La escena en es estacionamiento del Congreso de la Nación, protagonizada por el diputado jujeño Manuel Quintar y su imponente Tesla Cybertruck, disparó una controversia que el presidente Javier Milei no tardó en capitalizar.
Lejos de llamar a la austeridad en un contexto de profunda crisis, el mandatario optó por “blindar” la conducta del legislador con una vehemencia que desdibuja los límites del decoro institucional. Para Milei, cuestionar la exhibición de un vehículo de lujo en la puerta de la casa de las leyes no es más que “un argumento comunista”.
El jefe de Estado fue tajante al defender el derecho al consumo suntuoso de sus filas: “Si se lo ganó honestamente, puede gastarlo en lo que quiera”.
Según relató el propio mandatario, incluso consultó al presidente de la Cámara Baja, Martín Menem, sobre un supuesto malestar por el episodio, recibiendo una respuesta alineada con la lógica libertaria: “¿Si se compró el auto con la propia qué carajo me importa?”.
Sin embargo, detrás de la defensa de la propiedad privada, subyace una preocupante desconexión con la realidad social que el Gobierno dice representar.
El desaire del magnate
Lo más impactante de la defensa presidencial no fue el respaldo a Quintar, sino la confesión de una anécdota que, en términos diplomáticos, roza la humillación expuesta.
Milei recordó su visita a la planta de Tesla en Texas, Estados Unidos, donde quedó fascinado tras probar el vehículo. “Yo probé uno y me encantó”, afirmó, para luego admitir que intentó obtener un beneficio material directo de manos del magnate de origen sudafricano.
“Cuando terminé, me bajé y le dije a Elon si me regalaba una”, detalló Milei con una naturalidad asombrosa. La respuesta de Musk, según el propio relato del mandatario, fue el silencio…“Pero no me dio pelota”, agregó, con una honestidad que quizás hubiera sido preferible callar.
Esta solicitud de una donación personal para uso oficial (“pedí que se lo regalen al país para poder usarlo”) reduce la investidura presidencial a una posición de vulnerabilidad frente al poder corporativo. Algo que, desde ya, a Milei ni se le pasa por la mente.
Mendicidad institucional
La visión del mandatario sobre el uso que le habría dado al obsequio fallido completa un cuadro de extraña informalidad: “¿Sabés qué? Lo pintamos de negro eso y andamos con eso… sería un flash total”, dijo para provocar complicidad en sus condescendientes interlocutores del streaming “Carajo”, con el remunerado “Gordo Dan” a la cabeza.
Mientras el Presidente admite con ligereza que “no lo convencí” a Musk, la imagen de la Argentina en el exterior queda supeditada a estos pedidos informales que el magnate ignoró por completo.
Obviando la dignidad que exige la representación de una nación, el relato oficial se deleita en una suerte de mendicidad internacional que, lejos de ser una anécdota simpática, sugiere una preocupante degradación del rol presidencial ante los ojos del mundo. Es lo que hay.

