“¿Por qué tenés que cerrar? Porque estamos un 50% abajo en las ventas”. La crudeza de la respuesta define el presente de un empresario que, tras décadas de actividad, decidió bajar la persiana de su comercio minorista.
Sin embargo, lejos del reproche o el pedido de subsidios, su explicación sacude el tablero del sentido común y la contradicción comercial: “Esta es la demanda ‘real’ y todo lo de antes era ‘inventado’”.
Para él, el volumen de consumo que sostuvo su negocio durante años con gobiernos peronistas no era un indicador de salud, sino una especie de espejismo insostenible que el país ya no podía financiar.
Caída sin red
La situación del sector es terminal para quienes no cuentan con reservas financieras, afirma. “Los números sí caen, caen, caen; si no tenés espalda no lo podés bancar”.
El diagnóstico describe un comercio minorista “muy dañado” donde la actividad se volvió insostenible en el día a día. A pesar de ver cómo su propio patrimonio se desvanece, el protagonista de esta historia, Julio Vázquez, presidente de la Cámara de Perfumerías, no duda en separar su crisis particular del rumbo general que, según él, debe tomar la Argentina.
“Yo apoyo un poco estas conductas del gobierno, esta línea del gobierno. Estoy de acuerdo con esto”, afirma con una convicción que desafía la lógica del instinto de supervivencia.
El peso del pasado
Este posicionamiento no surge de la improvisación, sino de una trayectoria que comenzó mucho antes de la crisis actual.
En 1999, segun narró en la entrevista con el medio “Ahora Play“, mientras se desempeñaba como gerente general de una empresa, puso en marcha su emprendimiento. Durante seis años compartió ambas responsabilidades hasta que en 2005 decidió dedicarse exclusivamente a su comercio.
Hoy, al desprenderse de aquello que construyó durante un cuarto de siglo, lo hace convencido de que la bonanza anterior era ficticia.
Cuando se le pregunta por qué llama “inventado” a un consumo que efectivamente existía, su respuesta es política: “Está bien, pero esto le salía un costo al país”.
Priorizar el equilibrio
Para este empresario, existen valores macroeconómicos que están por encima de la rentabilidad de su local. Conceptos como el equilibrio fiscal y el superávit no son temas de debate, sino verdades absolutas para él.
“Esto es elemental”, sentencia al referirse a la necesidad de sanear las cuentas públicas macro. En su visión, el ajuste económico no es una opción dolorosa, sino la única salida para una estructura nacional que considera agotada. “Siempre me pareció que esta era la conducta que había que adoptar”, explica, argumentando que no se puede juzgar una política de estado basándose únicamente en el impacto personal.
Legado y sacrificio
La decisión de cerrar no la vive como una derrota, sino como una ofrenda hacia el futuro. La contradicción de apoyar una política que destruye el sustento propio se resuelve a través de una mirada generacional.
“Más allá de que me vaya mal, yo quiero que le vaya bien a mis hijos y a la gente joven. Nosotros ya tenemos una historia”. Es un estoicismo que acepta el final de un ciclo comercial como el precio necesario para intentar reparar lo que él define sin vueltas: “Este país está roto”.
Bajo esta premisa, la persiana no baja por un fracaso del modelo, sino como el acto final de quien acepta que su negocio era parte de una ficción que el país ya no puede pagar.

