Todos los 7 de agosto los rituales de la fe se fusionan con la radiografía más cruda de nuestra realidad social. En el día de San Cayetano los fieles se acercan al barrio porteño de Liniers al santuario del “Padre de la Providencia”. En una peregrinación que invita a pedir por por “paz, pan y trabajo” todos los años se congrega una multitud que reivindica al sacerdote italiano nacido en Vicenza en 1480 y fallecido el 7 de agosto de 1547.
Este año, bajo una crisis económica que golpea al mercado laboral, los fieles participan de las celebraciones y se acercan a las misas que se realizarán en todo el país portando estampitas, prendiendo velas y las espigas de pan que tan representativas son de este santo nacido en Vicenza, formado en Padua y Roma, que fue un caminante entre mundos cuya devoción cruzó el océano hasta llegar a Santiago del Estero. Sería Santa María Antonia de San José, la mística Mama Antula, quien traería su figura a Buenos Aires, instalando una semilla que fructificó en la capilla fundada en Liniers hacia 1875.
Décadas más tarde, golpeado por la Gran Depresión de 1930, el párroco Domingo Falgioni le sumó la icónica espiga de trigo a la imagen de yeso conocida como “el milagroso“, sellando de manera definitiva la alianza entre la figura del santo y el reclamo por el pan y el trabajo.
Radiografía de la intemperie: el mapa del desempleo y la precarización
Este santo asociado a lo más mundano como el pan y el trabajo reúne a los creyentes por agradecimiento y en forma de pedido, sobre todo cuando los números marcan un tejido social tan desmembrado es la fe que moviliza a los sectores más empobrecidos y los creyentes que todos los años realiza diferentes actividades para agradecer y acudir al santo. Durante los primeros meses de 2026, la tasa de desocupación alcanzó el 7,8 por ciento, dejando a 1,7 millones de personas sin empleo en todo el país y consolidando uno de los registros más altos desde la pandemia.
Detrás de ese indicador se esconde una reestructuración severa del mapa laboral, entre fines de 2023 y principios de este año se perdieron más de 300 mil puestos de trabajo asalariados registrados. Aunque el mercado absorbe parte del impacto, lo hizo a costa de un aumento desmedido de la informalidad, que trepó al 44,2 por ciento, y del desplome del poder adquisitivo de los salarios. El trabajo formal, histórico ordenador de la vida familiar bonaerense, cedió su lugar a la changa precaria y al refugio del monotributo.
En los barrios más postergados, San Cayetano opera bajo una lógica prepolítica, funciona como un “Puntero de Dios”, un intercesor al que se acude cuando los canales formales del Estado o los contratos laborales naufragan. Sin embargo, limitar la fe a un mero pedido utilitario sería un error. Los sectores populares no eligen creer por ignorancia de su situación material, sino precisamente para no resignar su dignidad frente a la adversidad del contexto. La peregrinación es un acto de afirmación vital, cuando los datos indican que no hay margen, la liturgia sostiene que el pan no es una concesión, sino un derecho cívico y sagrado.
Mística y protesta: el hito de 1996 y las banderas de la justicia social
Esa mística territorial transformó con los años la manifestación religiosa en plataforma de lucha colectiva. Así quedó grabado en la historia el 7 de agosto de 1996, cuando la CGT encabezó un paro nacional masivo bajo la consigna “Paremos la mano”, utilizando la carga simbólica del santo para denunciar los estragos del desempleo de la convertibilidad bajo el gobierno de Carlos Menem. En esa misma línea se inscribió la prédica de Jorge Bergoglio al proyectar la doctrina de las “3T” —Tierra, Techo y Trabajo—, bandera con la que las organizaciones sociales convirtieron cada 7 de agosto en un punto de encuentro entre la fe vivida y el reclamo de justicia social.
El tiempo sagrado: el rito como refugio comunitario
Frente al abismo que abren las estadísticas, resulta iluminador analizar el fenómeno a la luz del pensamiento del filósofo surcoreano Byung-Chul Han. En sus reflexiones sobre la crisis contemporánea, Han advierte sobre la erosión de los rituales en una sociedad dominada por la hipercomunicación, el consumo inmediato y la producción incesante. En un sistema que exige un rendimiento individual constante, la falta de empleo tiende a vivirse como un fracaso personal y aislado.
Es allí donde la peregrinación a Liniers se erige como una trinchera de resistencia simbólica. Ante el tiempo acelerado de una economía que desecha trabajadores, hacer la fila frente al santuario impone la vivencia de un tiempo demorado. Mientras la precariedad laboral aisla y fragmenta las trayectorias de vida, el rito restituye el tejido social. Compartir el mate en la madrugada, cruzar miradas en la fila o conversar con un desconocido transforma la angustia individual en un dolor compartido que busca refugio en lo colectivo.
En un contexto donde los contratos se desvanecen y los ingresos se devalúan, el peregrino apela a la certeza física de lo sagrado, caminar kilómetros, sostener la espiga de trigo con las manos, prender velas y creer. La fila de San Cayetano demuestra que, cuando las certezas materiales se derrumban, el pueblo acude a sus ritos ancestrales para mantenerse en pie. No se trata de un acto de evasión, sino del último bastión de humanidad de una comunidad que se niega a ser reducida a una cifra de desempleo, recordando al país entero que el pan y la dignidad solo tienen sentido cuando se conquistan en común.
Esto también explica que las imágenes que devuelve Liniers desde temprano atrape a tantos jóvenes que se congregaron en un ritual que parece heredado y trasmitido de generación en generación.

