En las últimas horas, la cloaca digital que representa el canal de streaming “Carajo” (un espacio que funciona como terminal mediática del gobierno de Javier Milei y es frecuentado por sus funcionarios) parió uno de los episodios más aberrantes y criminales de la historia de la comunicación argentina.
En el programa irónicamente titulado “La Trinchera”, el abogado Alejandro Sarubbi Benítez, junto a una mesa de cómplices risueños, desplegó un arsenal de odio, racismo y aporofobia que no solo cruza los límites de lo tolerable, sino que constituye una apología del genocidio y la segregación lisa y llana.
Lo que vimos no es humor negro ni una “bizarreada” de redes. Es la verdadera ideología que sustenta a la gestión actual: un desprecio visceral por el que trabaja, por el que vive en la provincia de Buenos Aires y por todo aquel que no encaje en su modelo de país para pocos.
Mientras el Gobierno nacional ejecuta una asfixia financiera brutal contra la provincia de Buenos Aires, sus voceros en el streaming le ponen palabras a la violencia: proponen el exterminio físico de millones de compatriotas.
Deshumanización y “limpieza” social
El ataque de Sarubbi Benítez comenzó con una descalificación total de la identidad bonaerense. Para este personaje, el Conurbano es una “inmensa porción de gente que desde mi punto de vista ya no tiene salvación”.
Con una soberbia de clase que revuelve el estómago, el abogado de raíces paraguayas, sentenció que “ya no hay retorno ahí” debido a un “problemita cultural y de marginalidad”.
Pero el racismo no se quedó en metáforas; fue directo a las raíces del odio antiperonista más arcaico al afirmar que todo empezó “con las cabecitas estas que estaban ahí ponderando”.
En un clima de complicidad asquerosa, la mesa celebró propuestas que parecen sacadas del manual de la Alemania nazi.
Sin ponerse colorado, Sarubbi Benítez lanzó: “la primera sería, bueno, la esterilización, esa me gustó, eh, de hecho es muy buena, en serio”. Hablan de eugenesia y mutilación de derechos reproductivos con la misma liviandad con la que comentan un partido de fútbol, y seguramente se escudarán en la falacia de que “era humor”.
En realidad es el más rancio fascismo de cabotaje financiado por la pauta o el favor oficial, operando en un país donde este propio gobierno cerró el INADI para garantizarle impunidad a sus propios militantes del odio.
Muros, francotiradores y apartheid
La escalada de delirio autoritario continuó con la propuesta de cercar físicamente a la población trabajadora. “Yo cercaría todo y en el conurbano bonaerense levantaría un muro de 15 m de altura con snipers arriba para que nadie pueda cruzar”, disparó el conductor ante las risas de sus interlocutores, quienes celebraban su “entusiasmo”.
La propuesta de los francotiradores apostados cada diez metros para asesinar a quien intente salir de la “zona segregada” no da la idea de ser únicamente una fantasía de este abogado desequilibrado; es el “sueño húmedo” y la representación simbólica de un modelo de exclusión que hoy se aplica con el hambre.
Lo más grave es el criterio para decidir quién sobrevive a este apartheid libertario. Sarubbi Benítez dejó claro que el acceso o salida sería “totalmente arbitrario” y basado en la “portación de cara”.
Es decir, la segregación por color de piel, por vestimenta, por el lugar donde se vive. Proponen “expulsarla [a la Provincia de Buenos Aires] de territorio nacional” como si millones de personas fueran descartables, mientras se reservan el derecho de decidir quiénes son las “personas que uno considera que hay que salvar”.
Napalm: El horror televisado
Cuando la discusión llegó al punto de la “eficiencia presupuestaria”, el nivel de perversión alcanzó su pico máximo. Ante la supuesta falta de fondos para el muro, la opción “bastante económica” que barajaron fue, literalmente, el asesinato masivo. “La tercera que quizás a priori presupuestariamente hablando puede parecer un poco cara, pero en realidad no lo es… es de todas las mañanas tirar napalm desde aviones”.
Llegaron incluso a comparar este planteo de bombardeo sobre población civil con “el roof knocking que hace Israel en Palestina”. No tienen límites. Están pidiendo napalm sobre los barrios populares, sobre el corazón productivo de la Argentina, sobre la gente que se levanta a las cinco de la mañana para ir a trabajar.
Es una incitación al delito que, en cualquier país con instituciones sanas, terminaría con una causa judicial de oficio. Pero aquí, el silencio de la Cámara de Diputados y de la Justicia es atronador.
El silencio cómplice del Estado
Es imperativo denunciar que estos delincuentes de la palabra no actúan solos. Son el brazo armado comunicacional de un proyecto que desprecia la dignidad humana.
El Conurbano bonaerense no es el territorio “sin retorno” que ellos describen; es el refugio de la resistencia cultural y el motor económico de la nación. No podemos permitir que el racismo de la derecha argentina, expresado a través de los seguidores de Javier Milei, se convierta en sentido común.
Defender al Conurbano es hoy una tarea de trinchera, pero de la trinchera de la verdad y la justicia. Si desde afuera nos tildan de racistas, es por estas muestras evidentes de odio que el oficialismo ampara y promueve.
Es hora de que los organismos que aún quedan en pie actúen de oficio para frenar esta barbarie. La libertad de expresión no es un salvoconducto para proponer el exterminio por televisión. ¡Con la gente de trabajo del Conurbano, no!

