Hay actores que interpretan personajes y hay actores que interpretan naciones y este lunes el cine argentino despide uno de ellos, Luis Brandoni, falleció esta madrugada a los 86 años, en el Sanatorio Güemes. Se encontraba internado en terapia intensiva por un hematoma provocado por una caída en su casa.
La noticia deja de luto al mundo artístico, según trascendió mañana desde el mediodía se lo despedirá en la Legislatura porteña y el martes en el Panteón de Actores para que pueda ser despedido por toda una sociedad que lo recordará por sus icónicos personajes representando al argentino común y a una vida que es un relato de resistencia, exilio y reconstrucción institucional.
Dueño de la calle Corrientes y el rostro del cine de barrio
“Beto” caracterizó a través de sus personajes la idiosincrasia del país. Su recorrido profesional es inseparable de la identidad nacional, desde el Dock Sud donde nació, hasta las luces de la calle Corrientes, Brandoni encarnó como nadie al argentino medio.
Para entender por qué Luis Brandoni es un emblema, hay que mirar sus personajes que son arquetipos de la argentinidad. No solo actuaba; él generaba una radiografía de las aspiraciones, las mezquindades y los dolores de la clase media. El personaje de Antonio en Esperando la Carroza (1985) atravesó la pantalla con su famosa frase: “¡Tres empanadas!”; en La Patagonia rebelde (1974) interpretó a un líder sindical y tuvo grandes personales como Pedro en Mi cuñado (1993); Chelo, un Gallo para Esculapio (2027); Renzo Nervi, Mi obra maestra (2018), entre otras.
Su rol en la reciente serie Nada (2023) junto a Robert De Niro fue, en retrospectiva, su despedida elegante, encarnando un dandi porteño, cascarrabias pero culto, que defendía la gastronomía y la lengua local ante un mundo globalizado. Sin embargo, su compromiso fue más allá de los escenarios.
Brandoni fue representante sindical de la Asociación Argentina de Actores, con mucho compromiso político durante la época más oscura de nuestro país en la defensa de los derechos laborales, marcando a varias generaciones de colegas, espectadores y militantes.
Su militancia lo puso en la mira del terrorismo de Estado. Tras ser secuestrado en 1976 y amenazado por la Triple A, regresó del exilio para liderar junto a otros grandes Teatro Abierto en 1981. Aquel movimiento no fue solo una expresión artística; fue el primer gran acto de resistencia cultural que le dijo “basta” a la dictadura, demostrando que la palabra podía ser más fuerte que el silencio impuesto por las botas.

El arquitecto del 83
Con la apertura democrática, Brandoni no se limitó a celebrar. Fue un pilar del proyecto cultural de Raúl Alfonsín, trabajando activamente para reconstruir las instituciones que el autoritarismo había devastado. Su rol fue clave para que el cine y el teatro recuperaran su voz, participando en películas que ayudaron a la sociedad a mirarse al espejo y procesar su dolor, como Darse cuenta y la icónica Esperando la carroza.
Su paso por la función pública como Diputado Nacional y su constante defensa de la República lo consolidaron como un referente que excedió los límites de la actuación. Brandoni creía en la política como una herramienta de transformación, y jamás abandonó sus convicciones, incluso cuando eso le significó enfrentar vientos de polarización.

