Era miércoles. En los kioscos de Rosario, los diarios abrían con inflación, con política y con un país que todavía intentaba encontrar el equilibrio después de haber salido de la dictadura hacía apenas cuatro años. Nadie tenía por qué saber que estaba naciendo, esa madrugada, el mejor deportista de la historia del planeta: Lionel Andrés Messi.
Fue el 24 de junio de 1987 en el Hospital Italiano Garibaldi de aquella “Chicago argentina”, en la provincia de Santa Fe. Era el tercer hijo de Jorge Horacio Messi y Celia María Cuccittini. La familia habitaba en una pequeña vivienda de la calle Estado de Israel, en el barrio La Bajada, en la zona sur de la ciudad.
Jorge trabajaba en la planta siderúrgica Acindar, en Villa Constitución a apenas 9 Kms de la Provincia de Buenos Aires, y hacía horas extras para llegar a fin de mes. Su madre, Celia, también aportaba al hogar con trabajo doméstico y en una fábrica de imanes. Una familia de barrio, metalúrgica, de clase trabajadora, en una Rosario que ya entonces respiraba fútbol por todos los poros.
El año en que la democracia le cedió terreno a las botas
Pero afuera del hospital, la Argentina de ese miércoles era otra cosa.
Apenas veinte días antes del nacimiento de Messi, el 4 de junio de 1987, el Congreso sancionó la Ley de Obediencia Debida. Era la consecuencia directa y amarga de lo que había ocurrido en abril: el levantamiento carapintada de Semana Santa, cuando el hasta ese día innoto por el gran público, el teniente coronel Aldo Rico, liderando a oficiales y suboficiales con la caras pintadas de “verde golpista”, tomaron la Escuela de Infantería de Campo de Mayo y exigieron el cese de los juicios por crímenes de lesa humanidad.

El presidente Raúl Alfonsín logró evitar el derramamiento de sangre con su frase célebre “Felices Pascuas” desde el balcón de la Casa Rosada…pero a un costo enorme.
La Ley de Obediencia Debida absolvía de la comisión de delitos de lesa humanidad a los militares de rango intermedio y menor, al alegar que habían actuado en cumplimiento de órdenes recibidas. Entre los beneficiarios se contaban los genocidas Antonio Bussi y Alfredo Astiz.
Los organismos de derechos humanos la bautizaron, sin eufemismos, como ley de impunidad. Era junio de 1987 y la Argentina democrática, apenas cuatro años recién cumplida, ya debía explicarle al mundo (y a sí misma) por qué algunos asesinos quedaban libres.
La herida venía de más atrás: la Ley de Punto Final había sido promulgada el 24 de diciembre de 1986, fijando un plazo de treinta días tras el cual caducaba el derecho a reclamar justicia sobre los crímenes cometidos entre 1976 y 1983.
Pero la maniobra no frenó las causas judiciales: se presentaron miles de nuevos casos y las citaciones de militares a declarar crecían día a día. Fue en ese marco que el mayor Barreiro, represor de Córdoba, se negó a presentarse ante la Justicia y buscó refugio en Campo de Mayo. El resto es historia conocida.
La economía que también ardía
Si la política crujía, la economía no era menos tormentosa. El Plan Austral, lanzado en junio de 1985, había bajado la inflación a un 90% anual en 1986, pero para 1987 ya había trepado al 131%.
A partir de junio y julio de 1987, la inflación mensual volvía a acelerarse y a situarse en cifras de dos dígitos. Los precios que aparecían en el diario a la mañana podían no ser los mismos al mediodía en el almacén del barrio. El austral, la flamante moneda de la esperanza lanzada dos años antes, ya empezaba a mostrar sus primeras grietas.
Y encima de todo eso, el reloj electoral corría. En medio de una fuerte desaceleración económica y el desprestigio ante las leyes de impunidad, las elecciones legislativas de medio término de septiembre de 1987 terminarían con una victoria peronista: el PJ obtuvo el 41,29% de los votos contra el 37,24% de la UCR (a la que por ese entonces comenzó a llamarse popular e irónicamente como “Únicamente Córdoba y Río Negro“, por ser las únicas provincias en donde se impuso), perdiendo la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados.
Ese septiembre, cuando Messi tenía apenas tres meses de vida, el mapa político argentino se redibujó para siempre.
El mundo, mientras tanto, también era un tablero en llamas
En el exterior, la geopolítica estaba en uno de sus momentos bisagra más dramáticos del siglo XX.
