El ex gobernador bonaerense Felipe Solá visita los estudios de Infocielo Play y participa en vivo de PBA: Parecemos Buenos Amigos, donde analizará la actualidad política y económica del país, el escenario electoral y la interna del peronismo. Seguí la cobertura minuto a minuto con las principales definiciones de quien también fue canciller y una de las voces con mayor peso dentro del PJ.
Consultado sobre las recurrentes críticas al diseño institucional de la provincia de Buenos Aires y la falta de reformas estructurales, Solá relativizó el impacto que puede tener la organización burocrática frente a contextos de crisis profundas y recordó el complejo escenario que le tocó atravesar al asumir la gobernación en 2002.
“El gataflorismo… hay épocas en que las cosas están tan mal que la demanda, en lugar de subir, baja”, reflexionó el ex mandatario bonaerense al describir el clima social posterior a la crisis de 2001. En ese sentido, recordó que inició su gestión con niveles de desocupación cercanos al 50% y con un presupuesto que rápidamente quedó pulverizado por la devaluación.
“Yo encaraba con un presupuesto teórico de 10 mil millones de pesos o dólares, pero a los 20 días eran 3 mil porque el dólar se fue a 3,40”, explicó Solá, quien comparó esa situación con el contexto que encontró años más tarde María Eugenia Vidal al asumir la Provincia.
En ese marco, sostuvo que gobernar implicaba definir prioridades extremas todos los días: “Si no tenés un mango, te sentás sobre la caja y decidís qué es prioritario”. Y agregó una crítica a los discursos amplios de campaña: “Cuando un candidato dice que sus prioridades son salud, educación y producción, no tiene claras las prioridades. Yo tuve varias, pero la prioridad número uno era el presupuesto en salud”.
“No me preocupó crear poder, sino mucho más la administración”, afirmó, y reconoció que nunca buscó consolidar un armado propio dentro del peronismo. “No armé un partido mío ni tuve un proyecto político que fuera más allá de ser gobernador”, agregó.
En ese marco, recordó también las tensiones que atravesó con Eduardo Duhalde durante su gestión, en especial por el manejo político y el control de la Policía Bonaerense. Según explicó, los conflictos comenzaron a profundizarse tras una serie de hechos de inseguridad ocurridos entre 2002 y 2004, en medio de secuestros y crímenes que golpearon fuerte a la provincia.
“Yo no podía no parecer el jefe político y al mismo tiempo ser el que bancaba lo que me habían dejado de la maldita policía”, sostuvo. Además, señaló que los bloques legislativos oficialistas respondían políticamente a Duhalde mientras él debía afrontar las consecuencias de la gestión cotidiana.
Para Solá, el hecho de no haber estado concentrado en fortalecer un proyecto personal le permitió enfocarse de lleno en gobernar. “Estaba obsesionado con la administración y con los hechos, sin desviar en ningún momento hacia un proyecto personal”, explicó, aunque aclaró que no considera negativa la construcción de liderazgo político: “Si no, no habría líderes, pero fue mi elección”.
En esa misma línea, sostuvo que su decisión de no construir un espacio político propio también estuvo vinculada al contexto de liderazgos fuertes que atravesaba el peronismo en aquellos años. “Veníamos de un liderazgo muy fuerte como el de Duhalde y ya se veía venir otro liderazgo muy fuerte como el de Néstor Kirchner”, explicó.

Análisis de los gobiernos de Scioli, Vidal y Kicillof
Según analizó, el peso político del conurbano bonaerense hace que muchos intendentes mantengan una relación más directa con la Casa Rosada que con la propia gobernación provincial. “Son casi mini gobernadores”, afirmó, al remarcar que se trata de una dinámica estructural difícil de modificar dentro del peronismo.
Al comparar distintos gobiernos bonaerenses, el ex mandatario marcó fuertes diferencias entre las distintas etapas. Consideró que Daniel Scioli gobernó en un contexto económico muy distinto al suyo, con una provincia beneficiada por el crecimiento de la recaudación y la actividad económica, aunque aclaró que “no fue un buen gobierno”. Más duro todavía fue con María Eugenia Vidal, de quien aseguró que encabezó “el peor gobierno de todos”.
“Vidal ni siquiera vivía acá. No conocía el conurbano ni el interior bonaerense”, disparó. En cambio, destacó varios aspectos de la gestión de Axel Kicillof, especialmente su capacidad de recorrer la provincia y su facilidad para dialogar. “Tiene una empatía muy rápida con el otro. Escucha y cae bien”, sostuvo.
Además, valoró especialmente la reelección de Kicillof en 2023, en un escenario nacional adverso para el peronismo. “Su segunda campaña fue muy meritoria porque ganó en un contexto donde la gente no quería votar al peronismo”, señaló. Y concluyó: “Veo su gobierno mucho mejor que los anteriores”.
Análisis de la coyuntura actual
Solá también cuestionó con dureza la relación actual entre el Gobierno nacional y la provincia de Buenos Aires, especialmente por el recorte de fondos coparticipables y transferencias. Sin mencionar directamente a Javier Milei en un primer momento, lanzó: “El Presidente que no me gusta ni nombrar recortó fondos que están respaldados por ley”.
