El 7 de septiembre de 1996 murió Gilda en un accidente de tránsito en Entre Ríos. Tenía solo 34 años y una carrera que recién estaba tomando forma, aunque ya alcanzaba para ubicarla entre las voces más populares de la música tropical argentina.
Hoy, treinta años después, hay un capítulo menos conocido de esa historia que la une a la ciudad de La Plata. Un poco más de año antes de morir, en 1995, Gilda dio un recital dentro de la Unidad Penitenciaria N°9, uno de los penales más grandes de la capital bonaerense.
Esa tarde dejó para el recuerdo muchas fotos, algún video, canciones, y hasta cartas que le llegaron durante años, además de una pregunta “flotando” que hasta hoy no tiene respuesta confirmada.
Un show en el patio del penal
Para esa época, Gilda todavía no era la excelsa figura que se volvería masiva después de su muerte. Su carrera venía creciendo de a poco, pero aceptó de todos modos presentarse ante un público bien distinto al de los boliches y los escenarios habituales de la movida tropical: los internos de la Unidad 9.
El recital se hizo en el patio del penal. Se conservan imágenes de esa jornada que la muestran arriba de un escenario improvisado, rodeada por decenas de presos, varios de los cuales se acercaron y bailaron mientras cantaba.
Interpretó cinco canciones, entre ellas Corazón herido, Noches vacías y No me arrepiento de este amor, el tema que con los años terminaría siendo uno de los símbolos más fuertes de toda su carrera.
“Lo que manda el corazón”
Antes de esa inolvidable canción, Gilda le habló a los internos. De acuerdo a los registros que quedaron de la visita, dijo una frase que resume bastante bien el clima de la tarde: “En la vida uno se puede arrepentir de muchas cosas, pero de lo que nunca se puede arrepentir es de lo que manda el corazón”.
Después de eso arrancó a cantar. El recital no tuvo la distancia habitual entre el escenario y el público: se acercó a los presos, dejó que algunos se acercaran también y, cuando terminó la música, no se fue enseguida.
Increíblemente y frente desoyendo algunas recomendaciones de sus allegados, se quedó a almorzar con los reclusos. Compartió la comida, charló un rato largo y el encuentro, que bien podría haber terminado con el último acorde, siguió de una manera mucho más personal.
Las cartas que llegaron después
Con el correr de los días, algunos internos empezaron a escribirle cartas a Gilda. Según pudo reconstruirse a partir de testimonios de su entorno, esa correspondencia se sostuvo durante los años siguientes y la cantante mantuvo el vínculo epistolar con varios de ellos.
Aquella tarde también estuvo, del lado de la música, Quique Toloza. El guitarrista, impactado por la presentación terminó sumándose poco después a la banda de Gilda y tuvo un rol importante en cómo fue mutando su sonido con el tiempo. Toloza murió junto a ella en el accidente de 1996 en Villa Paranacito.
Así, lo que empezó como un recital en un penal, también terminó cruzándose con la trama artística y personal de los últimos años de Gilda.
La incógnita que sigue abierta
Hay un nombre que aparece siempre que se repasa quiénes podían estar alojados en la Unidad 9 en esos años: Ricardo Barreda. El odontólogo platense, condenado por el crimen de su esposa, su suegra y sus dos hijas en 1992, cumplía condena justo en el período en que Gilda dio ese recital.
Eso deja abierta una pregunta llamativa, aunque imposible de responder con lo que se sabe hasta ahora: ¿pudo haber estado Barreda entre los presos que vieron el show? No hay ningún registro ni testimonio que lo confirme, y tampoco figura mencionado en las reconstrucciones conocidas de esa jornada. Por ahora, y quizás para siempre, queda como una incógnita y no como un hecho comprobado.
Lo que sí está documentado es la visita, las cinco canciones, el almuerzo y las cartas que siguieron llegando durante años.
Este 7 de septiembre se cumplen tres décadas de la muerte de Gilda y, mucho antes de convertirse en la figura que hoy sigue “alimentando remixes” y produciendo devoción generacional, había pasado por La Plata: cantó en el patio de una cárcel y compartió un almuerzo con un grupo de hombres que, durante mucho tiempo, no dejó de escribirle.


