Durante el Mundial que acaba de finalizar, en X, en Instagram y en TikTok empezó a circular algo que hasta hace poco parecía impensado, y es una catarata de contenido que pinta a Lionel Messi como si fuera un villano, acomodado, cercano al poder, de malas artes deportivas y beneficiado por los árbitros.
No hay ningún hecho real o nuevo que lo explique. Nuestro histórico crack sigue siendo, estadística y futbolísticamente, la misma figura que levantó la Copa del Mundo en Qatar 2022. Lo que cambió no fue él. Fue el “feed“. Sí, ‘la alimentación’ de la que se nutren las redes.

El algoritmo premia el enojo
La explicación que manejan quienes estudian comunicación digital tiene que ver con un mecanismo bien documentado: los contenidos que generan indignación circulan más rápido y llegan más lejos que los que reflejan la realidad tal cual es. Y la copa de Qatar desató una ola de envidia y deseos de usuarios no argentinos por “bajar a la estrella” sin razón comprobable.
Uno de los trabajos más citados sobre el tema (no ligado específicamente a Messi) es el que hicieron Soroush Vosoughi y Deb Roy, del MIT Media Lab, junto al profesor de la Sloan School of Management Sinan Aral, publicado en la revista Science en 2018.
Ese equipo de trabajo analizó cerca de 126.000 cadenas de noticias en Twitter, difundidas por tres millones de personas a lo largo de más de cuatro millones y medio de veces, y encontró que las noticias falsas llegaban a 1.500 personas unas seis veces más rápido que las verdaderas, y tenían un 70% más de posibilidades de ser retuiteadas.

Un dato fundamental es que esa velocidad no se explica por bots programados para viralizar mentiras, sino por personas reales retuiteando contenido inexacto. Y según los propios autores, la razón hay que buscarla en la psicología más que en la tecnología: “a la gente le atrae lo novedoso”, y las noticias falsas suelen tener ese componente de sorpresa que las hace más compartibles.
Repetición que se disfraza de verdad
A esa dinámica se le suma otro fenómeno estudiado en psicología cognitiva: el efecto de verdad ilusoria. Cuanto más se repite una afirmación, más familiar se vuelve, y esa familiaridad el cerebro la confunde con veracidad, incluso cuando la persona sabe (o supo alguna vez) que es falsa. En un medio ambiente donde un mismo recorte de video o una misma frase sacada de contexto se repite en miles de cuentas distintas, el efecto se potencia.
Lo llamativo del caso Messi es que se trata, probablemente, del deportista más filmado y documentado de la historia reciente: cada partido, cada jugada, cada declaración quedó registrada y está disponible para cualquiera que quiera chequear.
Aun así, el relato negativo logró instalarse igual. Para quienes analizan estos fenómenos, ese dato es el que más preocupa, porque si el algoritmo puede voltear la percepción pública sobre la figura más documentada del planeta, el riesgo es todavía mayor para cualquier persona común, que no cuenta con ese archivo audiovisual para desmentir una acusación.
Un patrón que excede al fútbol
Los especialistas insisten en que este tipo de campañas no responden a una organización centralizada ni a una operación coordinada única, sino a una lógica de plataforma en donde el contenido que genera bronca se posiciona mejor, entonces se produce más de ese contenido, y así se retroalimenta.

El caso de Messi funciona, en ese sentido, como caso testigo de un fenómeno que la comunicación digital viene señalando hace años y que, lejos de ser exclusivo del deporte, atraviesa la política, la salud pública y casi cualquier tema que dispute atención en redes sociales.


