El Gobierno anunció la creación de la Oficina de Respuesta Oficial de la República Argentina con un comunicado que no pasó desapercibido. El nuevo organismo, según se informó, fue creado para “desmentir activamente la mentira, señalar falsedades concretas y dejar en evidencia las operaciones de los medios y la casta política”. Como ya lo informó Infocielo, el texto agrega que “informar no alcanza si la desinformación avanza sin respuesta” y promete una intervención directa en la discusión pública.
El anuncio llega en un contexto de tensión sostenida con el periodismo y con sectores políticos críticos de la gestión. No es una medida aislada ni una reacción puntual ante una noticia falsa, es más bien una decisión política. La de sumar una estructura estatal dedicada específicamente a disputar el sentido de lo que circula en medios y redes.
“La democracia no se fortalece cuando se tolera la mentira, sino cuando se la expone”, afirma el comunicado, que también aclara (con un subrayado que no pasa inadvertido) que “el derecho a la libertad de expresión es sagrado para esta administración”.
La aclaración parece poco casual. Llega después de varios intentos oficiales por “ordenar la conversación pública” que, hasta ahora, terminaron en frustración.
El primer ensayo fue un púlpito
Antes de las oficinas y los comunicados, estuvo el escenario. La Misa de Carajo funciona como un espacio donde el Presidente puede explicar sin interrupciones, sin repreguntas incómodas y sin mediaciones.
Allí se consolida una idea que luego se traslada al ejercicio del poder. Porque cuando el mensaje no llega, el problema no es el mensaje.

Ese formato sirve para reforzar convicciones propias, pero no logra ampliar audiencias ni ordenar el debate. La realidad sigue filtrándose por otros lados y el Gobierno empieza a mostrar incomodidad frente a lecturas que no coinciden con la propia.
Medios amigos y entrevistas seguras
Además apareció otro circuito reconocible. La Derecha Diario comenzó a ser citada y replicada por funcionarios como fuente confiable. Las notas que coinciden con la mirada oficial circulan con rapidez. La apuesta es clara: fingir fijar agenda. Spoiler: nunca lo lograrán.
El efecto es limitado. El medio terminó también hablando, sobre todo, para los convencidos. No logra romper el cerco informativo ni desplazar a los grandes actores del sistema mediático.

Algo similar ocurrió con ciertas entrevistas, donde el Presidente encontró interlocutores con los que se sentía cómodo. Jonatan Viale está y estará por siempre, como Majul o Cristina Pérez, asociado a ese rol.
Lejos de ordenar el vínculo con la prensa, la escena refuerza la idea de un gobierno que distingue entre periodistas aceptables que operan a su favor por algún beneficio, y los sentenciados como “periodistas hostiles”.

Desmentir como forma de comunicar
La etapa siguiente fue más explícita. Fake, 7, 8, el segmento encabezado por Manuel Adorni, buscó instalar una dinámica de corrección permanente. Archivos, recortes, capturas. El mensaje también era “alguien está mintiendo y el Gobierno viene a aclararlo”.
El propio comunicado de la nueva Oficina parece una continuidad de ese espíritu. “Esta Oficina no busca convencer ni imponer una mirada. Tiene por objetivo que los ciudadanos puedan distinguir hechos de operaciones y datos de relatos”, afirma el texto oficial.

La frase suena moderada, pero parte de una premisa delicada: que existe una autoridad capaz de trazar esa frontera sin discusión.
Fake, 7, 8 no logró el efecto esperado. Terminó amplificando aquello que buscaba desactivar y quedó rápidamente asociado a experiencias del pasado que el propio mileísmo había prometido dejar atrás.
La importación sin manual
La Oficina de Respuesta Oficial aparece ahora como síntesis de todos esos intentos. Y suma un dato que completa el cuadro: el esquema replica, de manera bastante literal, el modelo de “rapid response” impulsado por Donald Trump y hoy reciclado por su entorno político en redes sociales.

La lógica es la misma: centralizar la respuesta, señalar adversarios, disputar cada noticia en tiempo real. Lo que en Estados Unidos funciona como herramienta, en la Argentina alineada tipo colonial, se copia con estructura idéntica y pretensión institucional..
El resultado, por ahora, se parece demasiado a los ensayos anteriores: mucho ruido, poca eficacia y una dificultad persistente para aceptar que la verdad no se administra por decreto.