El 12 de junio de 1987, apenas doce días antes del nacimiento de Messi, Ronald Reagan se había plantado frente a la Puerta de Brandeburgo en Berlín Occidental y le exigió públicamente a Gorbachov que derribara el Muro. Era una declaración de guerra simbólica que el mundo entero escuchó en sus televisores en blanco y negro y a color.
Pero hubo también un episodio que hizo reír y temblar al mismo tiempo a la comunidad internacional ese mismo 1987.
El 28 de mayo, apenas 27 días antes del nacimiento de Messi, el joven alemán Mathias Rust, de 19 años, aterrizó con una pequeña avioneta Cessna en plena Plaza Roja de Moscú, después de atravesar durante siete horas el espacio aéreo soviético sin ser derribado.
Rust quería construir un puente imaginario entre el Este y el Oeste, y su aventura terminó con la destitución del ministro de Defensa soviético y el despido de más de 150 oficiales militares. Gorbachov lo aprovechó como excusa perfecta para sacarse de encima a sus opositores más duros dentro del Partido. La avioneta de un adolescente hizo más por la Perestroika que años de diplomacia.

En el barrio “La Bajada”, todo eso era ruido lejano
Para Jorge y Celia Messi, los titulares de los diarios importaban en la medida en que afectaban el salario, el precio del pan y los botines de los chicos.
En ese barrio del sur de Rosario, fue la abuela del recién nacido (también llamada Celia) quien años más tarde se lo llevaría por primera vez a la cancha cuando el pequeño Lionel tuviera apenas cuatro años.
La abuela le insistió al entrenador Salvador Aparicio para que lo pusiera a jugar: “Ponelo, que te va a salvar el partido“, decía… Ese día Leo hizo dos goles.
Celia falleció en mayo de 1998, cuando Messi tenía apenas diez años, a causa de una enfermedad neurodegenerativa. No pudo ver ni un solo gol de los miles que vendría a marcar. Pero Messi no la olvidó jamás: cada vez que la pelota entra en el arco, él levanta los brazos y señala al cielo. Ese gesto que el mundo entero ya conoce, que se repite en cada estadio del planeta hace más de dos décadas, es un homenaje silencioso y eterno a una abuela rosarina que vio el talento cuando nadie más podía imaginarlo.
El niño que casi no llega
A los once años, el destino puso otro obstáculo en el camino. Le diagnosticaron una deficiencia de la hormona del crecimiento, una condición que le impedía alcanzar la estatura adecuada para su edad.
El tratamiento consistía en inyecciones diarias y costaba alrededor de 900 dólares al mes. Newell’s Old Boys, el club donde se formaba, no pudo cubrir esos costos. River Plate, con quien también hubo contactos, tampoco se comprometió. La única salida era Europa.
La leyenda cuenta que Carles Rexach, entonces técnico del Barcelona, lo vio jugar en una prueba con niños dos años mayores que él y le hizo firmar su primer contrato en una servilleta, tras observarlo apenas 90 segundos.
Messi tenía 13 años y medía 1,40 metros. El club bluegrana se haría cargo del tratamiento. Durante varios años recibió inyecciones diarias de hormona de crecimiento, lo que le permitió llegar a los 1,70 metros. El médico que lo trató en Rosario le había prometido: “Un día vas a ser más alto que Maradona. No sé si mejor, pero sí más alto.” Sobre ambas cosas, el mundo ya no debate.
39 años después
Hoy Messi cumple 39 años concentrado con la Selección Argentina en pleno Mundial 2026. Es el único futbolista de la historia que ha ganado ocho veces el Balón de Oro.
Su familia paterna tiene raíces en el municipio italiano de Recanati, de donde su bisabuelo Angelo Messi emigró a Argentina en 1883. Cuatro generaciones de inmigrantes, de obreros metalúrgicos, de barrio. Del sur de Rosario al centro del mundo.
Ese miércoles 24 de junio de 1987 fue, visto con perspectiva, el día más importante en la historia del deporte mundial.
Los diarios, como era lógico y previsible, lo ignoraron por completo. Tenían razones: la Argentina ardía entre leyes de impunidad, el austral se devaluaba, Reagan le gritaba a Gorbachov desde Berlín y un adolescente alemán acababa de aterrizar en la Plaza Roja con una avioneta y un sueño de paz.
Nadie anotó en su agenda el nacimiento de un dios. Ese 24 de junio, sí.

