Vivimos en una época donde el día parece no tener suficientes horas y donde el cansancio se convirtió en la contraseña de entrada a casi cualquier conversación cotidiana. Si bien el filósofo surcoreano Byung-Chul Han popularizó el concepto en su célebre obra “La sociedad del cansancio” —describiendo a un sujeto que se autoexplota en busca del rendimiento—, investigadoras de distintas disciplinas de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) advierten que el fenómeno es mucho más complejo.
Del cansancio vital al agotamiento sin límites
Para entender dónde estamos parados, la doctora en Psicopatología y docente de la Facultad de Psicología de la UNLP, Julieta De Battista, propone una distinción clínica fundamental: una cosa es estar cansado, otra muy distinta, estar agotado.
Cansarse, es biológico, humano y hasta protector, es el cuerpo avisando que necesita parar. El agotamiento, en cambio, responde a la lógica de la hiperconexión y la productividad perversa: “Siempre se podría hacer algo más o algo mejor”. Allí es donde nacen el “estoy quemado” o el “no doy más”.
Esta exigencia no se reduce a la oficina. Coloniza el ocio, la crianza y el disfrute. Ya ni siquiera nos permitimos el aburrimiento. Además, De Battista pone el foco en una encrucijada de género, las mujeres, ante el aumento de la expectativa de vida y la postergación de la maternidad, hoy sostienen en simultáneo empleos, la crianza de hijos chicos y el cuidado de padres mayores. En un mundo donde las tareas de cuidado siguen estando feminizadas, el colapso encuentra su caldo de cultivo ideal.
Cuando la oficina se muda al bolsillo
La mirada sociológica complementa este mapa. Mariana Busso, profesora de la Facultad de Humanidades (UNLP) e investigadora del Conicet, advierte que el cansancio actual tiene raíces materiales muy concretas. La pérdida del poder adquisitivo obliga a las personas a multiplicar actividades y combinar distintos empleos para sostener sus ingresos.
En ese escenario, el dispositivo digital es el caballo de Troya. “Los tiempos de trabajo se extienden y permean los espacios y tiempos de no trabajo, como el descanso, el tiempo en familia, el disfrute o el ocio”, alerta Busso. El auge del trabajo por plataformas y la obligación implícita de estar disponible 24/7 borraron las fronteras físicas y temporales del empleo, afectando especialmente a los más jóvenes. Para Busso, echarle la culpa únicamente a la “autoexigencia” es ignorar las condiciones económicas que obligan a no parar.
Pantallas que quitan el sueño y cuerpos que facturan
Este ritmo sostenido de alerta constante termina, inevitablemente, en el consultorio médico. Silvana Pujol, psiquiatra y profesora titular de la Facultad de Ciencias Médicas de la UNLP, señala que la fatiga crónica es una de las consultas más repetidas, ocultando muchas veces trastornos de ansiedad, depresión o estrés crónico.
El problema ya no es cuántas horas dormimos, sino cómo las dormimos. La exposición a las pantallas antes de acostarse interfiere directamente con la melatonina, la hormona que regula el sueño. Vivimos hiperconectados, pero profundamente solos. “Paradójicamente falta el encuentro y abundan los desencuentros y la ansiedad por la respuesta inmediata”, afirma Pujol, quien también alerta sobre la dependencia a las apuestas online, las redes y las compras digitales.
Ante este panorama, la respuesta social suele ser la búsqueda de soluciones mágicas: energizantes o la automedicación para “seguir rindiendo”. Retomando a Borges cuando escribió que “una pastilla puede borrar el cosmos y erigir el caos”, Pujol es tajante: “Siempre es más fácil tomar una pastilla que cambiar hábitos”.
¿Quién consume a quién?
Al final del día, las tres especialistas coinciden en un diagnóstico, la hiperconectividad está cambiando nuestra matriz vinculante. El tiempo que se le regala a la pantalla se le resta al lazo humano presencial, alimentando lo que muchos ya consideran la verdadera epidemia silenciosa de la salud mental: la soledad.
Quizás el ejercicio urgente de esta época no sea preguntarse qué consumimos en las redes, sino reflexionar cuánta de nuestra energía y atención se están llevando los dispositivos. En definitiva, empezar a responder la pregunta incómoda: ¿somos usuarios de la tecnología, o es ella la que nos está consumiendo a nosotros? Recuperar la pausa, el silencio y el derecho a desconectarse se perfila, hoy más que nunca, como el principal acto de resistencia de nuestro tiempo.

