La 98ª edición de los premios Oscar, celebrada anoche en el Dolby Theatre de Los Ángeles, terminó con la sensación de que al fin Hollywood saldó una deuda con Paul Thomas Anderson, el gran ganador de la velada.
Su película Una batalla tras otra fue la gran protagonista de la noche y se llevó los premios más importantes, entre ellos mejor película y mejor dirección, coronando la carrera de uno de los cineastas más influyentes de las últimas décadas.
El triunfo de Anderson fue la culminación de una carrera que ya había dado clásicos como There Will Be Blood y The Master, pero que hasta ahora nunca había logrado ganar la estatuilla principal. Esta vez la Academia decidió saldar la cuenta.
La consagración de Anderson
La película (inspirada muy libremente en la novela Vineland del escritor Thomas Pynchon) mezcla sátira política, paranoia ‘setentista’ y un elenco coral que fue ampliamente celebrado por la crítica (Di Caprio, Del Toro y Sean Penn, que ganó, pero no asistió a la ceremonia para recibirlo)
Además de los premios centrales, la película sumó varias estatuillas técnicas que terminaron de consolidarla como la gran triunfadora.
La gala también dejó otros resultados importantes. En mejor película internacional se impuso Sentimental Value, del director noruego Joachim Trier, mientras que el documental “Mr. Nobody Against Putin” ganó su categoría con un discurso que alertó sobre los peligros del autoritarismo y la apatía política.
Otros ganadores de la noche
Más allá del dominio de Una batalla tras otra, la ceremonia repartió reconocimientos entre varias producciones destacadas del último año. Los Pecadores, Frankestein y la animación coreana también recibieron varias estatuillas. Las categorías técnicas, como suele ocurrir, funcionaron como termómetro de las tendencias del cine contemporáneo y premiaron trabajos de alto nivel en fotografía, montaje, sonido y diseño de producción.
La Academia también buscó reflejar la diversidad del cine mundial con premios para producciones europeas y documentales políticos, algo que marcó el tono general de la gala.
La noche incluyó además homenajes muy extensos y emotivos y el esperado segmento In Memoriam particularmente comentado, dedicado a figuras del cine fallecidas en el último año, apareciendo como final “los Robert” Duvall y Redford, como los más famosos.
Incluso Barbra Streissand, tras años de no tener demasiadas exposiciones públicas cantó “The way we were” en homenaje al rubio galán fallecido en este último septiembre.
La crítica política que se coló en la gala
Aunque Hollywood suele moverse con cautela en estas ceremonias, las alusiones a la política belicosa del republicano y el estado de Israel, volvió a aparecer sobre el escenario.
El momento más directo lo protagonizó el actor español Javier Bardem, que al subir a entregar un premio lanzó un mensaje breve, contundente y quizás el “más jugado” de la noche cuando dijo pisando firme: “No a la guerra. Palestina libre”.
La frase generó aplausos en el teatro y fue una de las intervenciones más claras sobre el conflicto en Medio Oriente durante la ceremonia. Bardem llevaba además un pin con la consigna pacifista, retomando el activismo político que lo acompaña desde comienzos de su carrera.
Pero no fue la única alusión política de la noche…
Trump sobrevoló la ceremonia
El presentador de un segmento de la ceremonia, Jimmy Kimmel, dejó varias bromas dirigidas al clima político de Estados Unidos, con ironías que apuntaban (sin nombrarlo directamente) al presidente Donald Trump.
El trasfondo no fue casual. En 2025 Kimmel fue víctima de presiones políticas tras un monólogo crítico con el trumpismo en su programa Jimmy Kimmel Live!, lo que derivó en una suspensión temporal del ciclo en algunas afiliadas televisivas.
Por eso, durante la gala lanzó un chiste comparando el clima de censura en la televisión con el de Corea del Norte, una ironía que el público interpretó como una referencia directa a ese episodio y al tenso vínculo entre el humor político televisivo y el poder en Washington.
Discursos y advertencias
Incluso el propio Paul Thomas Anderson, al recibir el Oscar a mejor director, habló del cine como una herramienta para contar historias en tiempos turbulentos y defendió la libertad creativa frente a cualquier presión política, y mencionó el dejar un mejor futuro a “nuestros hijos”, en alusión al violento mandatario.
En sus propias palabras dijo: “para pedirles perdón por el desastre que hemos dejado en este mundo que les estamos entregando, pero también con la esperanza de que ellos sean la generación que, ojalá, nos devuelva el sentido común y la decencia“.
Otros discursos también tocaron temas sensibles. El equipo del documental Mr. Nobody Against Putin advirtió sobre el avance del autoritarismo y el riesgo de la indiferencia frente a las guerras contemporáneas.
En definitiva, la gala combinó lo que suele ofrecer cada año: glamour, premios, homenajes y una narrativa cinematográfica que intenta resumir el estado del cine mundial, aunque esta vez la sala pareció más pequeña y minimalista, quizás por los efectos de realizarse en medio de un clima de guerra.

