Un fantástico spot del partido verde en Reino Unido viral.
El primer ministro canadiense gritando al mundo que todo cambió, y que ya no hay (si es que alguna vez hubo) un Chapulín que pueda ayudarnos.
La intromisión militar de Estados Unidos en Venezuela.
La situación de Groenlandia. La OTAN negociando migajas.
Las vidas veloces. El ocio como gran indicador de estatus social. Los salarios que no alcanzan. La escala planetaria de destrucción. La IA que pasó a hacer casi todo por nosotros. Esa IA que es el gran transformador que consume lo mejor que tenemos: agua, bosques, montañas. Y sin embargo meta scroll, meta comercio electrónico, y es que simplemente ya no podemos (¿sabemos?) vivir sin ella.
No nacen niños. Los viejos molestan. Las personas se aislan. Quienes forman familia se mudan lejos. Vivimos apurados y encerrados. Una prisión domiciliaria impuesta. La calle es de los otros. Los otros nos atemorizan. La desigualdad hace que el paisaje urbano se torne hostil. Muy hostil. Las pantallas y sus filtros nos median. Estamos en racha constante. Un fuego, dos fuegos y van. No cruzar la frontera del vidrio gorila, ese que no se rompe, y tolera polvo, aunque se rompe y siempre está engrasado. La asfixia. No respiramos bien, no dormimos bien, no comemos bien. Por eso tenemos ansiolíticos, antiespasmódicos y miles de drogas a disposición para sustraernos de una vida que pesa. Mucho. La ruedita del hamster sigue y sigue y sigue.
La dirigencia en una. Fuerte. Millo. Sin entender nada. Absolutamente nada. Lo que cuesta ganar el mango. La precariedad. Si te enfermás no hay plata, si un diá estás mal no hay pesca. No entender la fragilidad. No entender que el Estado no supo, no pudo, no quiso salvarnos y que seguimos leyendo los diarios rancios de la Alemania Oriental que un grupo de asesores a sueldo pone ahí. Un posteo en Instagram con el repudio en tipografía cada vez más grande, que resalte del repudio de ayer, que resaltó del de antes de ayer. Un reel entrando a lugares a los que nadie accede. Una historia posterior mostrando un costillar regado con vino. Así, sin solución de continuidad, en un mensaje que parecería decir “ya tuve mis dos reuniones discutiendo políticas habitacionales, ya hice tres presencias en lanzamientos de cosas, me merezco este trozo de carne”.
En una. Fuerte. No entendiendo. No queriendo entender. No debatiendo. No oponiéndose en serio (no en Instagram). Poniendo nombres, firmas, cuerpo, cabeza, trabajo, organización. En una. Interpretando el mundo por el espejo retrovisor mientras cada vez somos más los que miramos con la nariz contra el vidrio. Cada tanto un hecho intolerable tolerado, silenciado, ocultado para no hacerle el juego vaya a saber a quién porque… ¡hola! gobierna la crueldad en Argentina hace ya algún tiempo y parece que tiene nafta premium para seguir bailando al ritmo de este nuevo devenir histórico. Ese que no entienden, no pueden entender, no quieren entender.
El mundo está cambiando. La cuarta revolución industrial llegó. Perdimos una oportunidad histórica, en medio de masturbaciones intrascendentes. Está siendo hora de alinearnos distinto. Algún liderazgo que proponga una salida humanista para el feudalismo robotizado. ¡Vamos! Que la desigualdad crece más rápido que los algoritmos y es la fuente de toda crueldad, violencia e imposibilidad de un proyecto de país en el que podamos vivir juntos en serio.

