En el Buenos Aires del siglo XVIII no había espuma en aerosol ni carrozas iluminadas. Había balcones abiertos, aljibes vaciados y cáscaras de huevo convertidas en proyectiles. Durante varios días, la ciudad se transformaba en un escenario colectivo donde las jerarquías parecían aflojarse y la calle se volvía protagonista.
Durante el siglo XIX y comienzos del XX, el Carnaval fue uno de los pocos momentos en que la calle cambiaba de dueño.
Uno de los rituales más extendidos era la llamada “guerra del agua”. Se lanzaban baldes desde las azoteas y los famosos “huevos de olor”: cáscaras selladas con cera que se rellenaban con agua, a veces perfumada y otras no tanto. También volaban harina y ceniza. Las calles de tierra terminaban convertidas en barro y nadie quedaba al margen.
El Carnaval no era un espectáculo para observar desde lejos. Era participación directa, contacto físico, risa, exceso y desafío. Una celebración que se vivía con el cuerpo.

La fiesta que incomodaba al poder
Desde el período colonial, el Carnaval fue también un espacio de expresión afrodescendiente. Las “Naciones” o “Sociedades de Color” salían con tambores y bailes de candombe, ocupando el espacio público con una presencia sonora y cultural que no pasaba inadvertida.
Las autoridades coloniales emitieron bandos reiterados contra los juegos de agua y las celebraciones callejeras. Se invocaban razones de higiene y moral pública. Mojarse en exceso, se decía, podía provocar enfermedades. Pero más allá de esos argumentos, lo que estaba en juego era otra cosa: el Carnaval desafiaba el orden cotidiano.

Bajo el disfraz y la máscara, las diferencias sociales se diluían por unos días. El trabajador podía empapar al comerciante; el joven podía mojar al funcionario. Esa suspensión simbólica de jerarquías generaba entusiasmo en algunos y preocupación en otros. El Carnaval no era solo diversión: era también una forma de ocupar la calle y redefinir, aunque fuera temporalmente, quién podía hacer qué.
Para muchos sectores acomodados, aquellos carnavales no eran una postal pintoresca sino un desborde difícil de tolerar. La mezcla de agua, harina y huevos de olor no solo ensuciaba la ropa: alteraba jerarquías. Durante unos días, la fiesta popular tomaba la calle y desarmaba la distancia que el orden social intentaba mantener. Esa incomodidad —más social que higiénica— no sería una excepción en la historia argentina.

Integrantes de una comparsa durante el Carnaval de 1922. Con el paso del tiempo, la celebración fue incorporando formas más organizadas y reglamentadas. (Archivo Secretaría de Cultura de la Nación)
Rosas y el control de la multitud
La relación entre el poder político y el Carnaval fue cambiante. Durante buena parte del gobierno de Juan Manuel de Rosas, la celebración fue tolerada e incluso utilizada como espacio de construcción de apoyo popular. Las comparsas afroporteñas formaban parte del paisaje festivo y político.
Sin embargo, en 1844, en un contexto de creciente tensión y episodios violentos vinculados a los festejos, Rosas decretó su prohibición. No fue la primera vez que se intentó regular o limitar el Carnaval —ya había antecedentes en tiempos virreinales y en la década de 1820—, pero sí una medida de fuerte impacto.
La prohibición redujo drásticamente las celebraciones públicas durante casi una década. Hasta que, tras la caída de Rosas en 1852, el Carnaval volvió a las calles.

El regreso de 1854 y la transformación del Carnaval
El Carnaval de 1854 fue recordado como uno de los más intensos. La ciudad salió a festejar con una energía acumulada durante años. Los juegos de agua volvieron con fuerza y los cronistas describieron jornadas donde era difícil atravesar la calle sin terminar empapado.
Al mismo tiempo, comenzaron a consolidarse nuevas formas de celebración. En 1858 apareció la comparsa “Los Negros”, integrada por jóvenes de sectores acomodados que incorporaban —desde una mirada ambigua y teatralizada— elementos de la tradición afroporteña. El Carnaval empezaba a combinar juego popular con espectáculo organizado.

Una comparsa de mediados del siglo XX. Con el tiempo, el Carnaval combinó tradición afroporteña, teatralización y espectáculo organizado.
Del desborde callejero al corso oficial
En 1869, durante la presidencia de Domingo Faustino Sarmiento, se impulsó el primer corso oficial en el territorio bonaerense. La iniciativa buscó delimitar espacios, organizar desfiles y promover carrozas y comparsas con premios.
Con el tiempo, se popularizó el “pomo”, un envase que lanzaba un chorro fino de agua perfumada, como alternativa a los baldes y los huevos rellenos. La celebración fue adquiriendo formas más estructuradas, sin que desapareciera del todo su dimensión callejera.
El Carnaval comenzó a convivir en dos planos: el del espectáculo organizado y el del juego espontáneo en barrios y veredas.

De celebración popular a feriado nacional
El reconocimiento formal de los feriados de lunes y martes de Carnaval llegó en 1956, mediante el Decreto Ley 2446/56. La medida institucionalizó una tradición que llevaba siglos formando parte de la cultura popular.

Carnaval 1971 – Juego con agua en la Costanera.
En 1976, la dictadura cívico- militar eliminó esos feriados del calendario oficial. Durante más de tres décadas, el Carnaval dejó de ser día no laborable en todo el país, aunque comparsas y murgas continuaron activas en distintas ciudades y barrios.
La restitución se concretó en 2010 a través del Decreto 1584/2010 y quedó consolidada en la Ley 27.399. Desde entonces, los feriados son inamovibles. En 2026, caen el lunes 16 y martes 17 de febrero.

Una tradición atravesada por disputas
La imagen actual del Carnaval —desfiles, carrozas, espuma y festivales organizados— es el resultado de siglos de transformaciones. Pero su historia muestra que nunca fue una celebración neutra.

Fue, y en muchos sentidos sigue siendo, un espacio donde se cruzan cultura popular, regulación estatal, expresiones artísticas y disputas por el uso de la calle. Una fiesta que generó entusiasmo, incomodidad, intentos de control y también resistencia.
Con el tiempo llegaron los corsos oficiales y las celebraciones más ordenadas. Pero durante buena parte de su historia, el Carnaval fue una irrupción. Entre agua, harina y huevos de olor, la fiesta popular suspendía jerarquías y transformaba la ciudad en escenario compartido que recordaba —aunque fuera por unos días— que el orden también puede ser interrumpido.

