En las últimas semanas, las salas de espera de los centros de salud en Argentina han comenzado a reflejar una realidad epidemiológica preocupante, un ascenso marcado y sostenido de los virus respiratorios. Según el último Boletín Epidemiológico Nacional, el país registra actualmente el incremento más acentuado de estas patologías en toda la región del Cono Sur. Lo que comenzó como un incremento estacional ha escalado rápidamente, alcanzando niveles de brote ya en la semana epidemiológica 11 de este año.
El protagonista indiscutido de este escenario es el virus de la Influenza A, el cual representa el 91 por ciento de las muestras tipificadas por el Laboratorio Nacional de Referencia. Dentro de este grupo, la agresividad del subtipo A(H3N2) es notable, abarcando el 98 por ciento de los casos de Influenza A detectados.
La presión sobre el sistema sanitario se divide en dos frentes claros. El ámbito ambulatorio, las Unidades de Monitoreo Ambulatorio (UMA) registraron una escalada constante desde la semana 12, alcanzando un pico de 31,5 por ciento de positividad en las muestras generales durante la semana 19. Las internaciones graves, en las primeras 18 semanas del año, las guardias notificaron 2.243 internaciones por Infección Respiratoria Aguda Grave (IRAG), sumadas a otras 834 internaciones bajo la modalidad extendida.
Menores de 10 años: El principal blanco del virus
Uno de los datos más preocupantes que arroja el BEN es la distribución por edades. El virus de la influenza no se está repartiendo de forma equitativa, el grupo de menores de 10 años concentra el 46 por ciento de los casos positivos procesados por el Malbrán, seguido de cerca por adolescentes y adultos jóvenes.
El mapa de la vulnerabilidad: Mientras que la influenza A golpea con fuerza a los niños en las consultas y satura los cuadros graves en mayores de 60 años, el Virus Sincicial Respiratorio (VSR) mantiene un perfil bajo pero peligroso, ensañándose casi exclusivamente con los lactantes de entre 6 y 11 meses. Por su parte, el SARS-CoV-2 (COVID-19) permanece, al menos por ahora, en niveles de circulación históricamente bajos.
La carrera contra el reloj clínico
La estrategia oficial para contener la ola combina la respuesta médica con el blindaje comunitario. Desde la cartera de salud se instó a la población a revisar los calendarios y completar de manera urgente los esquemas de vacunación anual contra la influenza —crucial para embarazadas, niños pequeños, adultos mayores y pacientes de riesgo—, además de sostener los refuerzos contra el COVID-19 y el neumococo.
Con las semanas más frías del año por delante, el diagnóstico epidemiológico es claro, la “supergripe” ya se instaló en el territorio nacional y la velocidad de respuesta, tanto en las pautas de cuidado hogareño (ventilación, lavado de manos y aislamiento ante los primeros síntomas) como en la vacunación, determinará qué tan alta será la factura que el invierno le pasará al sistema de salud argentino.
La enfermedad muestra rostros distintos según la edad de los afectados. En las consultas ambulatorias por síntomas leves, el virus golpea con más fuerza a adolescentes y niños mayores de 5 años. De hecho, los menores de 10 años concentran el 46 por ciento de los casos totales analizados por las autoridades nacionales. Sin embargo, la mayor gravedad se observa en el otro extremo de la vida: la positividad en pacientes hospitalizados por cuadros graves (IRAG) se registra mayoritariamente en adultos mayores de 60 años.

Ante este panorama, las autoridades sanitarias enfatizan dos pilares fundamentales, vacunación y tratamiento temprano. Se recomienda la aplicación anual de la vacuna antigripal para grupos de riesgo, incluyendo personal de salud, embarazadas, niños de 6 a 24 meses y mayores de 65 años. Asimismo, no automedicarse y acatar la indicación médica, en casos graves o pacientes de riesgo, consultar a profesionales.

