Cuando la urgencia manda y lo nuevo deslumbra sin durar, hay historias que marchan al ritmo de los viejos sulkys, con aroma a campo húmedo y mate cebado en galería. Historias que rescatan del olvido lugares que supieron ser y hoy, gracias a la decisión valiente de personas como Virginia Costa y Sebastián Cappiello, vuelven a ser en el partido de Chascomús.
Todo comenzó como suelen empezar las grandes gestas: en medio del derrumbe. Ambos trabajaban como azafatos para una aerolínea que, con la llegada de la pandemia, cerró operaciones y los dejó sin empleo. “Vivíamos en zona norte, con un bebé que tenía menos de un año“, cuenta Virginia. “Y nos encontramos de repente sin trabajo, sin rumbo”.
Pero entre el vértigo de la pérdida y la necesidad de recomenzar, apareció Gándara. O mejor dicho, reapareció. Virginia había pasado su infancia en Chascomús, y su abuelo tenía un campo con tambo en Gándara. “Después, el campo se dividió, le quedó a mi papá. Él falleció, y quedó un terreno con una casita abandonada. Esas que si no las habitás, se van haciendo pelota”. Allí apostaron su futuro.
“Nos pusimos una cabaña con la indemnización”
Decidieron mudarse. “Sin laburo, con la indemnización de la empresa nos mandamos una cabañita. Pensamos en turismo rural. Fue una locura… y funcionó”, recuerda.
La pandemia curiosamente les abrió una puerta. “La gente no podía ir a la costa, tenía miedo de los lugares llenos. Nuestra cabaña era ideal: sola, en un terreno amplio, sin contacto con nadie. El ecoturismo floreció“.
En 2021 construyeron la primera cabaña. Como la cosa marchaba, en 2022 se animaron a una segunda. “Y hasta ahí llegamos, porque se acabó la plata”, dice con una risa que suena a orgullo.
Hoy viven allí. En ese mismo terreno donde alguna vez se escucharon mugidos de vacas y se amasaron historias familiares. “A los tres meses de vivir acá, supe que no iba a querer volver a la ciudad nunca más. Es una vida preciosa. Nuestro hijo aprendió a caminar en el pasto. No cambiás esa infancia por nada”.
“Mi mamá me dijo: este era el restaurante de tu papá y mío… y se me cayó la mandíbula”
Pero la historia tenía aún más por revelar. En uno de esos fines de semana de ruta provincial y mate en mano, Virginia notó un flujo de motos, bicis y autos. “Y pensaba, ¿a dónde van si no hay nada?”, se preguntaba al ver pasar a los viajeros.
Fue entonces que nació la idea de abrir una pulpería. O mejor dicho, de resucitarla. “La empecé a gestionar. Tardé tres años en lograr que me la alquilaran. No me la querían alquilar. Pero insistí. Insistí mucho. Y al final, la conseguí“.
Mientras conversaba con su madre sobre el proyecto, recibió un golpe emocional inesperado. “Le digo: ‘Claro, este era el restaurant de Gándara’. Y mi vieja me dice: ‘¡Pero si la concesión era de tu papá y mía!’… Yo no lo podía creer. No lo sabía. Se me cayó la mandíbula”.
La historia familiar se cerraba en círculo. Sin saberlo, Virginia estaba reactivando el mismo espacio que sus padres habían manejado años atrás. La sangre, parece, tiene un GPS infalible.
“La gente entendió nuestro objetivo: que Gándara no muera”
Hoy la pulpería es eso que muchos buscan sin saber: autenticidad. Con sus desprolijidades de campo, con un pallet que puede volverse mesa o silla si no hay otras libres, con café caliente y tortas caseras en invierno. “La gente viene, charla, se queda. No es un lugar de paso, es un lugar que abraza”.
Y lo más importante: es un lugar que volvió a latir. “No queríamos que Gándara quedara como un paisaje abandonado. Ahora el monasterio volvió a funcionar. Hacen misas, bautismos… hay movimiento otra vez”.
El día de la inauguración fue, según Virginia, “histórico”. “Había 500 personas. 150 autos. A mí se me caían las lágrimas. Yo no lo podía creer”.
La épica de lo simple
Virginia y Sebastián no solo construyeron un proyecto turístico. Resucitaron una postal bonaerense que parecía condenada al polvo. En un país que suele olvidar rápido, eligieron recordar. En una sociedad que corre, eligieron quedarse.
Gándara, como muchas otras estaciones de tren sin tren, parecía condenada a la nostalgia muda. Pero hoy, gracias a ellos, vuelve a hablar. A través de una torta, un café, una charla en el sol. Y de una historia que, como las mejores, es profundamente simple.
Porque a veces la revolución no es huir hacia adelante, sino volver al origen. Donde lo viejo no estorba, sino que enseña, y funciona. Y donde los sueños, incluso en zapatillas embarradas, siguen sabiendo volar.
(Este artículo esta basado en la entrevista radial de InfoBrandsen Desconectados, que se emite los jueves por FM Estación Radio 90.7 y en dúplex por Brandsen Digital)
Aquí puede escucharse completa

