La escena es conocida. Alguien entra a un baño europeo, brasilero, o norteamericano y mira a su alrededor, y algo no cierra. Falta “eso”. Uno no sabés bien cómo explicarlo sin sonar obsesivo, pero sí: falta el bidet. Ese viejo compañero blanco, o celeste, o verde “agua”, y hasta rosa pálido, que en Argentina no es un lujo, sino casi un derecho constitucional tácito.
Sin embargo, en los nuevos desarrollos inmobiliarios (según cuenta el segmento de “propiedades” del diario La Nación, especialmente en departamentos chicos o de diseño minimalista), el bidet empieza a desaparecer.

En su lugar aparecen inodoros inteligentes, duchadores manuales o sistemas integrados que prometen la misma higiene ocupando menos espacio. La tendencia global empuja, y el mercado local parece que empieza, de a poco, a ceder.
Menos espacio, menos bidet
La razón principal es práctica. Metros cuadrados cada vez más caros y baños más chicos. En ese contexto, el bidet pierde la pulseada contra soluciones “todo en uno”. Los nuevos inodoros con función de lavado incorporado ofrecen temperatura regulable, secado y hasta música ambiente (falta que hagan café o se ceben unos amargos).
El argumento es simple: “si el mismo artefacto hace todo, ¿para qué duplicar?” Pero esa lógica choca contra una pared emocional muy tradicional y muy argentina.
Tecnología vs costumbre
El reemplazo más común es el duchador, un pequeño rociador que cuelga al costado del inodoro, bastante popular en Brasil, y que, seamos sinceros, genera más dudas que certezas en el usuario primerizo. Antes de tocarlo, se le llena a uno de preguntas el objeto a limpiar.

También crecen en ventas los por ahora carísimos inodoros japoneses, que parecen salidos de una nave espacial y prometen una experiencia casi mística. Encima la marca emblema en el país del sol naciente se llama “Toto”.

Pero hay algo que la tecnología todavía no logra replicar, y es la confianza. El bidet no se explica, “es un sentimiento no puedo parar”. Es directo, honesto, sin manual de instrucciones ni botones sospechosos. Solo hay que saber cual es el agua fría y cual la caliente, para evitar sobresaltos.
Un símbolo que no se entrega
Aunque no fue inventado en el país, Argentina lo adoptó como pocos lugares en el mundo. Acá el bidet es parte del ADN doméstico, un sello cultural que distingue al argentino incluso en el exterior. Es ese momento incómodo en el que alguien pregunta: “¿Cómo pueden vivir sin esto?”.
Por eso, más allá de las tendencias expuestas en la prensa hegemónica, su desaparición no pareciera inminente. Puede achicarse, mutar o esconderse en nuevas versiones, pero jubilarlo del todo suena más a fantasía de arquitecto con chupines, que a realidad cotidiana.
En definitiva, el bidet podrá estar en retirada en los planos modernos, pero en el imaginario argentino sigue firme, con la dignidad de los próceres y la utilidad de los imprescindibles.
Porque hay cosas que no se negocian. Y quizás este sea el único “chorro” que la ciudadanía defiende con ahínco e identificación.

