La decisión del gobierno de Javier Milei de sostener la salida de la Argentina de la Organización Mundial de la Salud (OMS) fue cuestionada una vez más tras el brote de hantavirus detectado en un crucero que zarpó desde Ushuaia. El pedido público del director general del organismo, Tedros Adhanom Ghebreyesus, para que tanto Argentina como Estados Unidos reconsideren su alejamiento no modificó la postura oficial de la Casa Rosada, que respondió con un duro comunicado ratificando la ruptura con el ente sanitario global.
La situación reavivó además el debate sobre el estado del sistema de salud argentino en medio del ajuste impulsado por la administración libertaria. La salida de la OMS se produce en un contexto de recortes presupuestarios, cuestionamientos por faltantes de insumos y una creciente presión sobre el sistema público de salud, que recibe cada vez más demanda tras el fuerte aumento de cuotas en prepagas y obras sociales desreguladas por el Gobierno nacional.
Durante una conferencia de prensa, Ghebreyesus insistió en la necesidad de mantener mecanismos globales de coordinación sanitaria y apeló directamente a los gobiernos de Javier Milei y Donald Trump, ambos alineados en su rechazo a la OMS. “Pueden ver lo importante que es la universalidad para la seguridad sanitaria, ya que a los virus no les importa nuestra política, ni nuestras fronteras”, sostuvo el titular del organismo internacional al referirse al avance del hantavirus y a los riesgos epidemiológicos globales.
En paralelo, el funcionario confirmó que Argentina enviará 2500 pruebas de diagnóstico de hantavirus a laboratorios de distintos países para profundizar el análisis del brote originado en el crucero que navegó el Atlántico Sur tras partir desde Ushuaia. La medida puso nuevamente sobre la mesa la dependencia de la cooperación internacional en materia sanitaria, incluso en momentos donde el Gobierno nacional busca exhibir autonomía frente a los organismos multilaterales.
La respuesta del Gobierno
La respuesta del Ministerio de Salud llegó pocas horas después mediante un mensaje publicado en la red social X. Allí, el Ejecutivo ratificó que “la Argentina tiene capacidad sanitaria, técnica y decisión política para proteger la salud de la población” y sostuvo que el país “no necesita pertenecer a la OMS para trabajar con otros países”. Además, remarcaron que continuarán los vínculos técnicos con la Organización Panamericana de la Salud (OPS), aunque sin “resignar la potestad de definir sus propias decisiones sanitarias”.
El comunicado oficial también buscó minimizar la gravedad del escenario epidemiológico al señalar que se mantiene un “monitoreo preventivo” y que hasta el momento “no se identificaron casos asociados en el país”. Sin embargo, la tensión política con la OMS escaló rápidamente cuando desde el Gobierno acusaron al organismo de “anteponer la política a la evidencia” y de intentar “usar un evento sanitario extraordinario para condicionar una decisión soberana de la Argentina”.
La postura del Ejecutivo argentino aparece fuertemente atravesada por el alineamiento político de Milei con Trump, quien también avanzó con el retiro de Estados Unidos de la OMS. La salida argentina se formalizó el pasado 17 de marzo, cuando el canciller Pablo Quirno confirmó que se hacía efectiva la desvinculación del país del organismo sanitario internacional, replicando el camino impulsado por el republicano norteamericano.
La discusión, sin embargo, excede el plano diplomático y se cruza con el deterioro del sistema sanitario local. Mientras el Gobierno reivindica la “soberanía sanitaria”, hospitales públicos y provincias vienen advirtiendo por dificultades presupuestarias, demoras en programas nacionales y faltantes de vacunas antigripales en distintos distritos. A eso se suma el impacto de la liberación de precios en prepagas y obras sociales, que expulsó a miles de usuarios hacia el sistema público, incrementando la demanda sobre una estructura que atraviesa fuertes restricciones de financiamiento.
En ese escenario, la decisión de abandonar la OMS genera cuestionamientos no solo por el aislamiento sanitario internacional que podría implicar, sino también por el momento en que se produce: un contexto de creciente presión sobre el sistema público y de mayor dependencia de mecanismos de cooperación global frente a posibles emergencias epidemiológicas.

