El feed dejó de ser propiedad exclusiva de los centennials. “El ingenio popular no descansa nunca“, decía un personaje de Juan Carlos Calabró. Durante años, la adultez mayor cotizaba en la “Bolsa de la serenidad”: la vereda con la silla y el mate, la foto temblorosa de un jazmín en Facebook, el audio de WhatsApp de cuatro minutos que nadie escuchaba entero. Esa era se terminó de un plumazo a fuerza de algoritmo. Hace unos meses Instagram y TikTok descubrieron una veta nueva y la explotan sin culpa: la de mayores de 50 (bastantes más mayores, también) que decidieron tirar la vergüenza por la ventana, prender la cámara frontal y afanarse el desparpajo que antes era coto de caza exclusivo de la juventud.
Ahí están, en pantalla completa, exhibiendo su autopercibida “onda”: ensayando pasos de baile que ni el propio cuerpo entiende, tirando facha con un lente de sol trucho comprado a senegaleses, mostrando talentos que la vida, con razón, había mantenido bajo siete llaves. Es un carnaval de estética kitsch, papel picado, cumbia (o rock y pop ochentoso) a fondo y una autoestima a prueba de balas. Pero que nadie ‘se haga el otro’: ninguno entra a estos reels a buscar contenido de calidad. La fiesta de verdad, el verdadero deporte nacional, arranca unos centímetros más abajo, en la caja de comentarios.

Ahí, en la arena del scrolleo nocturno, se pone en marcha la verdadera reserva moral de la ironía nacional. La comunidad no mira sino que dictamina, con una precisión quirúrgica que envidiaría cualquier crítico de la francesa Sorbona. Y en esa “carnicería con onda” se consagró la fórmula del momento: bautizar al protagonista con la palabra “viejo” (o “vieja”) seguida de un adjetivo tan disparatado como asombrosamente certero.
Es un idioma nuevo, sintético y profundamente folclórico. Un señor bailando bachata en musculosa se convierte, por decreto popular, en “Viejo lubricado”, “Viejo asintomático del ridículo” o “Viejo termostato”.
Una señora posando en bikini al borde de la pelopincho pasa a ser “Vieja contrabando de dignidad” o directamente “Vieja vintage”. No hay maldad en el latigazo: hay una crueldad con gracia, que busca la carcajada colectiva antes que la sangre. Es el ADN criollo funcionando a pleno: filoso para la etiqueta, feroz con la autoestima ajena e imposible de leer sin explotar de risa.

Entrar a buscar estos comentarios ya es un vicio nacional. El usuario abre la publicación con una sola misión: chequear si alguien encontró un adjetivo mejor que el que se le ocurrió a él en la ducha.
La cámara los expone con total inocencia; la tribuna, en cambio, no perdona ni un fotograma. Bienvenidos al verdadero prime time argentino: dura menos de un minuto y se juega entero en los comentarios.


