No hay postal más veraniega en la Costa Atlántica que la de un puesto de churros humeantes frente al mar. Azúcar en los dedos, olor a fritura recién hecha y filas que crecen a medida que cae el sol: para muchos, comer churros en la playa es casi tan importante como meterse al agua. Pero aunque hoy sean protagonistas indiscutidos del verano argentino, su origen está lejos —muy lejos— de nuestras costas.
La historia de los churros no comienza en España ni en México, como suele creerse, sino en Asia. La teoría más aceptada sostiene que su antecedente directo es el youtiao, una masa frita salada tradicional de China, que con el paso del tiempo fue transformándose hasta convertirse en el dulce que hoy domina playas, ferias y madrugadas.

El youtiao, el génesis del churro y una protesta de panaderos
El youtiao es una preparación de masa frita alargada, salada, que todavía hoy forma parte del desayuno tradicional chino. Se consume acompañado de sopa de arroz, leche de soja o salsas, y su origen se remonta al siglo XII.
Según la tradición, esta receta nació como una forma de protesta popular tras el asesinato del general Yue Fei, un héroe nacional chino, traicionado por el ministro Qin Hui. Panaderos de la ciudad de Hangzhou comenzaron a freír dos tiras de masa unidas que simbolizaban al traidor y a su esposa, sumergiéndolas en aceite caliente como gesto de repudio. Con el tiempo, aquella preparación se consolidó como un alimento cotidiano.
Siglos después, durante los viajes de exploración, comerciantes portugueses conocieron esta masa frita en Oriente y llevaron la idea a Europa, donde comenzó una transformación clave.
De Europa al dulce que conocemos hoy
Al llegar a Portugal y España, la receta fue adaptada: la sal dio paso al azúcar y la masa tomó una forma estriada y alargada. Así nació el “churro”, llamado de ese modo por su semejanza con los cuernos de la oveja churra, una raza ovina autóctona de Castilla y León.
En el siglo XIX aparecen las primeras referencias documentadas y las primeras churrerías, especialmente en Zaragoza. En sus inicios, el churro fue un alimento económico y práctico, muy consumido por pastores, que lo preferían al pan por su facilidad de preparación sobre fuegos rudimentarios.
Con el tiempo, dejó de ser un alimento humilde para convertirse en un clásico de desayunos, meriendas y celebraciones populares, acompañado casi siempre por una taza de chocolate caliente o café.

Churros, rellenos y rituales: del mundo a la Costa Atlántica
La expansión del churro por América Latina consolidó nuevas variantes: rellenos de dulce de leche, chocolate, crema o leche condensada, versiones en espiral, porras y combinaciones dulces y saladas. En otros países del mundo también adoptó identidades propias, con especias en el norte de África o acompañamientos salados en Asia.
En la Argentina, y especialmente en la Costa Atlántica, el churro encontró su escenario perfecto. Más que un postre, es un ritual: de madrugada después del boliche, como merienda en la playa o como cierre inevitable de una jornada de sol.
Crujientes por fuera, tiernos por dentro y con una historia que atraviesa continentes, los churros siguen siendo mucho más que una tentación dulce: son parte del ADN del verano.
En la Costa Atlántica, el churro dejó de ser solo un postre para convertirse en un símbolo. Está en las manos llenas de azúcar, en las filas interminables al atardecer, en las madrugadas que terminan frente al mar. Venga de China, de España o de cualquier rincón del mundo, en verano el churro tiene un solo destino: la playa.

