Lo que debía haber sido una tarde de descanso y diversión en la playa se convirtió en un verdadero escándalo cuando dos familias comenzaron a discutir por el volumen de la música en un balneario de Santa Teresita.
El conflicto, que quedó registrado en un video viral, ocurrió durante este primer fin de semana de febrero, y es un nuevo ejemplo de cómo la convivencia en espacios públicos se ve alterada por la música fuerte, un fenómeno cada vez más frecuente.
El enfrentamiento entre las dos familias comenzó con una discusión que fue subiendo de tono. La situación se tornó cada vez más tensa hasta que, en un momento de furia, una mujer tomó del pelo a otra desde atrás, y la arrastró hasta la arena, desatando un tumulto.
Lo más insólito es que todo ocurrió ante la mirada de efectivos policiales que ya estaban en el lugar tratando de calmar los ánimos. Finalmente, los agentes debieron intervenir para separar a los involucrados y evitar que el conflicto pasara a mayores.
El jubilado de Navidad
Este no es un caso aislado. Durante el último tiempo, la música fuerte en espacios compartidos está siendo motivo de enfrentamientos en distintos ámbitos, desde playas hasta barrios residenciales. En las pasadas fiestas de Navidad, un jubilado asesinó a un colectivero que se negaba a bajar el volumen de la música en la vereda de enfrente.
El caso generó un fuerte debate en la sociedad, con posturas encontradas entre quienes defendían el derecho a la tranquilidad y quienes consideraban que el jubilado actuó de manera desmedida.
El problema parece haber empeorado con la proliferación de parlantes Bluetooth, que permiten llevar la música a cualquier parte sin restricciones. En playas, campings y espacios públicos, se repite la misma disyuntiva: ¿hasta dónde llega el derecho de una persona a escuchar su música sin importar a los demás? ¿Y qué pasa con el derecho de quienes buscan tranquilidad y silencio?
Encima los prejuicios
A esta discusión se suma una cuestión cultural. En nuestro país, el gusto por la música fuerte suele estar cargado de prejuicios y clasismos. Para algunos, quienes la escuchan a alto volumen son tildados de “negros cabeza”, “villeros” o “marrones”, mientras que quienes se quejan son vistos como “ortivas” o “amargos” que no saben divertirse. Esta grieta se ve reflejada en redes sociales cada vez que un caso como el de Santa Teresita se viraliza.
Por ahora, el debate sigue abierto. Mientras no haya una regulación clara o, al menos, un acuerdo social sobre el tema, es probable que sigamos viendo enfrentamientos como el de este fin de semana en la costa.

