparece como una anomalía dolorosa, ocupa el puesto 104, confirmando una caída estrepitosa de casi 20 posiciones en un solo año.
El retroceso no es un accidente, sino una tendencia sostenida. Lo que el índice EQx 2026 revela es que el país tiene recursos naturales, capital humano histórico y una capacidad de coordinación política envidiable (puesto 39 en Poder Político), pero el resultado final es la destrucción sistemática de valor.
El rostro de la élite: El poder de la concentración
La mirada crítica recae sobre los sectores más influyentes, definidos como los grupos coordinados que manejan los modelos de negocio más rentables y acumulan la mayor riqueza. Según mediciones recientes de Forbes Argentina, figuras como Marcos Galperin (Mercado Libre), Paolo Rocca (Grupo Techint), Alejandro Bulgheroni (Pan American Energy Group), la familia Pérez Companc (Pecom y Molinos Río de la Plata), Hugo Sigman y Silvia Gold (Grupo Insud) y Eduardo Eurnekian (Corporación América) lideran el ranking de patrimonios en el país.
El reporte EQx 2026 señala que esta concentración económica no es necesariamente un síntoma de eficiencia, sino a menudo un dispositivo de estabilización, Argentina ocupa el puesto 12 en Dominancia de Firmas. Bajo el modelo actual, las grandes corporaciones aceptan una alta carga de impuestos indirectos a cambio de seguridad regulatoria, mercados protegidos y una competencia limitada, transformando el tamaño en una herramienta para generar rentas en lugar de eficiencias de escala.
El pacto del estancamiento: Ganar perdiendo
La mirada crítica recae inevitablemente sobre los empresarios y los sectores más poderosos, ya que, a diferencia de las élites de alta calidad que “agrandan el pastel” para todos, las élites argentinas se han especializado en “agrandar su propia porción” a expensas de la sociedad.
El diagnóstico es demoledor, existe un “pacto fiscal tácito” entre las élites políticas y económicas. En lugar de competir por innovación, los sectores más influyentes convergen en un esquema tributario que castiga el consumo y protege las rentas acumuladas. Es un sistema que prefiere la seguridad de un mercado protegido y la certidumbre regulatoria antes que la eficiencia productiva.
Esta dinámica se refleja en un dato alarmante, Argentina ocupa el puesto 12 en Dominancia de Firmas. En un país saludable, esto indicaría empresas grandes y eficientes; en Argentina, indica concentración económica usada para generar rentas y no eficiencia de escala. Los grandes jugadores aceptan impuestos indirectos altos a cambio de que el Estado limite la competencia.
Una economía que devora su propio capital
El costo de este modelo es la erosión del futuro. El país se ubica en el puesto 142 en Valor del Capital, uno de los registros más bajos del mundo. Bajo el modelo actual, las élites logran extraer valor, pero lo hacen en un entorno donde los activos (acciones, tierras) tienen valuaciones deprimidas. Es un negocio de corto plazo que extraen lo que pueden de un sistema que cada vez vale menos.
Las cifras de la vida cotidiana son el termómetro de este fracaso, mientras la inflación ocupa el puesto 130 global, la formación bruta de capital el puesto 126, lo que indica una desinversión crónica. En tanto, el talento joven, ante un sistema que no logra retener ni potenciar sus recursos, eligen la salida es el aeropuerto, generando una importante fuga de cerebros.
¿Es posible romper el paradigma?
Las reformas recientes orientadas a la apertura comercial no han sido suficientes para revertir la inercia de un sistema diseñado para la búsqueda de rentas. Mientras el éxito empresarial en Argentina dependa de la cercanía con el poder o de la protección arancelaria, y no de la creación de valor genuino, el país seguirá retrocediendo.
La pregunta que deja el reporte de 2026 no es quién ganará las próximas elecciones, sino qué modelo de incentivos hará que “ganar” en Argentina dependa, finalmente, de crear valor y no de capturar las reglas del juego. Por ahora, las élites argentinas parecen cómodas reinando en un edificio que se desmorona, extrayendo porciones cada vez más grandes de un pastel nacional que no para de encogerse.

