En un país que se jacta de ser uno de los principales productores de trigo del mundo, la realidad de las góndolas y las panaderías empieza a contar una historia diferente y desconcertante. “Vienen panes de Brasil, vienen fideos de Albania, ahora están viniendo croissants de España”, advierte con preocupación Alejandro Campodónico, referente del sector molinero en una nota exclusiva para INFOCIELO PLAY. La imagen es casi surrealista de facturas congeladas cruzando el océano en contenedores para desembarcar en una nación que tiene todos los insumos básicos. “Nosotros tenemos tierra, trigo, energía, fierro para producir y ¿me vas a decir que no podemos ser competitivos?”, lanza con preocupación Capodónico.
El peso del “Costo Argentino”
La respuesta a esa falta de competitividad no parece estar en la capacidad productiva, sino en lo que el sector denomina la “distorsión del mercado”. Según Campodónico, el empresario no le teme a la apertura económica per se, sino a la desigualdad de condiciones. “Los empresarios no reniegan de la competencia; al contrario, les gusta. Lo que piden normalmente son reglas claras”.
El principal obstáculo es una presión impositiva que se ramifica en todos los niveles del Estado. Campodónico detalla un entramado que asfixia el costo final, “tenés el impuesto cheque, después tenés ingresos brutos sobre toda tu cadena de consumo, después tenés obviamente todo el tema de IVA, después tenés Ganancia y volvés al territorio y tenés las tasas y los impuestos municipales. Todo ese paquete presiona”. A esto se suma el impacto de los servicios, especialmente en una industria que requiere producción continua, “la industria utiliza mucha energía y también sufrieron un fuerte impacto, viviendo la crisis del gas en este invierno como nunca se vivió”.
La lucha contra “el fantasma” de la informalidad
Uno de los puntos más críticos que enfrenta la industria es la competencia desleal interna. Se estima que la evasión en el sector molinero alcanza cifras astronómicas. “La molinería está estimando una evasión de 400 millones de dólares al año”, revela Campodónico. Esta informalidad se da principalmente en la venta de harina “en negro”, un mercado difícil de fiscalizar a pesar de que el número de actores es acotado, existen unos 30.000 productores de trigo, 180 molinos y 30.000 consumidores de la industria alimenticia.
Ante la ineficiencia de los controles estatales previos, los propios molineros impulsaron un plan de autocontrol junto a la Secretaría de Agricultura y el ARCA (ex AFIP). “Los molineros quieren pagar impuestos, queremos que si uno paga impuestos, paguemos todos, porque si no es imposible competir”. El sistema incluye “controladores de molienda” tecnológicos que pesan el trigo que entra y cruzan datos con la “cuenta corriente molinera”. Sin embargo, el incentivo para evadir sigue siendo alto porque, hasta hace poco, “la penalidad cuando encontrás alguien que no está en regla no es tan dura, era conveniente arriesgarse a que te encuentren”, cuenta el empresario.
Exportar: una misión casi imposible
La capacidad ociosa de la industria es otro síntoma de la crisis: actualmente se utiliza solo el 50 por ciento de la capacidad instalada. Mientras el 90 por ciento de la producción se vuelca al mercado interno, la exportación se ve frenada por una “doble retención” que deja a Argentina fuera de juego frente a competidores globales como Turquía. “El productor agropecuario traslada el peso de las retenciones y a su vez el molino cuando exporta tiene su propia retención. Entonces tenés una doble retención”, detalla Campodónico.
Para paliar esta situación, el sector ha recurrido a estrategias creativas como la creación de un fideicomiso para exportar subproductos, como el afrechillo peletizado, a países árabes. Es un intento de generar valor agregado en un escenario donde competir con potencias que subsidian su exportación parece una batalla perdida.
La crónica de la molinería hoy es la de un sector que pide “nivelar la cancha“. Mientras tanto, en las mesas argentinas, el pan que debería ser el orgullo nacional empieza a hablar portugués o a llegar congelado desde el Viejo Continente.

