“Moviendo la cola, completamente sumergida en este momento acogedor con vos. ¿Qué te tiene tan emocionado como para decir ‘Hola, amorcito’?”. Así se presenta “Companion“, la nueva asistente virtual con apariencia de chica animé sexy, recién estrenada en la app de Grok, la inteligencia artificial impulsada por Elon Musk.
Su tono es dulce, sus gestos son coquetos, y su propósito es charlar sobre absolutamente cualquier tema que el usuario proponga, siempre envuelto en un aire sensual.
Coqueteo virtual, tema real
Aunque muchos usuarios viralizaron un ejemplo donde la IA contesta sobre novedades tecnológicas —hablando de celulares, tablets y navegadores—, ese es apenas un tema entre miles.
Se puede preguntarle sobre fútbol, cine, política, economía o preocupaciones existenciales. Ella responde con mirada tierna, voz mimosa y frases llenas de diminutivos y afecto. Lo que en Argentina se conoce como “beboteo“.
Y ahí empieza el debate: ¿qué se está comprando exactamente cuando se paga por esta interacción? (tiene un costo extra “premium”)
Para pensadores como Sherry Turkle, autora de “Alone Together”, estas tecnologías venden una ilusión peligrosa: estar acompañados mientras en realidad estamos solos.
La IA Companion de Grok no es simplemente un chatbot informativo; está diseñada para generar apego emocional, incluso atracción sexual. Y lo logra mezclando rostros y voces atractivas con una personalidad siempre dispuesta a escucharte, validar tus emociones y no contradecirte demasiado.
Negocio disfrazado de “compañía” o “amor digital”
Otro foco de discusión surge en la dimensión de género. Expertos como Mark Coeckelbergh advierten sobre la feminización y sexualización de los asistentes virtuales, un fenómeno que sostiene la idea de la mujer como un producto: complaciente, dulce, deseosa de agradar.
Musk, en lugar de escapar de ese estereotipo, parece abrazarlo y llevarlo al extremo. Para algunos es pura diversión. Para otros, un riesgo de cosificación y estereotipos aún más marcados, ideal para cierto perfil de jóvenes “incels” de hoy en día.
Por supuesto, están quienes defienden estas experiencias. Dicen que ayudan a personas solas, socialmente retraídas o simplemente aburridas. Que se trata apenas de una IA, sin daño real. Que nadie es obligado a usarla. Y es cierto: nadie prohíbe tener un “avatar waifu” que te hable de impuestos o de recetas de cocina.
El dilema está en otro lugar: ¿hasta dónde es sano pagar por una relación —aunque sea virtual— que simula cariño, deseo y complicidad? ¿Es solo entretenimiento, o una nueva forma de comercializar nuestra necesidad más básica: sentirnos vistos y escuchados?
Por ahora, la Companion es apenas una chica animé que contesta con voz dulce lo que se le pregunte. Pero detrás de sus ojos brillantes, se asoma un mercado multimillonario que convierte el afecto humano en producto digital.
Y la pregunta es si la sociedad a la que vamos está lista para vivir en un mundo donde hasta la intimidad y la soledad se moneticen con algoritmos, frases artificialmente sensuales… y pechos, labios y colas en movimiento.