Los Passaglia decidió patear el tablero con un anuncio que descolocó a propios y extraños en la política provincial: lanzaron su candidatura a la Presidencia de la Nación, a la Gobernación bonaerense y prometieron presentar listas propias en los 135 municipios de la Provincia. La épica discursiva que intentan vender desde su feudo en San Nicolás busca desafiar tanto al kirchnerismo como al fenómeno de Javier Milei. Sin embargo, el relato nacionalista y anti-casta se hace añicos al contrastarlo con el pobrísimo desempeño que la familia arrastra en los pasillos de la Legislatura, donde las bancas vacías y los caprichos son moneda corriente.
La radiografía de su armado legislativo expone la brutal desproporción entre el relato presidencialista y la cruda realidad territorial. En la Cámara de Diputados, el sello “Hechos” es una estructura esquelética sostenida apenas por dos bancas: la del propio Manuel Passaglia y la de su alfil Ignacio Mateucci. Cruzando el pasillo, en el Senado, el panorama no es mucho más alentador. La bancada espejada, denominada “Hechos – UCR Identidad”, quedó arrinconada con solo tres representantes que no se configuran como “riñón puro”: el platense Marcelo “Chuby” Leguizamón, la representante de la Cuarta sección Natalia Quintana, y la nicoleña Emilia Subiza, un saldo raquítico que decantó tras romper con la estructura oficial del PRO y sufrir el portazo de legisladores propios, como María Paula Bustos, quien pasó a integrar formalmente el bloque amarillo después de reportar a los Passaglia e integrar su lista. Una tropa minúscula que pone en jaque el relato: prometen gobernar 135 distritos, pero apenas logran juntar cuatro legisladores entre ambas cámaras.
LA CASTA NICOLEÑA: LICENCIAS E IRREGULARIDADES
Mientras se erigen como la nueva alternativa moral de la política, los Passaglia tienen un historial que los ata directamente a las peores mañas de la política tradicional. Lejos de honrar el voto de los bonaerenses que los sentaron en una banca, la familia hizo una constante del pedido sistemático de licencias para asumir en otros cargos o saltar de mostrador en mostrador, ejecutando candidaturas testimoniales encubiertas que desvirtúan el mandato popular.
El desmanejo institucional llegó a niveles insólitos con el episodio que protagonizó Santiago Passaglia en diciembre de 2025, quien intentó forzar una asunción de manera completamente irregular en la Cámara, pasándose por alto los reglamentos básicos del cuerpo legislativo en una clara muestra de desprecio por los procesos institucionales. Cuestión frenada, reglamento en mano, por el entonces presidente de la Cámara, Alexis Guerrera.
El árbol genealógico del poder nicoleño tiene su raíz en Ismael Passaglia, el arquitecto de la dinastía. Tras un paso como diputado peronista en los noventa y funcionario provincial, se atornilló en la intendencia en 2011. Sin embargo, el patriarca inauguró la tradición familiar de abandonar el barco a mitad de mandato: en 2017 dejó su segundo periodo inconcluso en San Nicolás para saltar al gabinete bonaerense de María Eugenia Vidal, dejando el sillón municipal servido en bandeja para su heredero.

Ese heredero fue precisamente Manuel Passaglia, el mismo que hoy se rasga las vestiduras en los medios exigiendo que los candidatos “renuncien a sus cargos” si no van a asumir. Su propio ascenso es un monumento a la vieja política: para tomar el control de la intendencia tras la fuga de su padre, Manuel tuvo que pedir licencia de su banca como concejal, dándole la espalda al cargo para el que lo habían votado los vecinos. Tras seis años administrando la ciudad —y rotando de color político según el clima de época—, aterrizó en la Legislatura provincial para dictar clases de moral anticasta.
El triángulo dinástico lo completa Santiago Passaglia, la fiel representación de la máxima política que reza “nunca soltar el mostrador”. Electo diputado provincial en 2017, se mantuvo en el esquema legislativo de manera ininterrumpida. Hoy es el intendente en funciones de San Nicolás, pero gobierna el distrito con un paracaídas de plata atado a la espalda: mantuvo una licencia aprobada en la Legislatura provincial, reteniendo su banca por si la aventura presidencial y bonaerense de la familia termina en un callejón sin salida.
EL BOLETÍN EN ROJO DE MANUEL PASSAGLIA
Pero el caso que mejor desnuda el abismo entre la ambición de poder y la vocación de trabajo es el de Manuel Passaglia. El exintendente de San Nicolás desembarcó en la Legislatura en diciembre pasado con ínfulas de armador provincial. Los números fríos de su estadística parlamentaria son letales.
De las apenas 6 sesiones que se celebraron en su cuerpo legislativo, Passaglia se ausentó directamente en 3 y en otras 2 se retiró antes de que terminara el debate. En las pocas horas que calentó su banca, mantuvo un mutismo absoluto: nunca pidió la palabra ni habló en el recinto. Su producción de leyes roza lo testimonial: en casi un año de mandato, apenas presentó 4 proyectos, limitándose a expedientes sobre el IOMA y los caños de escape de las motos. En su rol de legislador opositor, el saldo es aún más grave: presentó un solo pedido de informes para controlar al Ejecutivo de Axel Kicillof y fue sobre el camino de la Costa entre San Nicolás y Ramallo.
BERRINCHES Y FUGAS: CÓMO GOBERNAR SIN RETENER LA TROPA
El delirio de armar listas en 135 municipios contrasta con la incapacidad manifiesta de los Passaglia para conducir su propio y minúsculo espacio legislativo. El bloque “Hechos”, que armaron para diferenciarse del resto de la oposición, ya sufrió una crisis interna severa con la fuga de una de sus diputadas, dejando en evidencia la fragilidad de su construcción política.
A la falta de conducción se le suman los caprichos de pasillo. Fieles a un estilo de conducción feudal, los Passaglia protagonizaron un verdadero berrinche administrativo al ofenderse y devolver el despacho que les habían asignado en el edificio Anexo, una dependencia que, paradójicamente, había sido inaugurada por su propio padre.
Con un prontuario marcado por los faltazos, la nula producción legislativa, el desprecio por los reglamentos y la incapacidad de sostener a sus propios legisladores, el clan de San Nicolás busca convencer a los bonaerenses de que pueden administrar la Nación y la Provincia. La pregunta que retumba en la Legislatura es evidente: si no pueden sostener una banca ni liderar un bloque de un puñado de dirigentes, ¿cómo pretenden gobernar un país?


