En la Provincia de Buenos Aires, el debate sobre las pantallas en las aulas dio un vuelco definitivo con el inicio del ciclo lectivo 2026, cuando empezó a regir la prohibición del uso de celulares en el nivel primario. Sin embargo, la verdadera marea de cambio está ocurriendo un paso más allá, en las aulas de secundaria, donde la resistencia al algoritmo avanza por decisión de las propias instituciones.
Un reciente relevamiento de la Asociación de Institutos de Enseñanza Privados de Argentina (AIEPA) expone que son 154 los colegios secundarios de gestión privada, de distintas modalidades -media, técnica y agraria- los que han decidieron aplicar restricciones o prohibiciones dentro de los establecimientos para el uso de los dispositivos móviles.
El diagnóstico: una extensión de la mano
En la presentación del relevamiento, Martín Zurita, secretario ejecutivo de AIEPA, explica los motivos que impulsan que las medidas iniciadas en primaria se apliquen con los más grandes. “Es una problemática que vemos día a día en nuestras escuelas, chicos que llegan con el celular como una extensión de su mano, con dificultades para sostener la atención o el diálogo cara a cara”. El diagnóstico de los docentes coincide en que, sin regulaciones claras, el proceso de aprendizaje queda en un segundo plano frente a las notificaciones constantes. “No hay una única solución, pero sí un consenso, el tema no puede ser ignorado”, agrega Zurita.
Aunque la Ley provincial puso el foco en los más chicos, el nivel medio se convirtió en el laboratorio de ensayo para distintas estrategias que buscan devolverle a la escuela su rol de espacio de socialización y concentración. El mapa de la restricción no se limita al territorio bonaerense, el informe de la asociación civil da cuenta de medidas similares que ya se aplican en Ciudad de Buenos Aires, Neuquén, Salta, Córdoba, Chaco, Entre Ríos, Jujuy y Mendoza.
Pantallas y ciberbullying: la caja de resonancia de una crisis mayor
Detrás de la dispersión en clase late una problemática mucho más profunda que la mera distracción, la salud mental y la convivencia escolar. Para Pablo Mainer, fundador de la ONG Hablemos de Bullying, el aula hoy actúa como el emergente de una crisis social compleja, en un país que ocupa el puesto 11 a nivel mundial en casos de hostigamiento. “La escuela está siendo la caja de resonancia de toda una complejidad social”, explica en diálogo con Infocielo, señalando una preocupante “naturalización de la violencia y del no diálogo” que convive con un “engranaje de autoridad docente” visiblemente desgastado.
En este escenario, el celular funciona como un acelerador de violencias que dinamita los límites físicos del colegio. “Hoy es imposible separar el bullying del ciberbullying; el 86 por ciento de los casos virtuales tienen un anclaje en el mundo real”, advierte Mainer. Al eliminar el refugio del hogar, el hostigamiento digital somete a las víctimas a un estado de indefensión aprendida y ansiedad inéditos, porque la agresión ya no tiene horario ni espacio. De ahí que la desconexión tecnológica en las aulas no sea solo una medida pedagógica para mejorar las notas, sino una barrera de contención urgente para proteger la salud mental de los jóvenes.
Para el especialista, la clave de cualquier regulación efectiva no es el punitivismo, sino recuperar la escucha real, “De nada sirve hablar una hora un viernes sobre discriminación si el lunes tenés una clase con un liderazgo autoritario donde no circula la palabra. Los pibes tienen un montón de cosas para contarte, situaciones que los adultos no estamos percibiendo”.
Lockers, cajas de madera y billeteras virtuales: la ingeniería del control
Conscientes de que es necesario poner “límites con amor y diálogo”, los colegios bonaerenses configuran un abanico de normas de convivencia para desvincular a los adolescentes de sus pantallas durante la jornada escolar.
En La Plata, por ejemplo, el Colegio Arandu optó por una transición drástica. Mientras que en primaria se invita a las familias a sostener la desconexión incluso en el hogar, en el secundario, los teléfonos se quedan en los lockers apenas se ingresa y no se retiran hasta el final de la jornada. En tanto, el Colegio Haras del Sur traza una línea según la madurez, los alumnos del ciclo básico directamente no pueden llevar el dispositivo al colegio, mientras que los del ciclo superior tienen permitido ingresarlo, pero bajo la estricta condición de mantenerlo apagado dentro de la mochila.
Hacia el conurbano bonaerense, las estrategias se adaptan al pulso diario. En Lanús, el Colegio Jacarandá permite el celular en la mochila solo para uso pedagógico cuando el docente lo requiera. Una lógica similar aplica el Instituto Avellaneda, donde para usar la tecnología se necesita un aviso previo al equipo directivo y la supervisión del profesor; una vez terminada la actividad, el aparato vuelve a guardarse en espacios especialmente diseñados.
En La Matanza, la diversidad de abordajes es notable
Se implementa el “método de la caja”, en el Instituto La Paz, los alumnos deben depositar sus teléfonos en una caja con divisiones de madera que queda al costado del escritorio docente. Solo recuperan sus dispositivos cuando suena el timbre del recreo. En el Instituto Modelo Nueva Argentina, el celular está vedado durante toda la jornada escolar, excepto para aquellos estudiantes que cuenten con una indicación expresa de un profesional de la salud.
En el Instituto Parroquial San Justo, el uso se restringe exclusivamente al momento del almuerzo o los recreos, y solo en la zona del buffet para realizar pagos con billeteras virtuales. Si se requiere para clase, el docente debe fundamentar el pedido en su proyecto educativo ante la dirección.
En el Instituto Privado América Latina, mientras el primario mantiene el veto absoluto, el secundario habilitó un único canal de oxígeno digital, usar el teléfono únicamente durante los minutos que dura el recreo.
Desafío pedagógico y cultural
La implementación de estas medidas no busca demonizar la tecnología, sino redefinir sus límites para dar paso a la palabra. Desde AIEPA explican que la clave no está solo en prohibir, sino en acompañar el proceso a través de talleres de capacitación y actualización pedagógica para docentes.
La escuela secundaria hoy ensaya un regreso a las bases. Detrás de cada caja de madera, de cada locker cerrado y de cada pantalla guardada en la mochila, late el mismo intento, frenar la violencia invisible del entorno digital y reconstruir la conversación cara a cara en un aula que vuelve a demandar presencia real.

