La Casa Curuchet es una obra que trasciende los límites de la ciudad y se encuentra en el corazón de La Plata, es una joya arquitectónica. El experto Julio Santana en una entrevista para Infocielo Play destacó que representa un hito sin igual: “Yo siempre digo que Le Corbusier es a la arquitectura lo que los Beatles son a la música del siglo XX porque hay un antes y un después”. Esta vivienda, hoy inscrita en la lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO, no es solo un despliegue de cemento y diseño, sino el resultado de lo que Santana denomina un “triángulo virtuoso” entre un cirujano con audacia, un arquitecto de vanguardia y un intérprete local fundamental.
La historia comienza con Pedro Domingo Curuchet, un cirujano cuya vida encarna el ascenso social a través de la educación pública. Hijo de un herrero vasco de Las Flores, Curuchet unió el oficio de su padre con la medicina: “Logra unir lo que había aprendido en el taller de herrería de su padre con lo que había aprendido en la universidad; empieza a diseñar y a construir su propio instrumental quirúrgico”. En 1948, con un terreno de apenas 180 metros cuadrados en la zona del eje cívico platense, decidió “tirarse un lance” y escribirle al arquitecto más famoso del mundo, a quien “no conocía ni conocería nunca jamás” en persona.
Desde París, Le Corbusier aceptó el encargo, motivado por sus propios planes urbanos para Buenos Aires. Sin embargo, la distancia exigía un puente. Allí aparece la figura de Amancio Williams, el tercer vértice de esta historia. “Le Corbusier envía 16 planos y Amancio hace más de 200 planos para poder hacer que la casa se materialice porque era muy moderna para ese momento”. Williams no fue un simple constructor; fue el “intérprete” de una obra compleja que demoró seis años en completarse por dificultades económicas y técnicas. Santana relata un gesto que pinta la ética de Williams: cuando la obra se detuvo por falta de fondos, le devolvió el cheque de honorarios a Curuchet, diciéndole que “sus honorarios eran el honor de ser el intérprete de Le Corbusier”.
Arquitectónicamente, la casa es una revolución de “minimalismo y funcionalismo”. Rompió con la tradición de la “casa chorizo” para proponer una estructura despojada, con ventilación cruzada e iluminación natural. El elemento más poético es, sin duda, el árbol que atraviesa la estructura. “El árbol no existía. Es parte de la propuesta, una manera de dialogar, de meter el bosque que está enfrente dentro de la casa”. Este álamo de hojas caducas cumple una función bioclimática: da sombra en verano y permite que el sol riegue la casa en invierno.
Hoy, la Casa Curuchet es la puerta de entrada para el turismo internacional en La Plata, pero para Santana, su valor más profundo reside en lo que simboliza para el bonaerense: “El bonaerense que a través de la educación pública pasa de ser pobre de toda pobreza a contratar al arquitecto más referencial del mundo”. La casa no es solo una “obra maestra” de la arquitectura moderna, sino un testimonio de que “el proyecto de convivencia tiene que ser igual de importante que el proyecto pedagógico” y, en este caso, arquitectónico, para que una ciudad pueda realmente brillar.

