A casi 50 años del golpe militar, Lucía García Itzigsohn sostiene que el acto de narrar no es un simple ejercicio de nostalgia, sino un compromiso militante. “Para los hijos, las hijas, nuestra historia es… contarla es una acción política, porque es dar cuenta de que nosotros vivimos el terrorismo de Estado en nuestras familias”.
Lucía es hija de Matilde Itzigsohn y Gustavo García Capanini, dos estudiantes de física platenses cuya vida fue arrasada por la represión. Su padre fue secuestrado en octubre de 1976 y su madre en marzo de 1977. De su madre, Lucía destaca una “vida muy prolífica, muy amplia de muchos intereses en un tiempo muy corto”: era programadora de IBM —un rol inusual para las mujeres de la época—, delegada sindical en el Astillero Río Santiago y estudiante de física y filosofía.
La espera de Matilde por Gustavo, antes de ser ella misma secuestrada, quedó plasmada en una libreta donde le contaba la vida cotidiana con sus hijas. Para Lucía, esos meses de ausencia fueron “una eternidad para no estar con tu pareja en la situación en la que estaban”.
Infancias marcadas por la ausencia y la contención
Criada por su abuela paterna en La Plata, la infancia de Lucía estuvo envuelta en el silencio y las metáforas necesarias para procesar lo incomprensible. Durante mucho tiempo, la explicación era que sus padres “estaban de viaje”, pero un viaje que “tenía algo que ver con algo del orden del sufrimiento”. Con su amiga Vero Sánchez Viamonte, también hija de desaparecidos, construyeron su propio lenguaje: “Se los tragaron las arenas movedizas”.
A diferencia de otros compañeros que sufrieron estigmatización por ser “hijos de subversivos”, Lucía encontró en la escuela “Anexa” de la UNLP un refugio de contención. Allí, la noción de una historia compartida fue natural: “La noción de que había otros con mi misma historia casi que me surge con la conciencia”.
Sin embargo, la verdad cruda llegó a los seis años, cuando su tío le puso nombre a la tragedia: “Tus padres están desaparecidos”. Lucía recuerda: “Me di cuenta de que era algo feo, lloré y no sé si entendí mucho, pero bueno, por lo menos había un nombre para eso”.
H.I.J.O.S.: El grito del escrache
La organización H.I.J.O.S., que recientemente cumplió 30 años, surgió como una respuesta vital ante la impunidad del menemismo. Lucía describe al espacio como una “vitalidad maravillosa de esa construcción colectiva”. Ante la vigencia de los indultos, la agrupación inventó el escrache como forma de justicia social. La consigna era clara: “Sabemos dónde viven los represores, sabemos lo que hicieron y están en libertad porque la justicia no hace nada”.
En aquel entonces, la posibilidad de ver a los genocidas tras las rejas parecía una utopía. Como señala Lucía citando a su compañera Raquel Robles: “Cuando nosotros decíamos juicio y castigo no pensábamos pero ni de casualidad que íbamos a estar en una escena donde iba a haber un militar acusado y nosotros declarando”.
Con la reapertura de las causas, Lucía y su hermana pudieron declarar en la Megacausa ESMA, lugar donde sus padres fueron vistos en cautiverio. Este paso de la calle a los tribunales fue fundamental para institucionalizar la memoria. El testimonio en los juicios, apoyado por el equipo psicológico “Ulloa”, permitió que el relato de los hijos sensibilizara a un poder judicial a menudo burocrático y frío.
Para Lucía, estas declaraciones permitieron “desplegar todo el daño que se nos causó a partir de ese suceso y permite inscribir también en el relato judicial esa experiencia”. Es una transición de ser víctimas pasivas a ser testigos activos de la historia: “Nuestra voz viene de quienes solo fuimos víctimas de esa situación… después nos construimos también como sujetos políticos”.
La trinchera del presente contra el negacionismo
Hoy, ante el resurgimiento de discursos que cuestionan los 30.000 desaparecidos o la naturaleza de la dictadura, Lucía considera que el testimonio personal es la herramienta más potente. “Cuando los confrontás con el relato de la verdad de lo que nos tocó vivir, un poco se desarma eso… contra el relato no hay nada que hacerle”.
Frente a la posibilidad de retrocesos legales, Lucía es tajante respecto a la protección que brinda el derecho internacional: “Los crímenes de lesa humanidad no son indultables por definición… nos dañan a todos como género humano”. A pesar del “clima de época” y las posiciones antidemocráticas que observa en algunos sectores, Lucía reafirma el orgullo por el proyecto de vida colectivo de sus padres: “Ellos no eligieron que acá el daño lo causara el terrorismo de Estado… los genocidas”.
La nota concluye con una reflexión sobre la persistencia de la memoria a través de los libros que ella misma ayudó a editar, como Ahora Siempre y Lo imposible solo tarda un poco más, herramientas para que la historia llegue a las escuelas “desde la experiencia testimonial y desde la cercanía”.

