Desde hace 5 años Laura Guelfi (37) y Facundo Othatceguy (31) recorren Latinoamérica conociendo lugares increíbles, tras haber dejado atrás su antigua vida de oficina. Durante el viaje se convirtieron en padres y hoy se esfuerzan para reconvertir un colectivo de línea en su propia casa-transporte. A través de su cuenta de Instagram “Sueños de Ruta“, comparten su experiencia de vida.
Tanto Laura como Facundo trabajaban de lunes a viernes en agencias de publicidad en Capital Federal. Tenían un sueldo fijo, un hogar y las comodidades que ofrece la ciudad. Pero un día, cansados de la rutina, de los horarios, del estrés, de los embotellamientos y el smog; en 2015 dijeron basta.
“Mi plan inicialmente era trabajar, ascender en la empresa y, cuando cumpliera 40 o 50 años, retirarme para empezar a viajar”, asume en diálogo con INFOCIELO Facundo Othatceguy que, junto con su pareja, Laura, comenzaron a notar señales que les indicaban que debían tomar nuevos rumbos: “El jefe de Lau se murió de cáncer a los 40, por ejemplo; o también, en una reunión, mi jefe de 45 recibió una llamada teniendo mucho estrés, se cayó al piso y empezó a convulsionar. Empezamos a darnos cuenta de que no había que esperar hasta llegar a esa edad, porque quizás ni siquiera llegábamos”.
Ya se habían decidido a cambiar sus vidas, pero tenían que jugársela de lleno por su sueño rutero si querían convertirlo en realidad. Así lo hicieron. Renunciaron a sus empleos y vendieron todo lo que tenían, desde la cama, los muebles y los electrodomésticos hasta el ténder para colgar la ropa, los vasos y las cucharas.
Con ese dinero, sumado a la liquidación de sus sueldos que les correspondía por haber renunciado, compraron dos bicicletas, una carpa, mochilas, bolsas de dormir y algunos elementos necesarios para poder subsistir viviendo a la intemperie.
“Era todo una lotería. Cuando estábamos por salir de viaje, pensábamos ‘¿Qué pasa si tenemos que volver porque no nos va bien con el viaje y no conseguimos trabajo?’ o ‘¿Qué hacemos si nos roban estando en viaje?’”, recuerda Facundo y comenta: “ Algo que había escuchado decir a varios viajeros y que a mí me sirvió mucho es que lo más difícil de todo era tomar la decisión de salir porque después, en el camino, todo iba a ser de menor dificultad que ese momento inicial de tomar la decisión y salir de la zona de confort”.
Laura y Facundo descendieron del avión en el Aeropuerto de Ushuaia, donde armaron las bicicletas, que habían viajado con ellos en el mismo vuelo, y comenzaron su odisea sobre ruedas y pedales.
En menos de un año recorrieron más de 7.500 kilómetros, atravesando el país de sur a norte, zigzagueando entre territorio argentino y chileno, hasta llegar a La Quiaca. A lo largo de todo ese trayecto aprendieron a convivir con el viento, la lluvia, las temperaturas extremas y los peligros lógicos de una aventura nómada de ese tipo.
Evitando a toda costa alquilar un lugar para pasar la noche y sin gastos de transporte; el poco dinero que les había sobrado luego de comprar todo lo necesitaban antes de viajar, les bastó para poder comprarse la comida durante gran parte de la travesía.
“Pensábamos que la plata que teníamos nos iba a durar dos meses, pero al final nos duró seis”, comenta Othatceguy que, junto a su compañera de ruta, debieron ingeniárselas para financiar los últimos tres meses: “En la mitad del viaje vendimos comida en las plazas, dulces, fruta y yo también pasé música en algunos bares con un mixer chiquito que llevé en la bicicleta. Con eso nos alcanzó”.
Padres en movimiento
Una vez que concluyeron su primera aventura cruzando la Argentina de punta a punta en bicicleta, lo que menos evaluaron fue la idea de volver a su vida citadina: el siguiente paso fue comprar una combi vintage de 1987, que utilizarían para ir todavía más lejos.
“Para poder comprar la combi lo que hicimos fue escribir un libro, donde contamos cómo fue nuestro viaje en bicicleta”, dice Facundo y agrega: “También, al ser publicistas, seguimos trabajando con la comunicación pero mientras viajamos, desarrollando páginas web, ayudando con las redes sociales en algunos lugares o con cosas de diseño”.
Con la combi en condiciones salieron rumbo a Brasil y siguieron por Paraguay, Bolivia, Perú, Colombia y Ecuador, donde se sumó un nuevo integrante al equipo de trotamundos: Río, su hijo, que nació en pleno viaje y que hoy, ya con 2 años, continúa conociendo paisajes y lugares increíbles.
