No hay nada más hermoso que hacer periodismo de periodistas, esa práctica que los dueños de los medios hegemónicos odian porque saben que le destapa sus secretos, sus chanchullos y sus connivencias.
Cuando un medio que dice ser el Gran diario argentino decide utilizar el término “tendencia” en lugar de hablar de empobrecimiento, está describiendo más que solamente un fenómeno, es simple… lo está interpretando. Y esa interpretación nunca es inocente.
Decir “Crece en la ciudad la tendencia de arreglar la ropa usada en lugar de renovar el vestuario”, para referirse a la baja de ventas textiles en la capital es, sin temor a equivocarse, una colosal mentira.
La operación semántica
Primero, hay una razón semántica y emocional. “Tendencia” suena moderno, dinámico, hasta cool. Remite a elección. En cambio, “no me alcanza para comprar ropa nueva” remite a restricción, pérdida de poder adquisitivo, crisis. Un medio sabe perfectamente que el lenguaje construye realidad. Si convertís una necesidad en hábito, el problema estructural se vuelve decisión individual.
La lógica económica del medio
Segundo, hay una lógica económica propia del medio.
Un diario no vive en el vacío: depende de anunciantes, muchos de ellos vinculados al comercio y al sector financiero. Un título que enfatiza la pobreza golpea la confianza, genera ruido, incomoda a actores que forman parte del ecosistema publicitario.
Un enfoque más neutro resulta más digerible y menos confrontativo.
La relación con el poder político
Tercero, está la relación con el poder político. Ningún medio tradicional sobrevive sin haber aprendido a convivir con gobiernos de distintos signos.
Eso implica administrar el tono y, muchas veces, ejercer una autocensura blanda. Si el discurso oficial insiste en que no hay crisis sino reacomodamiento, el encuadre periodístico puede optar por no desentonar y suavizar el conflicto.
La estetización de la precariedad
Cuarto, hay una cuestión ideológica más profunda: convertir todo en “lifestyle“. La precariedad se estetiza.
Compartir departamento es “coliving”. No tener auto es “movilidad sustentable”. Remendar ropa es “consumo responsable”.
El lenguaje del marketing coloniza la narrativa periodística y transforma la carencia en estilo de vida.
El peso de la palabra “pobreza”
Quinto, está el miedo a la palabra pobreza.
Nombrarla implica asumir responsabilidades estructurales: políticas salariales, inflación, empleo informal, caída del consumo.
“Tendencia”, en cambio, es un término liviano que evita señalar causas profundas y desplaza el foco hacia historias individuales.
La competencia por la atención
Sexto, el periodismo actual compite por atención.
Un “nuevo fenómeno urbano” vende mejor que el deterioro del ingreso real. La lógica de mercado atraviesa la redacción: captar lectores, generar clics, sostener interés. La novedad entretiene; la crisis repetida desgasta.
La adaptación simbólica
Por último, existe un mecanismo psicológico colectivo. En contextos de crisis prolongada, medios y audiencias desarrollan formas de adaptación simbólica.
Llamar “tendencia” a lo que es ajuste vuelve más tolerable lo que de otro modo sería angustiante.
El efecto del encuadre
Nada de esto implica necesariamente una conspiración explícita.
A veces funciona como inercia cultural o alineamiento entre intereses económicos y clima político. Pero el resultado es que el título más que buscar informar, intenta amortiguar, y redefine la percepción del problema.
Ahí radica el punto filoso… cuando el lenguaje suaviza la necesidad, la pobreza deja de ser un dato estructural para convertirse en una anécdota de consumo. Y eso, en términos mediáticos, nunca es casual.

