En el peaje Zárate de la Ruta Nacional 9, dos controles de rutina alcanzaron para exponer un patrón que se repite en las rutas argentinas: adultos que deciden manejar alcoholizados, con menores en el vehículo y trayectos largos por delante. La Agencia Nacional de Seguridad Vial retuvo a ambos conductores antes de que continuaran su recorrido.
En el primer caso, el test arrojó 1,60 g/l de alcohol en sangre. Pese a que viajaba rumbo a Escobar —más de 50 kilómetros por delante— y llevaba chicos en los asientos traseros, el conductor ni siquiera llevaba el cinturón puesto.
Frente a la consulta del agente reconoció haber tomado “algo”. El valor que marcó la pipeta equivale a cuadruplicar el límite permitido en muchas jurisdicciones, especialmente Buenos Aires, donde la tolerancia es cero. Todo quedó registrado por las cámaras de los inspectores.
A Tigre con unas copas de más
El segundo caso también involucró a una familia con menores. El conductor dio 0,76 g/l y tenía previsto un viaje de más de 70 kilómetros hasta Tigre. Ambos quedaron con la licencia retenida, no pudieron continuar circulando y ahora enfrentarán multas que pueden llegar a $1.800.000, además de una inhabilitación que definirá la Justicia.
Solo en enero, la ANSV detectó 2.000 alcoholemias positivas en los 537 mil vehículos controlados en todo el país. Cada caso implica un vehículo que circuló —al menos por algunos kilómetros— en condiciones que multiplican el riesgo de un siniestro.
El problema no está en los controles, sino en los comportamientos. Y los comportamientos, a la vista, siguen mostrando la misma matriz: consumo de alcohol, familias a bordo y viajes largos que podrían terminar mal mucho antes de llegar a destino.

