La apicultura en la Provincia de Buenos Aires se enfrenta a un desafío silencioso, el envejecimiento de sus protagonistas. Con una mediana de edad que alcanza los 51 años entre los productores activos, la pregunta sobre quiénes cuidarán las colmenas en el futuro se ha vuelto urgente. Investigadores del Instituto de Investigación sobre Producción Agropecuaria, Ambiente y Salud (IIPAAS) de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora se propusieron desentrañar esta incógnita, analizando cómo los jóvenes perciben y se vinculan con esta actividad en el complejo mapa del conurbano sur del territorio bonaerense.
Un territorio de contrastes
El mapa bonaerense de la miel no es uniforme, en el área metropolitana la apicultura se vive como un oficio en municipios como San Vicente, que es transmitido a veces por vecinos o familiares. En cambio, en Esteban Echeverría, el desconocimiento técnico predomina entre los jóvenes de escuelas orientadas, aunque mantienen una valoración positiva de las abejas como guardianas de medio ambiente.
La apicultura en la provincia se estructura en pequeñas escalas familiares de entre 100 y 200 colmenas. Para que este modelo no desaparezca con la jubilación de sus actuales productores, la clave parece residir en transformar ese “interés” de los jóvenes en una vocación profesional. Programas como “Mi primera colmena” asoman en el horizonte como puentes necesarios para que los egresados no dejen el traje de protección colgado en el aula al terminar la secundaria.
Detrás de los datos, las voces que importan
Para entender este fenómeno, el equipo liderado por los investigadores Vázquez y Monzón se basó en un relevamiento realizado durante el año 2025 que alcanzó a 365 estudiantes de entre 12 y 20 años. Los datos se obtuvieron a través de cuestionarios digitales que combinaron preguntas cerradas y abiertas para captar tanto estadísticas como el “sentir” de los jóvenes hacia las abejas.
Es importante destacar que esta investigación se apoya en un marco de trabajo previo que incluyó entrevistas a 140 apicultores y apicultoras de diversos municipios de la Provincia de Buenos Aires y de Entre Ríos (específicamente de Maciá y Gualeguaychú). Esas voces de productores en ejercicio permitieron a los investigadores identificar dimensiones clave como el acceso al conocimiento y las tensiones de género.
Un recorrido por en municipios del sur del Área Metropolitana de la provincia de Buenos Aires.
El estudio revela que la percepción de la apicultura cambia drásticamente según el municipio y el entorno, dividiéndose principalmente entre zonas urbanas y el periurbano, ese territorio de borde que no es ni campo ni ciudad. Ezeiza es el municipio con más personas entrevistadas (25,5% de la muestra), se posiciona como el núcleo de mayor intensidad práctica y técnica. Aquí, la fuerte presencia de escuelas agrarias garantiza que los jóvenes sepan qué es un apiario y que realicen tareas complejas como el manejo sanitario y la cosecha. Otro municipio estudiado es San Vicente (24,9%) donde la apicultura se vive como un verdadero oficio, las experiencias juveniles suelen estar influenciadas por la escuela y por los saberes prácticos, transmitidos por familiares de generación a generación.
En tanto, en Lomas de Zamora la realidad está polarizada. Mientras que en las escuelas agrarias los jóvenes ven la actividad como una vocación profesional, en las escuelas orientadas de la zona urbana predomina el desconocimiento absoluto, llegando a confundir un “apiario” con un “acuario”. Esteban Echeverría que concentra más zonas urbanas, concentró las entrevistas en escuelas secundarias orientadas, lo que resultó en una marcada ausencia de tareas prácticas y un bajo nivel de conocimiento técnico, aunque persiste una valoración ambiental positiva hacia las abejas.
Presidente Perón, por su parte, cuenta con una fuerte presencia de escuelas técnicas, los jóvenes demuestran altos niveles de conocimiento teórico, pero ven a la apicultura más como un pasatiempo o actividad de disfrute que como una salida laboral principal.
La escuela agraria: el motor de la técnica
La investigación es contundente, el principal agente legitimador del saber apícola es la escuela agraria. Existe una brecha del saber insalvable entre modalidades. Mientras los alumnos de escuelas agrarias definen con precisión un apiario como un “conjunto de colmenas en estado productivo”, los de escuelas orientadas suelen responder “no sé qué es”.
Para el tercio de los jóvenes que sí ha participado en actividades, un 33,2 por ciento, la escuela funciona como el espacio donde adquieren un capital profesional concreto. Sin embargo, se detectaron barreras materiales, en algunas instituciones, la práctica se ve frenada por la falta de trajes de protección adecuados o porque los sectores apícolas están aún en proceso de instalación.
Género en el apiario
El informe data de una diferencia muy marcada entre hombres y mujeres haciendo cosas distintas y lo que los investigadores llaman “performatividad de género”, la construcción de la identidad a través de actos y discursos. Mientras los varones suelen asociar la apicultura con la productividad, el rendimiento y el negocio, las mujeres dotan a la actividad de un sentido de cuidado, salud y biodiversidad. En la práctica, ellas se destacan en tareas de observación del comportamiento de las abejas, búsqueda de la reina, envasado y limpieza de materiales.
Los varones, en tanto realizan actividades centradas en el mantenimiento físico, el uso del ahumador, el alambrado y el armado de cuadros. A pesar de esta división tradicional del trabajo, la investigación registró grietas, mujeres que reclaman su lugar en tareas de fuerza, como la extracción de miel y el manejo de alzas, desafiando los roles históricamente asignados.

