El episodio ocurrió en la Embajada Argentina en Madrid y tuvo como protagonista a un tal Alejandro Nimo, funcionario que decidió hacer pública en redes sociales una interna que hasta ahora se mantenía puertas adentro.
Todo comenzó cuando le retiraron el despacho que utilizaba dentro de la sede diplomática, una decisión que fue presentada por los demás diplomáticos como una reorganización interna.
Pero lejos de tratarlo como un cambio administrativo, Nimo lo transformó en una denuncia política. “No se trata de que me hayan desplazado del cargo”, escribió, aunque en el mismo mensaje detalló que le quitaron “la oficina en la que trabajaba y atendía a los empresarios que invierten en Argentina”.
El funcionario aseguró además haber sufrido una “agresión” dentro de la embajada, aunque no dio ninguna precisión sobre el hecho. En cambio, puso el foco en el simbolismo de su espacio de trabajo, al que describió como mucho más que un simple despacho.
Militancia en la embajada
En su propio relato quedó en evidencia el perfil con el que se movía dentro de la sede. “Se había convertido en un símbolo y un sitio de convergencia de los admiradores” del gobierno, afirmó él mismo con orgullo, dejando en claro que el lugar funcionaba como un punto de encuentro político/ideológico.
Lejos de cualquier neutralidad diplomática, Nimo detalló que en su oficina había “un cuadro con la imagen de nuestro presidente”, además de “muchas imágenes y símbolos que hacen a mi recorrido en la batalla cultural por Europa” y hasta “un muñeco de nuestro presidente con la motosierra”.
Ese tono se repite a lo largo de todo el descargo, donde se posiciona como un militante activo: “El trabajo que hago por Argentina por la libertad y la batalla cultural a diario”, escribió, en una definición que se aleja del rol técnico que suele exigirse en una embajada.
El conflicto, entonces, no parece girar solo en torno a una oficina, sino a la utilización de un espacio institucional con una impronta claramente partidaria.
Choque y victimización
La decisión del embajador Wenceslao Bunge Saravia fue interpretada por Nimo como un ataque ideológico. “Esto parece que incomodaba a muchos que ya no deberían estar en la embajada”, lanzó, apuntando contra la “casta diplomática”.
También cuestionó directamente a su superior: “No comprendo la decisión del embajador”, escribió, y lo acusó de no estar alineado con “el achicamiento del Estado” ni con “las premisas de responsabilidad fiscal”.
En tono épico, buscó resignificar lo ocurrido: “Deshacerse de mi oficina no fue deshacerse de mí. Fue deshacerse de un símbolo”, afirmó. Y reforzó su postura con otra frase elocuente: “Puedo hacer el mismo trabajo excelente que vengo haciendo desde cualquier club privado o bar de Madrid”.
El episodio dejó al descubierto una tensión más profunda, que es la de un funcionario que se asume como militante en plena “batalla cultural” frente a una estructura diplomática que busca sostener reglas más tradicionales.
La oficina de la que se lo corrió, en ese contexto, terminó siendo apenas la excusa visible de una disputa mucho mayor.

