Lit Killah viene de ganarle al español Kidd Keo en La Velada del Año 6 el último 25 de julio, y en lugar de quedarse a disfrutar el envión internacional, volvió a lo de siempre: “su” González Catán.
Ahí grabó el videoclip de “G. Catán“, el single que lanzó hace apenas un día y que ya circula con fuerza en redes, no tanto por el artista (sobrado de éxito, con más de siete millones de oyentes mensuales en Spotify) sino por el lugar que eligió para contar su historia.
Porque acá el protagonista no es Mauro Román Monzón, el pibe de 26 años devenido estrella de Warner. El protagonista es González Catán: sus calles, sus murales, sus escuelas, sus vecinos y esa “etiqueta” que carga desde siempre y que la canción decide mirar de frente en lugar de esconder.
¿Qué es González Catán, ese lugar que casi nadie sabe ubicar?
Aunque su nombre suena en cada nota sobre el artista, pocos podrían decir en qué partido queda. Es una localidad de La Matanza, en el oeste del conurbano bonaerense, a diez kilómetros de San Justo, la cabecera. Según el censo 2022 tiene 287.036 habitantes en más de veinte barrios sobre 52 kilómetros cuadrados.
La Matanza, a su vez, es el partido más poblado de la provincia y el segundo distrito con más gente de todo el país, detrás solo de la Ciudad de Buenos Aires: ahí vive uno de cada diez bonaerenses. Y sin embargo, para buena parte del imaginario porteño acomodado, su nombre sigue funcionando como sinónimo de peligro antes que como el dato demográfico que en realidad es.
Una postal sin maquillaje, pero con orgullo
El videoclip fue filmado íntegramente en la localidad, con calles reconocibles, paredes con grafitis y hasta una escuela de la zona que los vecinos celebraron al verla en pantalla.
Días antes del estreno, Lit Killah ya había sido visto recorriendo el barrio con su equipo, lo que despertó curiosidad y una catarata de mensajes de orgullo entre quienes viven ahí.
La canción arranca con una escena chica y cotidiana (una planos identificatorios, él cortándose el pelo en la calle, una sirena de fondo que ya es parte del paisaje sonoro) y ahí mismo desliza uno de sus costados más interesantes: la mención, sin dramatismo, a que en la misma cuadra convive un vecino policía con otro que vende droga, sostenidos por una lógica de confianza mutua entre quienes se conocen de toda la vida.
Ni un paraíso ni un infierno: una zona gris donde las reglas las pone la cercanía, no la ley.
Más adelante narra una anécdota puntual: una salida con amigos con la idea de hacer plata de una manera poco clara, que finalmente no se concreta.
Lo cuenta como un cruce de caminos que podría haber terminado distinto, y reconoce que de haber elegido ese rumbo lo hubieran señalado como mala persona, aunque para un pibe de 17 años del barrio esa disyuntiva sea, dice, moneda corriente.
Ahí está el nervio del tema: la conciencia de que la salida artística fue apenas una entre varias posibles.
Conurbano, el lugar que la Buenos Aires “cheta” mira con desdén
Ahí es donde la canción roza, sin proponérselo como bandera, un debate que en Argentina nunca cierra: cómo se mira al conurbano desde los sectores más acomodados.
Pobre, sucio, peligroso, chorro, mantenido por el Estado: el combo de prejuicios que se le adosa a cualquier barrio popular del Gran Buenos Aires es tan viejo como la propia grieta simbólica entre la Capital y “el interior”.
Esa aporofobia (el desprecio por lo pobre que sos, más que por dónde naciste) rara vez se dice con esas palabras, pero aparece cada vez que alguien reduce a un millón y medio de personas a una estadística de inseguridad.
La propia canción encarna la respuesta: la reivindicación de una identidad que no necesita disfrazarse. Hay una escena, hacia el final, que resume la idea: un verano cualquiera, las vecinas sentadas en sillas sobre la vereda, una vida de barrio que ni la cuarentena de 2020 logró frenar del todo.
Ahí nombra puntualmente a Villa Dorrego, uno de los barrios de González Catán, y advierte que hay que caminar con cuidado porque conviven vecinos de todo tipo, algo que no siempre es sencillo distinguir a simple vista.
No se trata de negar que la inseguridad roza de cerca (los propios vecinos lo reclaman en cada nota de aniversario, pidiendo más presencia policial), pero de ahí a equiparar todo el conurbano con el delito hay una distancia enorme que el prejuicio clasista rara vez se molesta en medir.
La canción hace ese mismo ejercicio de matiz: no romantiza el delito ni lo esconde, pero tampoco deja que defina a un barrio de casi 300 mil personas.
La jerga que el barrio convirtió en identidad
El tema está salpicado de un vocabulario que cualquiera que haya pisado un barrio del conurbano reconoce al instante. “Wacho” (pibe de la cuadra, con esa mezcla de cariño y resignación con la que se nombra a los más jóvenes) aparece para describir tanto a los vecinos como al propio narrador a los 17 años. “Transa” es el que vende droga en la esquina, mencionado sin eufemismos. “Piola” describe la confianza que, según la letra, sostiene la convivencia pese a todo.
Ese vocabulario, usado puertas afuera casi siempre como insulto o marca de sospecha, es puertas adentro una forma de nombrarse y plantar bandera.
Es un mecanismo que atraviesa el trap y el freestyle argentino desde que Duki, Khea o el propio Lit Killah salieron de las plazas del Quinto Escalón: tomar la palabra que te tiraron para humillarte y devolverla resignificada, convertida en orgullo. “G. Catán” se inscribe en esa tradición: no esconde de dónde viene, la exhibe con su propio idioma.
El single, además, llega con un condimento extra: todo indica que es el primer adelanto de un álbum nuevo que Lit Killah prepararía para fin de año, después de haber archivado un proyecto anterior de más de cien canciones porque, según contó, ninguna terminaba de representarlo.
Mientras tanto, González Catán ya tiene su himno. Y con él, otra vez sobre la mesa, la pregunta de siempre: por qué hace falta que un artista se vuelva famoso para que el resto de la provincia y el país completo se digne a mirar al conurbano como algo más que un problema de seguridad.

