Carlos Javier Regazzoni, médico y estudioso de la inteligencia artificial, en dialogo con LA CIELO FM 103.5 cuenta que está a punto de ingresar a la Cámara de Diputados, donde su libro será declarado de interés legislativo por iniciativa de los diputados Mariano Cascallares, Leticia Montempo y José María Esperamar, un reconocimiento que también le otorgará el Concejo Deliberante de La Plata. Pero antes de la formalidad política, Regazzoni elige desmenuzar una realidad incómoda frente a los micrófonos de Alvino Aguirre y Nuria González Rouco.
“Yo vengo a la inteligencia artificial desde la medicina, donde tiene un impacto enorme y desde hace muchos años, a través de la bioestadística que los médicos estudiamos”, se presenta. Con ese pragmatismo, desarma de inmediato el primer gran mito de la era digital que es que la idea de que la tecnología, por sí sola, eleva nuestras capacidades.
Los datos que arroja son tajantes. Regazzoni alude a un reciente estudio chino que está haciendo “mucho revuelo en el ecosistema”, respaldado por investigaciones del MIT, “los estudios demuestran que el nivel de los chicos baja, el rendimiento de los chicos en los exámenes baja casi un 50 por ciento si se los habilitó a utilizar la inteligencia artificial durante su estudio”. No se trata de una fría estadística de laboratorio, sino de una verdad que los propios estudiantes universitarios asumen con una madurez que sorprende. “A mí me ha sorprendido algunas conversaciones donde admiten que van a aprender menos”, confiesa el médico, contrastándolo con “esa sensación de omnipotencia” para la que están diseñados los modelos de lenguaje, programados para “halagar” y “dar la razón” al usuario.
La advertencia de Regazzoni va directo a la raíz del sistema de enseñanza, “si la persona la seguimos evaluando como antes y la tarea no cambió, es decir, si el contenido de la clase no cambió, vamos a hacer un deterioro del nivel educativo porque los chicos van a aprender menos”. Lo grave, añade, es que además “van a aprender para un trabajo que probablemente vaya a desaparecer”.
La amenaza del saco y la corbata
La irrupción de la inteligencia artificial no golpea esta vez a la base de la pirámide productiva, sino a lo que Regazzoni define como los “trabajos de cuello blanco”, aquellos donde “tenés que ponerte un saco y corbata para trabajar“. El periodismo no es la excepción, “en el periodismo, sin ir más lejos, uno puede armar un portal completo de noticias con una sola persona que lo maneje”.
Frente al recurrente consuelo tecnooptimista que asegura que “nadie será reemplazado, sino que se quedarán afuera solo quienes no sepan usar la tecnología”, Regazzoni se muestra abiertamente escéptico. “Si la inteligencia artificial no fuera a reemplazar trabajos directamente, nadie estaría invirtiendo la fortuna que está invirtiendo, porque el repago de esa inversión sería imposible”, dispara con lógica de mercado. Los creadores de estas tecnologías diseñan sus sistemas bajo una premisa brutal, “lo que antes hacías con mil empleados, ahora lo vas a hacer con 300; lo que hacías con cuatro, ahora con dos”.
Como ejemplo inmediato señala al sector legal. “Hablemos con los abogados, ellos son los que más lo están usando en este momento. Lo que te están diciendo es que no toman empleados y abogados nuevos porque no los necesitan, esto se reproduce en todo el planeta”. El fantasma del viejo software Lex Doctor queda reducido a un antecedente lejano frente a la escala actual. Al sugerir la mesa periodística si le estamos enseñando a nuestra propia autodestrucción, Regazzoni no lo descarta.
Volando en piloto automático
¿Cómo convivir con un sistema que decide por nosotros? Regazzoni utiliza la metáfora de un avión comercial. “La sociedad va a funcionar con un piloto automático que maneja muchísimo los procesos sociales”, explica. En un vuelo convencional, el piloto automático resuelve el 90 por ciento de las situaciones, pero el piloto humano está allí, ultraentrenado en simuladores, listo para intervenir con criterio propio ante lo imprevisto. El riesgo actual es que el humano pierda esa capacidad de reacción, “con dos años de uso, el humano se va a olvidar de cómo se hacía la sentencia y va a hacer lo que el robot le dice.
“La inteligencia artificial no es una inteligencia como tal”, aclara conceptualmente el médico. “El aparato no entiende nada de lo que hace. Es una máquina que hace cálculos matemáticos”. Aunque gracias a un enorme trabajo simbólico —que según él merece reconocimiento para “quince premios Nobel”— el resultado tenga una coherencia deslumbrante, “entendamos que no entiende”. Delegar decisiones sensibles en un aparato sin entendimiento ya está mostrando sus primeras consecuencias en el mundo, “asignaciones crediticias completamente arbitrarias de seguros de salud o de beneficios por discapacidad en Holanda o seguros de salud en Estados Unidos”.
¿Podemos vivir en una sociedad donde el que decide no tenga criterio?”
Para Regazzoni, el motor de este avance no es el bienestar, sino “el avasallamiento del principio de optimización económica por sobre las dimensiones más profundas de lo humano de la sociedad”. Es lo que él denomina la “Chicken or Pasta Society” (la sociedad de pollo o pasta) . “Cuando te subís a un avión, vas a tener dos opciones de menú: o pollo o pasta. Eso no agota la totalidad de las comidas posibles. Sin embargo, por una conveniencia económica se reduce el número de opciones y vos tenés que adaptarte a lo que el sistema te da”. La inteligencia artificial empuja a la humanidad a esa misma homogeneización forzada, donde la empatía y la creatividad quedan archivadas en nombre de la eficiencia financiera. “Nadie está consustanciado con que lo atienda un robot de un banco cuando quiere resolver un problema, pero no lo pudimos evitar”, ejemplifica.
Volver a la reciprocidad: la salida es educativa
Hacia el final de la charla, con el tiempo corriendo antes de su presentación legislativa, Regazzoni busca un horizonte de esperanza. Cita al Papa León XIV y su encíclica Humanitas, la cual concluye que la única respuesta posible radica en la educación. Pero no cualquier educación: “¿Qué tipo de educación va a pertrechar a los seres humanos para poder transicionar esta nueva era tecnológica sin dejar de ser humanos, es decir, siguiendo siendo los soberanos?”.
La respuesta exige revisar el sistema de incentivos global. Regazzoni trae a colación una revelación de Chris Nola, el joven cofundador de Anthropic de 30 años, quien estuvo con el Papa durante el lanzamiento de la encíclica: “Él dice algo muy importante: ‘¿Por qué no nos explican ustedes, con otro régimen de incentivos, qué significa que la humanidad florezca? Porque nosotros en las empresas estamos sometidos a un régimen de incentivos que no nos permite ser honestos en la respuesta'”.
La salida del laberinto digital, sostiene el médico, es recuperar el tejido ético que nos define como especie. “La sociedad existe porque yo decido algo cuando soy médico sobre la salud de un abogado, pero después confío en una reciprocidad el día que yo necesito al abogado y él va a decidir sobre mí”. Esa confianza ciega y mutua es la base de todo. “Nosotros somos un conjunto de decisiones responsables. Eso es una comunidad”. La inteligencia artificial, si se interpone sin control en ese lazo invisible, amenaza con romper la reciprocidad y sumergirnos en una soledad automatizada inédita.
Regazzoni se despide agradecido, dejando tras de sí un eco de advertencias urgentes y una certeza ineludible, para no convertirnos en autómatas que eligen dócilmente entre pollo o pasta, debemos defender, hoy más que nunca, el soberano territorio del criterio humano.

