Así mostraban los noticieros cinematográficos al San Clemente del Tuyú de las décadas de 1940 y 1950: con una voz segura, didáctica y ceremoniosa, que invitaba a descubrir una costa bonaerense todavía en formación, cuando el mar era sinónimo de promesa y el verano comenzaba mucho antes de pisar la arena.
En esos relatos, Buenos Aires aparecía “cerca de todos los puntos de veraneo”. Las distancias ya no contaban: bastaba subirse a un micro para escapar del “damero” urbano y dejar atrás el asfalto caliente. Viajar al mar era un ritual colectivo.
El viaje al mar
“Desde Jurín 1664 partían los ómnibus de la empresa Borque rumbo a San Clemente del Tuyú”, en el entonces partido de General Lavalle, cuenta el relato del fragmento de noticias expuesto ahora por el Archivo General de la Nación, de Sucesos Argentinos número 154, de Argentina Sono Film.
El trayecto duraba siete horas, celebradas por la narración oficial como un paseo por “una buena ruta”, símbolo de progreso y modernidad.
El solo dato hoy resulta conmovedor: siete horas para llegar al mar y, aun así, la sensación de cercanía era absoluta. Viajar a la costa era lento, pero accesible, y el esfuerzo formaba parte del disfrute.
Un balneario en formación
El camino, dice el texto, se abría entre avenidas arboladas surgidas en terrenos antes desvalorizados. Esa transformación, celebrada por las cámaras, conducía a extensiones de arena fina y firme, con playas “anchurosas” y frescas a orillas del mar.
Hablaban de 80 kilómetros de playa, “suave como alisada”, con giros casi literarios en donde las olas morían mansas y dejaban su efímero encaje de espuma sobre las arenas doradas. Un paisaje que parecía infinito y casi intacto.
San Clemente era presentado como un pueblito chico y acogedor, frecuentado por turistas de los más diversos lugares, dotado de confortables hoteles y pensado como un sitio ideal para recuperar energías gastadas.
Veranear como antes
Para los adultos, el balneario era “paraíso y diversión”; para los chicos, un verdadero Edén. La brisa marina confortaba y tonificaba, mientras las cámaras destacaban las ondas marinas y las sesiones de helioterapia, prácticas muy valoradas en la época.
La “libertad” era otro de los grandes atractivos: se mostraba la posibilidad de recorrer la playa incluso en automóvil, con “libre albedrío”, una postal hoy impensada que hablaba de una costa sin límites ni restricciones.
El Faro de San Clemente ocupaba un lugar central en la narración. Con sus destellos rítmicos, iluminaba la ruta de las embarcaciones de cabotaje y se convertía en símbolo de orientación y progreso.
También había espacio para el trabajo: la pesca en grande, con redes y esfuerzo colectivo, era presentada como un “espectáculo vigoroso”, muy lejos de la imagen contemplativa del pescador solitario.
Y porque (recordaban este noticiero), el hombre “no vive solo de aire y de sol”, la cámara se detenía en la vida social. El Hotel y Confitería Kati, el más importante de la localidad, aparecía como centro de reuniones, encuentros y mesas generosas donde los veraneantes dejaban de lado los regímenes de alimentos impuestos por “serios galenos.”.
Así, fotograma a fotograma, estos noticieros cinematográficos construían la imagen verdadera de un San Clemente del Tuyú atractivo, hospitalario y en plena expansión.
La ciudad encontraba su prolongación veraniega y la costa bonaerense se afirmaba como un destino cercano, accesible y profundamente nostálgico.