“Era la primera vez como padres para nosotros, no habíamos tenido hijos estando en una ciudad o quietos en algún lado, entonces no había punto de comparación como para que extrañáramos algo o que sintiéramos que nos faltaban cosas”, sostiene Facundo, aunque asume que, como cada país tiene sus criterios específicos para hacer el seguimiento del embarazo, les costó definir qué decisiones iban a tomar al respecto: “Por ahí íbamos a un médico en Ecuador y le decíamos ‘queremos que nos hagas este análisis ́ y nos respondía que en ese país no se hacía, que no hacía falta. Entonces nosotros ahí tuvimos que ver hasta dónde aceptábamos lo que nos decían, y ese fue el gran desafío de ese viaje: hacernos cargo, tomar nuestras decisiones, empoderarnos y atravesar el embarazo bastante solos”.
Aislados en la selva
Luego de visitar buena parte de Latinoamérica, decidieron volver a Buenos Aires para que sus familiares pudieran conocer al pequeño Río, pero al poco tiempo surgió el siguiente destino: Centroamérica, a donde viajaron los tres aventureros en avión solo con sus mochilas.
“El 3 de marzo del año pasado nos fuimos de viaje a Costa Rica, con la idea de recorrer Centroamérica, pero el 15 se cerró todo por la pandemia”, relata Facundo, que junto con Laura se encontraban trabajando en un hotel que pertenecía a un italiano, “el hombre, como tenía a la familia en Italia, que ya estaban encerrados desde hace cuatro meses, sabía cómo venía la mano y nos recomendó que nos quedáramos en un lugar fijos porque se iba a cerrar todo”.
Siguiendo su consejo, los tres viajeros se fueron a vivir a unas cabañas en la selva, a pocos metros del Río Celeste, que es considerado como uno de los paraísos naturales más hermosos del mundo.
“Estuvimos viviendo y trabajando ahí por dos meses, ayudándolos con su página web y con varias cosas de comunicación hasta que empezó a abrirse la cosa de a poco, porque nunca estuvo muy grave la situación en Costa Rica, y nos empezamos a mover con precaución, recorriendo el país”, cuenta Facundo sobre su experiencia en territorio “tico”, que se extendió durante 8 meses hasta que se reabrieron las fronteras y pudieron regresar a la Argentina.
Vivir sobre ruedas
Al llegar a Buenos Aires, en sus mentes siguieron fluyendo más sueños de ruta. Ya habían viajado en bicicleta, en combi, con mochilas y ahora, como necesitan más espacio para Río, pensaron en una solución habitacional que les permitiera, al mismo tiempo, seguir eligiendo cada semana y cada día dónde vivir. ¿Cuál fue esa solución? Un colectivo de línea.
Laura y Facundo vendieron su pintoresca combi celeste y así como quien acude a una inmobiliaria para acceder a una casa o a un terreno para edificar una vivienda, la pareja de viajeros compraron un colectivo que pertenecía a la empresa de transportes 216 de Morón.
“Nosotros hoy en día no nos podemos comprar una casa ni de casualidad y creo que pasa lo mismo con el 90 por ciento de la población. Comprarse una casa en Argentina pasó a ser un privilegio de muy pocos ”, considera el padre de Río y señala: “Cuando surgió la posibilidad de que nuestra casa tuviera ruedas nos pusimos super contentos porque ya vimos como quedan las casas de ese tipo y son muy lindas. Aparte podés moverla. Si un día querés quedarte en la Patagonia y otro día en Córdoba, podés hacerlo”.
Actualmente, la familia viajera se encuentra en Las Flores, Provincia de Buenos Aires donde, además de brindar workshops para viajeros, trabajan camperizando el colectivo para poner en marcha una vez más sus sueños.
“Más o menos tenemos una primera etapa en nuestras mentes que dura tres o cuatro meses en los cuales armaríamos lo básico, que es la cocina, el baño y un lugar donde poder tirar el colchón”, indica Facundo, que planea seguir avanzando con el resto de las reformas una vez que ya estén en viaje, aunque aclara que tratan de no aferrarse a planes muy estrictos: “Somos conscientes de que somos libres de cualquier atadura e incluso de nuestras propias palabras y proyectos: si mañana nos cansamos y queremos vender el colectivo para hacer otra cosa, bienvenido sea. Eso es algo que aprendimos viajando, a ser libres”.
FOTOS: Instagram Sueños de ruta (@sueñosderuta)






