La Cámara de Diputados aprobó la reforma laboral impulsada por el gobierno nacional de Javier Milei y dejó una escena que excede largamente el trámite parlamentario.
Mientras en las calles se expresó un paro general de las centrales obreras y distintas organizaciones advertían sobre una regresión histórica de derechos, una parte considerable de la sociedad permaneció en silencio.
Ese silencio, lejos de ser neutro, constituye uno de los pilares culturales que explican el avance de una norma que profundiza la precarización del trabajo en la Argentina.
Durante décadas, el mercado laboral fue expulsando a millones de personas hacia la informalidad. Empleos sin recibo de sueldo, ingresos intermitentes, jornadas extendidas y ausencia total de obra social, licencias o previsión jubilatoria se volvieron experiencia cotidiana.
Ese proceso, al que el estado nacional no brindó soluciones, dejó de percibirse como una excepción y pasó a organizar la vida de amplios sectores. La precariedad se consolidó como regla e identidad para muchos.
El resentimiento como identidad laboral
Desde ese lugar, el trabajador formal aparece para el informal como una figura distante. Vacaciones pagas, aguinaldo o licencias médicas dejan de leerse como derechos conquistados y pasan a interpretarse como “privilegios“.
La desigualdad se resignifica en términos morales. Es decir que quien conserva protección es visto como alguien que recibió algo que otros jamás tuvieron. El conflicto social se desplaza así hacia el interior del mundo del trabajo, enfrentando a quienes deberían reconocerse como pares.
La reforma laboral dialoga de manera directa con ese clima social. Su “aceptación simbólica” no se apoya en una promesa concreta de mejora para los sectores excluidos, sino en una lógica de nivelación hacia abajo.
Si la vida fue siempre incertidumbre para muchos (aquello que durante el macrismo defendió y promovió el entonces ministro de educación Esteban Bullrich), que esa incertidumbre alcance también a quienes estaban protegidos adquiere un sentido “reparador“. El sacrificio propio se transforma ahora en parámetro colectivo: “Tomá”.
En ese razonamiento, haber trabajado toda la vida en negro se vive como una prueba de fortaleza. La intemperie permanente se convierte en mérito y también en fuente de superioridad moral.
El individualismo extremo aparece como una ventaja aprendida a fuerza de golpes. La explotación deja de generar rechazo porque forma parte de un régimen de vida conocido y naturalizado, y que ahora también alcanzará a esos trabajadores que los informales consideran “casta“.
El consenso silencioso del daño compartido
La desconfianza hacia el Estado completa este cuadro. Para quienes atravesaron años sin ningún tipo de respaldo institucional, el discurso de justicia social perdió credibilidad.
La experiencia concreta fue la de un sistema que prometía inclusión pero que en la práctica a ellos nunca les llegó. Ese desencanto profundo preparó el terreno para un relato que propone destruir lo existente antes que repararlo.
La reforma laboral se inscribe entonces en una pulsión revanchista. No mejora las condiciones de quienes ya viven fuera del sistema formal, aunque sí erosiona las de quienes todavía conservan derechos.
Ese perjuicio resulta socialmente tolerable porque simboliza una caída común. La igualdad se redefine como extensión del daño y no como ampliación de protecciones.
El paro general de ayer mostró con claridad esa fractura. La protesta existió y fue significativa, pero convivió con una apatía extendida. Muchas personas eligieron no pronunciarse porque su vida laboral transcurre desde hace años al margen de convenios, paritarias o marcos legales. La reforma aparece como un acontecimiento ajeno, incapaz de empeorar una realidad que ya se percibe en su límite.
Desde una mirada sociológica, este fenómeno expresa el triunfo de una subjetividad moldeada por la exclusión. La bronca acumulada se transformó en capital político.
El liderazgo presidencial logró traducir ese resentimiento en adhesión, aun cuando las medidas adoptadas profundizan la vulnerabilidad social. La promesa implícita no es bienestar, sino una épica del individuo endurecido, convencido de que la jungla resulta un terreno familiar.
El problema radica en el horizonte que se construye. La regresión de derechos laborales debilita la cohesión social y consolida un modelo donde la competencia reemplaza a la solidaridad.
En ese escenario, el abismo deja de ser una metáfora y empieza a adquirir forma de destino compartido. La velocidad con la que se avanza hacia él se vuelve la señal más inquietante de este tiempo.

