Por Andrés Caviglia
“La verdad es que ya no me da el cuero, no me siento bien y no quiero ir a dar lástima. Cada día, cada partido, tengo que hacer un montón de cosas para llegar a la cancha y me duele todo” con estas líneas Emanuel Ginobili (el 5 de la Selección y el 20 de los Spurs como le gusta presentarse) le cerraba las puertas al preolímpico de Monterrey previo a los Juegos de Río 2016 y de esa manera su ciclo con la celeste y blanca parecía cerrarse.
Pese a la sinceridad de las declaraciones, el inevitable paso del tiempo y los logros conseguidos, Manu (el mismo que es reconocido por las nuevas, las pasadas y las futuras figuras de la NBA y del básquet del mundo) no pudo evitar la yerra criolla.
TE PUEDE INTERESAR
Ginobili estaba, para un país que ni siquiera es eufórico consumidor del deporte, siendo sentenciado por el gen argento adicto a destruir a cuanto ídolo se le cruce por el camino. Ginobili pudo driblear a Kobe Bryant pero no el alto costo de ser amado en Argentina. Sea Maradona el apellido o Messi, o Vilas, o Fangio en este país le contarán las costillas al endiosado de turno, impiadosamente, como si formará parte de un ritual ineludible.
Hasta ese acto de sinceridad, Ginobili había cosechado el premio al jugador con mayor progreso en la Liga Nacional en el ´96, dos títulos de Liga, dos Copas Nacionales y una Euroliga (donde fue el jugador más valioso) en el Kinder Bologna, un pre mundial en Neuquén (2001), base de la Generación Dorada, que alcanzaría al año siguiente el subcampeonato del mundo en Indianápolis, sus cuatro anillos con los Spurs (2002) la medalla de oro en Atenas (2004) y otros tres anillos de NBA en 2005, 2007 y 2014 siempre como estandarte de San Antonio.
Manu no es sólo el jugador más competitivo que haya dirigido Greg Popovich según sus propias palabras, ni es el hombre que tiene “un conocimiento superior del juego” como dijo el legendario Magic Johnson. Manu es el jugador distinto de la Liga más poderosa del mundo y probablemente el mejor sexto jugador de la historia y es, también, el que volvió a la Selección para retirarse en los Olímpicos de Brasil tras responder al llamado de los suyos. Su adiós de la Selección debía ser en la cancha y así fue. Resultados aparte.
Si esto fuera fútbol, Ginobili sería Iniesta. Un tipo que conoce todos los secretos de un juego inmensamente popular pero que sin embargo, con su perfil de tipo sencillo, si caminase por las calles sólo llamaría la atención por su altura. Como el ex jugador del Barcelona, es calvo y parece carente de carisma. Capaz de pasar como un simple analista de sistemas, el tipo es el mejor en lo suyo.
Lejos de los raros peinados nuevos, los tatuajes “gansta” o el Trash Talking Manu armó su carrera alrededor del sentido colectivo. Él ha sabido comprender, como pocos, el concepto de juego y ha sido líder de los equipos que formó y todos ellos fueron inolvidables. Desde la Generación dorada, secundado por Scola, Nocioni u Oberto hasta el Big Three más ponderado de la época moderna con Tim Duncan y Tony Parker como laderos.
Mientras las revistas especializadas del mundo le adjudican un ADN particular que lo transforma en una suerte de eslabón perdido entre el estilo de blancos y negros, el marca otro territorio para explorar en estas latitudes: el del ídolo silencioso.
Ni cuando se tiró de palomita en Atenas para construir el camino a la medalla dorada, frente a Serbia por cuartos, en el último segundo, ni cuando decidió decir adiós, coronado de gloria, Ginobili jugó la carta de la altanería. Cerebral adentro y afuera de la cancha, decidió mantener un contacto fluido con sus seguidores desde una columna de un pasquín porteño y tampoco se dejó llevar por el fervor popular que quiso catapultarlo al pasado juego de las estrellas cuando el #NBAVote se volvió tendencia en la Argentina hace unos meses.
Su comprensión del gen exitista fue escrita por su puño y letra “Me festejan todo porque soy un viejo de cuarenta. Si hago diez es la hazaña de un viejo de 40 y si hago dos es porque “bueno, tiene 40”. Es un momento en el que todo está bien”. Probablemente esa zona de confort haya incomodado a su espíritu competitivo y lo haya convencido, de una vez por todas, a tomar el reposo necesario en casa donde lo esperan su mujer y sus tres hijos después de 25 años de una carrera brillante.
TE PUEDE INTERESAR



