En el universo mediático argentino actual, la objetividad suele ser el disfraz más refinado de lo que en verdad debería llamarse militancia. No es una novedad que los medios operen según intereses económicos y políticos, pero pocas veces la farsa queda tan expuesta como cuando un periodista, en lugar de narrar un hecho o exigir justicia, se calza el traje de consultor de imagen.
El abordaje de Antonio Laje sobre las sospechas que rodean al ex vocero y actual Jefe de Gabinete Manuel Adorni es un caso de estudio sobre cómo el periodismo puede actuar como un cuerpo de guardaespaldas que, bajo la apariencia de un tirón de orejas, busca blindar la figura presidencial.
Un caso “raro” que no enciende alarmas
El hecho en sí es, según las propias palabras de Laje en A24, “todo raro”.
Se trata de la adquisición de un departamento donde el 87% del valor fue financiado de forma privada por las vendedoras, dos jubiladas que, al ser consultadas, afirmaron no conocer al funcionario.
A esto se suma la persistente falta de facturas por vuelos a Punta del Este, un tema que ya acarrea una causa judicial. En cualquier otro contexto, esto sería el combustible para un incendio mediático de proporciones bíblicas.
Sin embargo, en el tratamiento de Laje, la gravedad no reside en la posible opacidad de los fondos o el enriquecimiento ilícito del funcionario, sino en el “daño” que estos “detalles” le causan a la imagen de Javier Milei y su hermana Karina.
El periodismo como “asesor” en vivo
Lo que presenciamos no es una pieza periodística, sino un ejercicio de asesoramiento estratégico al aire. Laje no le habla a la audiencia para informar; le habla al funcionario para sugerirle una retirada táctica que preserve al “Jefe”.
Sus palabras son reveladoras: “Me parece que lo mejor que podés hacer es empezar a evaluar si no le estás haciendo daño a la persona que te está sosteniendo”. El foco se desplaza del delito.. a la ingratitud del colaborador hacia su mentor.
El periodista llega incluso a guionarle la renuncia al vocero: “Me parece que hay que empezar a evaluar el daño… y decir: muchachos, hasta acá llegué, gracias por todo, me rebancaron. Que se aclare todo y después vuelvo”.
Doble vara y blindaje político
Esta dinámica expone una doble vara estructural. Es imposible no preguntarse cuál sería el tono si estas mismas “rarezas” (el 87% de un departamento financiado por desconocidos o vuelos sin comprobantes) involucraran a un funcionario del gobierno anterior.
En el relato mediático hacia el kirchnerismo, cualquier sospecha es tratada como una pieza de un engranaje sistémico de corrupción, donde el líder es siempre el autor intelectual, quien debe saberlo todo, y además es tratado como cómplice o copartícipe del delito.
En cambio, frente a Milei, el periodismo de guardaespaldas construye la imagen de un presidente que es víctima de su propia nobleza.
Laje lo describe como una persona que “te va a defender y te va a sostener aun a riesgo del impacto que va a tener él en su imagen”. Aquí, el presidente no es responsable por mantener en su círculo íntimo a sospechados de irregularidades, sino que es un líder leal que está siendo “perjudicado” por la falta de transparencia de sus subordinados.
“Gestionar” la corrupción, y no combatirla
Esta es la gran estafa de ciertos sectores del periodismo oficialista y operador: hacen como que “le pegan” al gobierno para mantener una fachada de independencia, pero en realidad le están indicando dónde tiene los flancos abiertos para que pueda cerrarlos.
El pedido de un “paso al costado” para Adorni, citando el ejemplo de Gómez Centurión en la Aduana, lejos de buscar la verdad o el castigo, pone el eje en la “descompresión” del impacto político. Es la sugerencia de un retiro transitorio para que el gobierno deje de recibir “golpes” en su capital simbólico.
En última instancia, a estos medios y comunicadores no les interesa combatir la corrupción, como hipócritamente predican; les interesa gestionarla.
La atenúan cuando el color político les es afín (o los dividendos que reciben son “pingües”), y la acentúan cuando necesitan derribar a un adversario.
La lógica es farsante porque utiliza la ética pública como una herramienta de marketing político. Mientras nos dicen que “están investigando”, en realidad están evaluando cuánto daño puede soportar el líder antes de que sea necesario sacrificar un peón para salvar al rey.
El periodismo, en su versión más cínica, ha dejado de ser el perro guardián de la democracia para convertirse en el asesor de imagen que el poder necesita sostener, porque comparten los mismos intereses o porque son sus mercenarios a sueldo.

