El 26 de junio de 2002, un operativo represivo sobre una movilización de piqueteros en el municipio de Avellaneda terminaría con el asesinato de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán, precipitando el final del gobierno de Eduardo Duhalde y el consecuente adelantamiento del llamado a elecciones. Dos décadas más tarde, los nombres de Kosteki y Santillán se convirtieron en un símbolo de los trabajadores desocupados, pero aún hoy se conoce poco sobre quiénes fueron.
Tanto Kosteki como Santillán formaban parte de los distintos Movimientos de Trabajadores Desocupados (MTD) que tomaron escena pública en la Crisis de 2001, cuyos antecedentes más cercanos eran los cortes de ruta de fines de los años 90´en medio de un oleada de desocupación que arreciaba en Argentina, y que presentaron una mayor capacidad organizativa y de movilización durante el gobierno de Duhalde, a partir del impacto social que tuvo su decisión en enero de 2002 de devaluar el peso.
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Darío Alberto Santillán tenía apenas 21 años cuando el comisario de la polícia bonaerense Alfredo Franchiotti y el cabo Alejandro Acosta decidieron terminar con su vida en el hall de la estación de tren de Avellaneda. Aunque joven ya era un referente del MTD de Lanús y parte de la Coordinadora de Trabajadores Desocupados Aníbal Verón que esa mañana había intentado cortar el tránsito del puente Pueyrredón, que une a CABA con la Provincia.
Según contó su hermano Leonardo, Darío hacía pocos meses había decidido independizarse de la casa de sus padres en el popular complejo habitacional Don Orione, en la localidad de Claypole, Almirante Brown, adonde había pasado toda su infancia entre el Family Game, las travesuras en el Cotolengo Don Orione y sus vacaciones en Punta Lara o San Clemente, de acuerdo a la reconstrucción que realizaron Ariel Hendler, Mariano Pacheco y Juan Rey en “Darío Santillán. El militante que puso el cuerpo”.
Como muchos adolescentes en los años noventa, se hizo fan del rock, en particular de Hermética y Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota; desarrolló un gusto por la fotografía y la lectura, impulsado por una profesora del secundario que le daría letra en varios aspectos. En los últimos años de escuela fue que se interiorizó en los escritos del Che Guevara, y empezó una militancia estudiantil en el turno noche a la par que realizaba algunas changas de día.
De a poco, entre compañeros despertó el interés por dirigentes como Agustín Tosco o Roberto Santucho, las lecturas de Walsh, Urondo o Hernández Arregui, las experiencias del Ejército Zapatista o el ELN colombiano. En el citado libro, sus biógrafos narran la toma de la escuela técnica en reclamo de la derogación de la Ley de Educación Federal del menemismo, como una de las acciones de esos años en las que se embebió Darío Santillán.
Los albores del siglo XXI lo encontraron armando asambleas en su barrio, en pos de organizar a su comunidad para reclamar por planes de empleo, por ejemplo, con los movimientos que se encontraban más consolidados en Quilmes y Florencio Varela. “A los grupos de chicos que veíamos tomando una birra, fumando un porrito en la esquina o en la canchita, nos acercábamos y les decíamos: Loco, vengan a la asamblea, a ver si hacemos algo, hay que ponerle el cuerpo, los esperamos”, citan los autores. “No te ofrecemos un puesto de trabajo, sino un puesto de lucha para conseguirlo”, era una de las frases de Darío.
Tras fundar el MTD de Almirante Brown, junto a su compañeros desembarcó en el MTD de Lanús hacia fines del 2001. “Lo primero que hace es agarrar una carretilla”, aseguró uno de los referentes del movimiento para su biografía. Ante la falta de empleo, uno de los trabajos que desarrollaban los movimientos en cooperativa era la construcción de ladrillos; entre la bloquera y las ollas populares es a lo que Darío dedicaba su tiempo.
“Queremos resaltar un aspecto poco conocido de nuestro trabajo en los barrios, que es el desarrollo social. La creación de las guarderías, de los obradores, de las bibliotecas populares. Otras de las cuestiones del trabajo social, en un plano más cultural, es la alfabetización y el apoyo escolar (…) Con el tema de los trabajos productivos, lo que estamos buscando es desarrollarlos mas allá de los planes, aunque cuesta mucho porque las maquinarias y herramientas que necesitamos para un trabajo serio muchas veces nos son negadas por el Gobierno y no tenemos los medios para poder conseguirlas”, decía Santillán a FM La Tribu en noviembre de 2001, en una entrevista que sus biógrafos recuperaron.
El 19 de diciembre de 2001 lo encontraría reclamando en la sede del Banco Provincia de Lanús por el pago de los planes Trabajar acordados, en una situación que subiría de tono a la par de lo que durante dos días se vivió en todo el país. Tras el estallido social y la renuncia del ex presidente De La Rúa, como se dijo, los movimientos redoblarían su organización, en lo que denominaron un plan de lucha que implementó nuevas acciones de coordinación a partir de enero del 2002.
Poco antes de la Masacre de Avellaneda, Darío Santillán vivía en una carpa de nylon sobre un terreno tomado en Lanús. Se había hecho cargo de la bloquera del barrio y había comenzado a fabricar ladrillos, en medio de la vorágine asamblearia. Armó un obrador y de modo artesanal revolvía la mezcla para armar el cemento. Los ladrillos que eran para vender se apilaban, y el resto se repartía para levantar las casas del asentamiento.
Desde abril, las organizaciones habían registrado un endurecimiento de la violencia con la que reprimían las distintas movilizaciones la policía bonaerense, con heridos de bala de plomo inclusive. En los medios de comunicación se ponía en los piqueteros la razón de todos los males de la Argentina. “En el movimiento de los piqueteros creemos que hay una parte auténtica de protesta cada vez menor, y otra financiada por agrupaciones extremistas. A nosotros nos dicen que el financiamiento puede venir de las FARC de Colombia, o sea del narcotráfico”, declaraba Duhalde en marzo de 2002.
Para la movilización del 26 de junio todos se la veían fea. El secretario de Seguridad de la Nación, Juan José Álvarez había anunciado que “los intentos de aislar totalmente la Capital serán considerados una acción bélica”. Se trataba de la primera acción colectiva en varios meses de gran parte de los movimientos de desocupados que querían culminar con una marcha a Plaza de Mayo a mediados de julio.
Finalmente, se dio la cacería que se conoce como Masacre de Avellaneda, en la que Darío Santillán daría su última prueba de solidaridad al volver hacia la estación porque había un compañero mal herido. Como él sabía de primeros auxilios, desoyó a sus compañeros y prefirió guarecer el cuerpo convaleciente de Maxi Kosteki, incluso ante el escopetazo de sus asesinos.
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