Para el ex gobernador, la actual administración nacional tiene una visión “muy flexible” respecto al cumplimiento de las normas. “Para este gobierno seguir la ley es algo menor, algo que estorba”, afirmó, y criticó además la falta de respuesta judicial frente a los reclamos bonaerenses. “La Provincia reclama la deuda de Nación y no pasa nada, como si la demora no significara más pérdida de dinero”, señaló.
Al comparar la crisis de comienzos de los 2000 con la situación actual, marcó diferencias profundas entre ambos contextos. Según explicó, durante los gobiernos de Eduardo Duhalde y Néstor Kirchner existía una estrategia común entre Nación y Provincia para salir de la crisis económica y social. “Había una mirada puesta en el empleo, el salario y la actividad económica. Nación y Provincia tiraban para el mismo lado”, sostuvo.
En contraste, aseguró que hoy ocurre lo contrario: “El gobierno nacional voltea lo que vos querés levantar”. Además, consideró que mientras en 2001 predominaba una bronca generalizada contra toda la dirigencia política tras el corralito, actualmente la división social es “mucho más ideológica”.
Consultado sobre por qué no se produjo una explosión social pese al deterioro económico, Solá rechazó esa idea y sostuvo que las protestas masivas no surgen espontáneamente de los sectores más golpeados. “La gente que está peor tiene menos capacidad para movilizarse”, afirmó.
En esa línea, explicó que quienes atraviesan situaciones más críticas suelen concentrarse en sobrevivir cotidianamente antes que en participar de manifestaciones. “Trabajan 12 horas por día, llegan destruidos a su casa y apenas pueden ver un rato a sus hijos; no piensan en protestar”, describió. También defendió el rol histórico de las organizaciones sociales y cuestionó las críticas hacia los cortes y movilizaciones: “Hay una gran injusticia en cierta mirada porteña que se queja de los cortes sin entender cómo hace alguien de Moreno para expresar lo que le pasa”.
En el cierre de ese análisis, apuntó directamente al rol de la clase media como termómetro de la cultura política y social en la Argentina. “Es la clase media la que determina cuál es el signo de los tiempos”, sostuvo, al remarcar que hoy ese sector atraviesa un momento de fuerte preocupación económica y laboral, especialmente por el futuro de sus hijos.
En esa línea, señaló que muchos integrantes de ese segmento social también cargan con una mirada de autoinculpación sobre la crisis actual. “Muchos están tratando de disimular, porque piensan que tienen algo que ver en esta crisis, responsabilidad”, expresó. “Es la que puede iniciar la protesta”, agregó.
Por último, advirtió que cualquier señal de malestar en los barrios de mayor poder adquisitivo del área metropolitana suele funcionar como detonante político. “Cuando ves cacerolazos en Callao y Santa Fe, Caballito, Belgrano… ese es el germen de la protesta. Si eso ocurre, se va plegando todo”, concluyó.
Patacones y crisis – Convicciones y liderazgos
En el tramo final de la entrevista, el ex gobernador bonaerense también se refirió a los planteos que vuelven a circular en torno a la situación fiscal de la provincia de Buenos Aires, en un contexto donde algunos sectores incluso ponen en duda la viabilidad de completar el mandato en términos económicos.
Ante la consulta sobre la reaparición de propuestas como el uso de cuasimonedas (en referencia a los “patacones” mencionados por el intendente de Monte Hermoso) recordó sin rodeos el origen de aquella experiencia. “Patacón nació en julio del 2001 porque no podíamos pagar más y si no pagás no dormís”, resumió.
También evocó el clima de tensión de aquella época, cuando distintos intendentes bonaerenses llegaron a considerar medidas extremas frente a la falta de recursos. “Me han dicho que estaban por encadenarse a la gobernación y aparecieron los patacones como una solución”, señaló, al describir el nivel de crisis institucional de entonces.
En ese sentido, incluso recurrió a una explicación teórica para contextualizar el fenómeno de las cuasimonedas. Citando a Marx, planteó que el valor del dinero se sostiene en su circulación y aceptación social, y sostuvo que algo similar ocurrió con los patacones: “El patacón circuló y por eso tenía valor”. Sin embargo, aclaró que se trató de una herramienta de emergencia en un contexto extremo y advirtió: “Hoy traer el patacón es retrotraer la cabeza a aquellas épocas, a algo superado”.
Consultado sobre la posibilidad de recurrir nuevamente a ese tipo de instrumentos, fue categórico: “Podés hacer cualquier cosa menos quedarte quieto, no podés decir que no podés pagar”, en alusión a la necesidad de buscar alternativas en contextos críticos.
Por último, al ser consultado sobre si esa audacia en la política y si está presente en el Kicillof, lo descartó de plano. “No. A él no. Se lo ve convencido”, afirmó, al destacar su perfil político y proyección. En esa línea, lo ubicó como uno de los principales dirigentes del escenario actual: “Mucha gente enojada con Milei, pero hoy no vas a encontrar a otro que no sea Kicillof”.
Incluso comparó ese rasgo con figuras históricas de la política argentina, al remarcar la importancia de la convicción como motor del liderazgo. “¿Qué tenía Alfonsín? Convicciones y voluntad. ¿Qué tenía Menem? Convicción de que él era el único”, ejemplificó.
Y cerró con una reflexión sobre el propio gobernador bonaerense y su proyección futura: “Está convencido de que quiere ser. Y cuando hay convicción, hay algo. Después tendrá que ver qué escenario le toca, pero eso ya es parte de los desafíos que tiene que asumir”.

