Felipe Solá se acomoda en el estudio de INFOCIELO PLAY para desandar, con la parsimonia de quien ya no tiene que rendir cuentas al calendario electoral, algunos de los años más intensos de la historia reciente de la provincia de Buenos Aires. A cinco años de su salida de Cancillería -último cargo público que ocupó hasta el momento-, relata con detalles cómo fue hacerse cargo de un gobierno en la salida de la crisis de 2001.
Para Solá -que fue además diputado nacional y secretario de Agricultura-, gobernar en aquel entonces, tras la salida de Carlos Ruckauf, fue un ejercicio de equilibrio precario, una gestión “artesanal” y “analógica” en la que la prioridad se definía cada mañana frente a una caja vacía y que hoy reconoce en el espejo del método “franciscano” de Jorge Bergoglio. En una extensa charla, analiza además su relación con Eduardo Duhalde y los barones del Conurbano, y explica por qué nunca pavimentó un camino que lo pudiera llevar a la Presidencia de la Nación.
La crónica de su gestión comienza con un estallido. “A mí me tocó empezar el 3 de enero del 2002. El 2002 fue un año con 50% de desocupación”, recuerda Solá, marcando el pulso de un arranque donde lo teórico voló por los aires en apenas veinte días. El presupuesto, que en los papeles rezaba 10.000 millones de pesos/dólares, se redujo a la tercera parte tras la devaluación: “A los 20 días eran 3.000 porque devaluaron y el dólar se fue a 3,40”.
En ese escenario, Solá describe una sociedad fracturada por una “grieta horizontal”, el famoso “que se vayan todos”, donde no importaba el club de fútbol ni el partido político, sino el rechazo visceral a la cúpula. Gobernar, entonces, se convirtió en una urgencia diaria: “Gobernar ya no pasaba por si había mucha burocracia o poca burocracia, sino si tenía plata para pagar los sueldos o no, si tenía plata para los hospitales”.
La definición de “prioridad” que ofrece el exgobernador es cruda. Critica a los candidatos que prometen atacar diez frentes a la vez: “Yo como exgobernador te diría: no tiene nada claro, su prioridad no existe. Existe una prioridad”. Para él, la salud fue la número uno, por encima de la producción o la obra pública. Su rutina matutina era un cuerpo a cuerpo con los números: “Partís tu día no de la agenda clásica sino de la reunión sobre la caja. Y a partir de ese momento decís: ‘¿Qué pasa con salud?’. Llamar al ministro y preguntarle: ¿tenés algún hospital que le falte algo elemental?”. Era, en sus propias palabras, un gobierno de “atajar penales” y poner “parches y parches” ante una recaudación inexistente.
El diablo en los detalles: sensores, espías y el método Francisco
Si la macroeconomía era una tormenta, la gestión del territorio era un trabajo de joyería. Solá confiesa una obsesión por el detalle que lo llevó a tejer una red de información paralela a la estructura oficial. “El diablo está en los detalles”, repite como un mantra.
El ejemplo más claro fue el control del Arroyo del Gato en La Plata. Tras una inundación menor en 2002, Solá le exigió al entonces intendente Julio Alak un monitoreo constante. “Como no controlamos el tiempo, a partir de ahora pongamos sensores en el Gato y todos los días vos como intendente me recordás cómo está el gato”. Esa obsesión preventiva lo llevaba a preguntar por la “luz” debajo de cada puente y la limpieza de los cauces. Con amargura, recuerda que alguien dejó de hacer ese seguimiento, lo que derivó en la tragedia de 2013.
Para evitar que la burocracia le “dibujara” la realidad, Solá implementó un “pacto de honor” con ciudadanos comunes en toda la provincia. Eran sus ojos en el barro: un productor rural, un escribano o un empleado municipal que lo llamaban directamente. “Les dije que íbamos a tener un pacto de honor: ellos tenían que ir a verlo y contarme, pero nunca contarle a nadie que ellos hacían eso”. Si necesitaba saber el estado de la ruta 33, llamaba a su informante en Guaminí para que hiciera 20 kilómetros y le contara la verdad de los baches.
Solá compara este manejo con la inteligencia de los jesuitas y el estilo del Papa Francisco. Al respecto rescata una anécdota situada tras la explosión en el puerto de Beirut: “Francisco no llamaba al cardenal del Líbano; averiguaba cómo se llamaba el sacerdote de la iglesia más cercana y lo llamaba: ‘Habla Francisco’. Y después que el tipo pasara el susto, le decía: ‘Cuénteme exactamente qué está pasando ahí'”.
La construcción de poder y el adiós a los Barones
Quizás el tramo más político de la entrevista es cuando Solá aborda su relación con Eduardo Duhalde y el surgimiento del kirchnerismo. El exgobernador admite un “defecto” que terminó siendo su fortaleza administrativa: “A mí no me preocupó crear poder; me preocupó mucho más la administración que generar poder político alrededor mío”.
Sin embargo, esa falta de “fipismo” no le impidió marcar límites éticos y políticos con Duhalde cuando sintió que los bloques legislativos respondían más al expresidente que a él. “Yo le advertí que me iba a distanciar porque veía cosas que no me gustaban; me estoy refiriendo a cuestiones políticas, no a cuestiones éticas”. La tensión con la “maldita policía” y la falta de control político sobre las fuerzas de seguridad lo llevaron a victimizarse para forzar una ruptura: “No puedo no parecer el jefe político pero sí ser el tipo que banca; estoy bancándome los piedrazos pero no puedo ejercer jefatura política”.
Solá analiza con agudeza el sistema de los “Barones del Conurbano”, un modelo que atribuye a la “máxima inteligencia” de Duhalde para conocer sus limitaciones y construir un poder territorial que duró décadas. Sin embargo, explica por qué los intendentes siempre terminan mirando hacia la Casa Rosada: “Los intendentes del conurbano requieren casi igual o más de un gobierno nacional afín, son casi minigobernadores”.
También deja una definición interesante respecto al futuro de estos actores políticos: ¿se extinguen o evolucionan? En todo caso, afirma, se trata de un modelo político “exitoso” que perduró “durante más de 25 años”.
Finalmente, reivindica su decisión de no armar un proyecto personal para no “desviar” su atención de la provincia, reconociendo que el liderazgo de Néstor Kirchner era una fuerza de la naturaleza que se basaría, inevitablemente, en ese conurbano que él administraba pero no pretendía poseer.

